Augusto, en recuerdo…

Fue un gran amigo de mi padre, le tenía especial aprecio y consideración. También amigo de otros amigos mutuos entrañables como Álvaro Pérez Guánchez y Arnaldo Cogorno. Compartimos amistades. La última vez que lo vi, tuvo la gentileza de entrevistarme en su programa de radio que grababa, junto con Carola Chávez, desde su apartamento de Pampatar.

Frente al mar, en lo alto de la Caranta, como si se tratase de su propio fortín, desde donde disparaba su verbo a los piratas y bucaneros, de nuestros mares y de otros mares. El día siguiente, a la entrevista, me invitó a comer a su casa, junto con Arnaldo, padre e hijo, y a su hermosa compañera, Sonia.

Con ella formaba una pareja que bien pudiera haber motivado a Goethe o a Rilke. Seguramente, Augusto, hubiera protestado esa comparación por “europeizante” o por “pretenciosa”, echándole la culpa a Sonia por la incompatibilidad, y hubiera expresado que, en todo caso, los ubicara más cerca de acá, con algún poeta anónimo de botiquín. O uno no tan anónimo, accederíamos nosotros, como el gran e indispensable Ludovico Silva de “In vino veritas”.

Vidas estrictas. Hablamos de la iniciativa política que venimos desarrollando e hicieron generosos comentarios al respecto. El humor a flor de piel, el ingenio con naturalidad. Compartimos las páginas de opinión de Últimas Noticias. Y aquí quisiera detenerme porque quizás fue la mayor de las coincidencias que el tiempo, las más de las veces egoísta, nos permitió: compartimos la crítica. Él equilibraba bastante bien sus críticas a la oposición y al propio chavismo.

Eso me parece. Aborrecía la IV República, pero también a la V República cuando copiaba las prácticas de la IV. Eran contundentes sus cuestionamientos al PSUV, particularmente al de Nueva Esparta, que es el que más conocía, no ahorraba palabras para denunciar contubernios insulares. Eso hizo que, a veces, fuese calificado, como “persona non grata”, en ciertos círculos de nuestra misma acera revolucionaria.

Su verbo causaba incomodidad. Contrastes. Y, uno se pregunta, en estos tiempos difíciles para la revolución, por la enfermedad del Presidente Chávez: ¿Es que ser consecuente con la revolución es callar? ¿O se debe bajar el tono de voz para no causar malestar? La honestidad, la amistad y la sinceridad son valores revolucionarios.

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