El maestro Abreu

Desde hace bastante tiempo ya tenía el propósito de hablar acerca del que llaman “maestro Abreu”. Y eso debido a que me llamaba poderosamente la atención el hecho de que se le prodigaban toda clase de honores y homenajes, merecidos o no, y éste, explayado como una especie de Buda -Buda desnutrido, pero Buda al fin- en el trono de la fama, se sometía impertérrito a la mística adoración de sus feligreses. Jamás, que yo recuerde, este señor se refirió en el exterior –bueno, en el exterior mucho menos- a los cuantiosos aportes que el gobierno nacional ha destinado y destina para el financiamiento de ese movimiento musical dirigido por él, y sin el cual su existencia hubiera sido materialmente imposible.

Y sin embargo, dando muestra de una mezquindad increíble, jamás se ha referido a este vital apoyo. Elogios y ditirambos, halagos y reconocimientos se le rendían en toda los escenarios europeos que visitaba , y él, henchido de una desbordante vanidad y orgullo los recibía como si fuera el único que los merecía, como si fuera el único artífice de aquella obra. El asunto ha llegado a tal extremo, que en el exterior se ha llegado a creer que la orquesta juvenil es de su exclusiva creación. Que toda la dotación instrumental de la misma ha sido el producto de su propio y personal esfuerzo. De allí que jamás el gobierno nacional haya recibido nunca el menor reconocimiento por su extraordinario aporte a la cultura musical del universo. Y de allí también que en el exterior se hable de repetir esta inusitada y única experiencia venezolana. Inténtelo, traten de llevarse al maestro Abreu a ver si pueden reeditar lo que se ha logrado aquí. Les aseguro que Jamás lo lograrían, porque para lograr tan meritoria obra no bastan los Abreu. Para eso sería necesaria, además, la existencia de unos gobiernos que estuvieran dispuestos a incurrir en los cuantiosos gastos en el que ha incurrido el nuestro, y esos no abundan, precisamente.

Ahora, estoy seguro que mucha de esta expectativa que se ha creado alrededor del Maestro y del Maestrico en su gran mayoría es por snob, por estar a la moda. Porque estoy convencido también que mucha de esa gente que aplaudió a Gustav Mahler en la ocasión en que aquí se interpretaron sus nueve sinfonías, en el fondo lo que se deseaba era estar escuchando una salsa u otro género musical parecido. Y conste que no me estoy refiriendo a la interpretación que de ese compositor hicieron el coro y la orquesta y que fue sencillamente extraordinaria. Me estoy refiriendo al compositor mismo. A un autor tan complicado que reconocidos y afamados musicólogos de su época y no pocos de la actual, no lo entendieron ni lo entienden. Entre otras cosas, porque su música pertenece a esa otra cosa incomprensible que llaman postmodernismo y que hasta ahora nadie ha sabido definir satisfactoriamente.

Ahora, si Mahler fue, y todavía a través de su obra continúa siendo, un compositor sólo para expertos, ¿qué objeto tenía venir a interpretarlo en un medio donde sólo un pequeño grupo de entendidos podía valorar musicalmente su obra? ¿Una obra que desde el punto de vista melódico y de su complejidad sólo podría compararse con la Consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky? Y conste, me apresuro a aclarar, que no estoy llamando brutos e imbéciles al pueblo venezolano, a mis compatriotas, porque en ese caso el primer estúpido e imbécil sería yo, ya que, y lo digo sin complejos, ninguna de las dos obras citadas me gustan ni las entiendo. Por eso vuelvo a preguntar: ¿qué objeto tenía entonces interpretar “Las Nueve Sinfonías”. No sería, desde luego, con la finalidad de promover entre nosotros ese género de música; un género que ha producido verdaderos monumentos, y que ha servido además para poner de relieve el incomparable genio creador del ser humano. De manera que si no fue para promover la música clásica, ¿entonces por qué se montó?. La única respuesta que se me ocurre es que se hizo por un puro afán exhibicionista que nada podía ayudar a fomentar y ampliar la cultura musical de nuestro pueblo.

No podía terminar esta nota sin referirme a un hecho verdaderamente indignante, y si se quiere oprobioso, que se relaciona con lo que hemos venido tratado. Me refiero a la tremenda injusticia que se ha venido cometiendo contra los integrantes de uno de los prodigios más impactantes que se han producido en los últimos tiempos en nuestro país y estoy seguro que en todo el orbe también. Estoy hablando de la Orquesta Sinfónica Penitenciaria que, pese a su enorme significación y trascendencia, ha sido echada, por culpa de unos ministros de cultura ineptos, abúlicos y ganados por una rutina nociva y decadente, ha sido inexplicablemente echada al degredo. Porque hay que ver la hazaña que quienes estuvieron al frente de ese movimiento maravilloso, único en el mundo, lograron realizar; una hazaña que me atrevo a asegurar que nada desmerece a la obra realizada por el maestro Abreu y su pupilo. Es más, si se compara con las condiciones, material humano y recursos con los que siempre ha contado el maestro, me atrevería a decir, dado el aspecto humano que en ella estaba envuelta, que esta era mucho más importante y meritoria que la de aquel.

Porque, repito, hay que ver lo que debió haber sido trabajar, tratar de crear una orquesta de música clásica con unos seres carentes por completo de toda formación cultural, para quienes incluso palabras como disciplina, cultura, clásico, etc., les debía parecer expresiones incomprensibles, propias de un idioma extranjero. Y para colmo sumergidos en la más completa ignorancia, en un tenebroso mundo donde la sensibilidad musical y hasta humana, porque la vida los endureció, no es los que por desgracia los caracteriza. Y sin embargo, ese muchacho, su director, sin muchos aspavientos, sin frondosa melena que lo distinguiera como un gran director, logra hacer con aquellos desahuciados sociales, con aquellos venezolanos sin esperanza y sin porvenir, nada útiles para la creación de algo que valiera medianamente la pena, una orquesta como aquella que, metida en un incomodo corralón de la Asamblea, nos estremeció hasta las entrañas con sus interpretaciones del Aleluya de Haendel y Venezuela, de autor desconocido.

Y sin embargo, pese a tan magna obra, ¿quién ha vuelto a saber de ellos? ¿Dónde, señores ministros de la cultura, están para ellos esas condecoraciones que en este país se reparten por coñazos? ¿Donde los homenajes y entrevistas que se prodigan a cada rato y por cualquier motivo? Por ninguna parte. Los sacaron de la cárcel para cumplir una misión determinada y, una vez cumplida ésta y utilizados, los volvieron a encarcelar y esta vez en la peor de las prisiones: en el olvido.

Al carajo con el tal Bosé y con el fulano Juanes, y si me apuran mucho hasta con su promotor en Venezuela.

Nota: Quiero alertar una vez más acerca de ese señor que escribe en “Un Grano e Maíz”, con el nombre de Tobi Valderrama. Este señor viene insistiendo, con una fraseología seudo revolucionaria, en la inaplazable necesidad de profundizar el socialismo en nuestro país. Pero como no dice en qué consistiría esa profundización, hay obligatoriamente que entender que lo que propone es el modelo cubano; es decir, hacer aquí lo que por más de 50 años se había venido haciendo en la isla caribeña. Sin embargo, lo que calla él y su principal propagandista, Mario Silva, es que actualmente en la nación antillana se lleva a cabo un proceso de profunda revisión de todo lo que hasta ahora se ha hecho y que implica un total desmantelamiento de los fundamentos teóricos sobre los cuales había venido descansando la Revolución, Ojo con los ultrosos tipo Petkoff y Pompello Márquez. Ellos, con sus extremismos exacerbados, llevaron a la derrota al movimiento popular.

Gracias al doctor Hector Colna, de Amezulia,

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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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