El odio de una oligarquía criolla: “Las Casas de Cartón”

Termina un año. Comienza otro. Mientras ello ocurre en el tránsito de la historia venezolana, la única verdad es que Hugo Chávez aniquiló los restos de una mancillada dirigencia, hoy convertida en sempiterna oposición (si es que podemos conceptualizarla con tal denominación) cuyo fiel propósito consistió en el envenenamiento de una república a la cual durante buena parte del siglo XX, las obras que lograron hacer por el país, las hicieron por efecto de una inercia política, que buscaba como finalidad el enriquecimiento de unas minorías, sobre la renta petrolera que les produjo Venezuela, dejando a la inmensa mayoría en las podredumbre no sólo económica y social, sino también del conocimiento.

Aquí nadie debe llamarse a engaño. Si revisamos los primeros planes de la modernización de Caracas (de allí la célebre frase: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”), más allá de invocar el nombre de los arquitectos que tuvieron tal responsabilidad, la oligarquía criolla, enquistada en el poder, comenzaron por dividir los espacios de esa ciudad en el “este” y “oeste”. En el este construyeron sus mansiones y quintas. El pueblo pobre, analfabeta y quien por razones de subsistencia debió emigrar hasta Caracas, abandonado por un fatal destino lleno de miseria fue perfectamente descrito en la prosa de Alí Primera, en las “Casas de Cartón”, mientras que aquellos que decidieron quedarse en sus espacios de nacimiento, veían como esas mismas “familias”, se habían adueñado de sus tierras, por documentos “legales” que se convertían en “derechos sucesorales” desde cuando Zamora levantó las banderas de aquella digna Guerra Federal. La oración, “mande usted patroncito” sacudía las entrañas de resignación de un ser, que también sacudía día tras día, las entrañas de una patria, carcomida por su descomposición ética y moral.

Mientras ello ocurría, la burguesía “acondicionaba” con jugosos contratos las empresas de maletín que eran creadas para, según ellos, “educar al pueblo”. Levantaron sendas construcciones de escuelas y liceos en su momento para un país que ni siquiera llegaba a los 10 millones de habitantes después de la caída de Pérez Jiménez. Al final, no importaba que tan grande fuera la institución y su posterior e indispensable mantenimiento. Lo importante era el monto del cheque a cobrar para seguir “pagando” las mansiones y quintas que por efecto de la división de clases sociales se había instaurado en Caracas. Por supuesto, esta élite criolla, dispuso también un calendario escolar al estilo de Europa y Estados Unidos, totalmente divorciado de la realidad latinoamericana. Nada importaba si el invierno en los llanos venezolanos arreciaba entre mayo, junio y julio, y con ello impedir que un niño llegara a su escuela en San Fernando (si es que podía llegar); lo que importaba era el viaje de esa “aristócrata familia” a Europa, o simplemente al mundo de “Disney” en el verano de esos países.

Convirtieron a las universidades en cofradías de ingresos a su inteligente descendencia; quienes por razones extrañas estudiaban en los selectos colegios religiosos o con rimbombantes nombres, también europeos o norteamericanos. De allí surgían los promedios excelentes que garantizaban el acceso a las carreras diseñadas para los “más inteligentes”: Medicina, Ingeniería, Economía, Administración, Contaduría, Derecho o Estudios Internacionales. Las facultades de filosofía y educación fueron estructuradas para quienes tenían los más bajos promedios; creando con ello, la desvalorización de la investigación y la docencia, con lo cual terminaron en esos tiempos, por razones de politiquería dando un “carguito de maestro”; y entorpeciendo en “leoninos” concursos el ingreso de profesores universitarios a quienes con el devenir de la propia historia fueron formándose en educación integral y otras áreas de las ciencias sociales.

El cinismo de Diógenes es el significado que más se aferra a la conducta de una oposición recalcitrante y una generación de venezolanos acostumbrados por efectos “sucesorales” al “vivir bien”, apartados de una chusma mediocre y sin refinadas conductas. Habría que volver a la “Historia y Consciencia” de Lukács para comprender como los fenómenos de un estudioso del socialismo proveniente de la “más alta clase social”, acaba con la casta de una seudobondad que sólo estaba orientada por designios de avaricia y explotación humana.

Cuando se inicia el 2013, esa misma “casta política” no encuentra el significado de las “Casas de Cartón”, y menos el sentido que Lukács describió como parte de un porvenir necesario para la coexistencia de paz y amor. Ta vez por eso, Chávez seguirá aferrado en el alma de los venezolanos.

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