Se trata de una carrera contra reloj en la cual, el orden imperial forjado tras la segunda postguerra del siglo pasado busca reafirmarse como hegemónico, en medio de la crisis del sistema capitalista del cual han sido sus principales usufructuarios y la emergencia de nuevos factores de poder que se les escapan de las manos: Rusia y China, los BRIC, la liga Shanghái o el ascenso de América Latina y el Caribe como región-potencia, desafiantes posturas nacionalistas y creciente relacionamiento sur-sur fundado en el reconocimiento a la diversidad de culturas y civilizaciones.
En el escenario regional nuestroamericano, luego de largo tiempo, en el cual Cuba lucía aislada en el concierto regional, se sumó Venezuela dando las primeras señales que se avecinaban tiempos de cambio, ya casi finalizando el siglo 20. Siguieron Bolivia, Ecuador y otros tantos, que engrosan hoy, las filas de los llamados gobiernos radicales o la nueva izquierda, pero que bien pudieran llamarse por lo que tienen en común, gobiernos nacionalistas de democracia participativa y popular, con todo y sus diferencias de acentos y policromías ideológicas y culturales.
La Venezuela bolivariana ha visto pasar mucha agua bajo el puente. En poco más de una década hemos vivido incontables situaciones: el golpe de estado de 2002, el paro patronal de 2003 que tanto daño causó a la economía nacional, injerencia extranjera, aventurerismo paramilitarista, presiones de todo género y hasta terrorismo. Sin embargo hemos logrado sobreponernos a esos obstáculos y amenazas con el coraje y voluntad de un pueblo que, en ese tránsito ha ido elevando su conciencia e identificación con el proyecto bolivariano y socialista y fortaleciéndose como movimiento popular organizado. Parecería que la turbulencia ha pasado. Si volteamos la mirada a nuestro alrededor, las cosas transcurren con la normalidad habitual de lo cotidiano. La pesadilla del tráfico de la ciudad, los debates políticos, los bancos atiborrados de gente, las vacaciones familiares, el infaltable humor para hacer chistes, el ansiado quince y último, la reunión del colegio a la que no podemos faltar y el debate de la campaña electoral iniciada.
Aunque algunos no quisiera que fuese así, nada hace pensar que la estabilidad ganada corra riesgos inminentes y que los cambios modifiquen su curso pacífico. La democracia participativa, social y protagónica funciona y es legítima; día a día los sectores populares se fortalecen en consejos comunales y otras formas organizativas; las misiones han hecho posible que la inclusión social sea una realidad; el socialismo de cuño bolivariano no genera temor entre la población; las expectativas de que nos va a ir bien son altas, al punto de ser el noveno país más feliz del mundo; y no pocos escuálidos y chavistas comparten la parrilla dominguera en familia.
No obstante, alejado de la mirada del ciudadano común, las cosas lucen diferentes. Una estrategia está en marcha a la espera del momento. Las grandes potencias, particularmente los Estados Unidos despliegan sin descanso la diplomacia de hostigamiento y la permanente injerencia a través de sus órganos de inteligencia en alianza con algunos grupos domésticos. Las bases militares extranjeras autorizadas en Colombia, Honduras, Panamá, El Salvador, México, Paraguay, Perú, República Dominicana, Costa Rica, Paraguay y Haití entre otras totalizan alrededor de cuarenta y siete instalaciones militares bajo control, estadounidense, francés, británico y holandés que cubren la región, mientras continúan estrechándose la alianza entre los Estados Unidos y la OTAN con el argumento del terrorismo y el narcotráfico. A la par, grandes cadenas informativas internacionales conducen sin cuartel una guerra de cuarta generación dirigida a fijar estereotipos y percepciones de Venezuela como estado terrorista, cooperador de la insurgencia en otros países y tantas otras patrañas que pudieran legitimar el discurso de eventuales acciones intervencionistas en un plazo no lejano.
Hace tiempo, el Departamento de Estado de los Estados Unidos concluyó que la propagación del ideal nacionalista y bolivariano es altamente nociva para la salud de la hegemonía regional estadounidense, además de poner freno a sus intereses en Venezuela. Nuestro país tiene una posición geoestratégica regional clave, somos la puerta de entrada al sur y nos proyectamos a partir de allí como país amazónico, andino, caribeño, y atlántico, contando además con las mayores reservas mundiales de petróleo y enormes reservas de gas que nos proyectan ya, como el quinto país del mundo. Otro tanto cabe decir de las reservas de agua dulce como integrantes de la cuenca Amazónica y de la existencia de minerales estratégicos que poseemos e importantes yacimientos de oro, coltán o diamantes. Además el férreo nacionalismo y defensa de la soberanía son actitudes que afectan negativamente el libre mercado y el acceso sin trabas de las empresas americanas. No en vano, recientemente en la campaña electoral norteamericana, un político estadounidense expresó que Venezuela representa un peligro para la seguridad nacional norteamericana y que si ganara la presidencia el republicano Mitt Rommey, éste asumiría una postura firme frente a Chávez. Agregó que debía darse el apoyo a los gobiernos democráticos que promuevan la economía de libre mercado.
Es claro que difícilmente las grandes potencias puedan actuar a corto plazo, los compromisos militares en otros escenarios como Afganistán, Irak y los preparativos para eventuales acciones en Siria e Irán dificultan hacerlo. Por otra parte, la política exterior bolivariana con su firme impulso a una política de amplias alianzas, el accionar de la Diplomacia de los Pueblos, el redireccionamiento sur-sur y la formación de una nueva arquitectura de integración regional plasmada en ALBA, UNASUR y CELAC va dando sus frutos y creado un cortafuegos, el mas reciente nuestro ingreso en Mercosur. Pero ciertamente, las apetencias e intereses estadounidenses y de otras grandes potencias hacia Venezuela superan con creces tres conchas de ajo y cuatro de mandarinas. Por eso, las apuestas colocadas sobre la mesa hacen que más de uno esté dispuesto a correr riesgos y hasta pagar un alto precio.
Que en lo inmediato no se avizore una agresión directa, no significa que ello no pueda ocurrir. Si algo enseña la historia es que los imperios no se derrumban en forma somnolienta, con la molicie de la pereza; por el contrario, intentan recobrar su poder y finalmente se derrumban en medio del estruendo y arrastran consigo lo que en su día construyeron. De ahí la importancia del nuevo esquema de defensa regional que promueven ALBA y UNASUR, la formación de milicias nacionales, asumir conscientemente como venezolanos nuestras responsabilidades con la defensa integral de la nación, mantenernos alertas y prestos a movilizarnos e incluir en los planes de gobierno de cualquier nivel sea nacional, estadal, municipal, parroquial y comunal el aspecto de la defensa integral de la nación y lo que nos corresponda hacer en nuestro entorno inmediato, eso que conforma el espacio vital de nuestra existencia diaria. Hago memoria del hecho histórico conocido como la Defensa que narra el desembarco de tropas británicas en Buenos Aires en 1807 y la valerosa actitud del pueblo bonaerense organizado en milicias urbanas, que detrás de parapetos colocados en las esquinas de la ciudad y apostado en azoteas y desde las ventanas de las casas opusieron feroz resistencia calle por calle hasta hacer retroceder y capitular al invasor.
El compromiso jurado es estar preparados y dispuestos a dar lo más preciado que tenemos, en defensa de nuestra libertad y de la soberanía de la patria bolivariana confiada a nosotros y que llegado el momento, entregaremos como herencia a nuestros hijos con la promesa del legado a las generaciones futuras.
