Mi querido presidente, tan lejano de nuestras manos:

Tu ausencia humana, mi presidente

Llevo muchos días pensando en cómo hacer para decirte algo que verdaderamente no suene a más pistas de baile rayadas, a la repetición de la torta de cumpleaños que empalaga por lo dulce, a endiosamiento vacío, a tardes que se repiten en calor, morteros, fríos y soledades recursivas. Además, hacía muchos días que no escribía y la verdad aún no sé si así se comienza.

Todos estos días límbicos en los que uno no termina de saber si hacia allá vamos o si de acá no nos hemos movido...o si encogidos de brazos vamos danzando el baile que otros intentan tocarnos sin saber ni tener mucha conciencia de que lentamente vamos alejando la mirada de ti...todos estos días, mi querido presidente no hacen sino pensarte en la dimensión humana que tienes, en tus dolores, en tus sonrisas, en cada pasito hacia adelante que vas dando hacia esa recuperación que tanto jalamos para que no se nos haga tan resbalosa.

Pienso y vuelo para ser testigo mientras miras a ratos el horizonte y con él la ruta del sol que lleva hasta acá, tu país, el de tus ancestros, tus hijos, tus alegrías y tus llantos, estos casi siempre en silencio. Te veo lelo en largas procesiones dialógicas con ese llano lejano, el café colao en manga manchada, la muchacha, los recuerdos, la pelota del béisbol, el caimán y los cuentos cifrados en versos, tan interminables como el llano de tu espíritu. Te veo recordando a lo lejos la lluvia que te mojaba cuando corrías por el medio del camino, por el medio de la gente, por el medio de la vida. Tanto calor humano, tanto amor, tanta entrega y ahora tanto silencio.

Nosotros, muchos de nosotros, ya ves, nos medio conformamos con los breves instantes cuando hablan de ti como Hugo, el hombre. Casi siempre nos hablan del héroe, del Aquiles épico venezolano, una especie de hombre biónico que se las sabe todas y está en todas partes. No, que va, eso no nos convence. Acaso no entienden la dimensión humana del amor desprendido, del que no pide nada a cambio. A muchos no nos interesa verte vivo para pedirte ni para llorar sobre tu hombro y nos resuelvas los problemas que nosotros mismos debemos resolver. No. Nos interesa, me interesa, que vivas por el placer y el gusto que da la vida cuando se la ha recorrido limpiamente, luchando por tantos sueños amasados durante tantos siglos, tantos cuerpos desaparecidos y tantas olas que no se cansan de reventarse contra la realidad.

Recuerdo ese día en Oh, campo! Nos paramos él y yo a beber café para proseguir el camino. Una tarde con sol abrasador, de esas tardes cuando la autopista se convierte en un espejo que choca contra tus ojos y te ciega. Pasajeros. Corría algún momento de 1998, plena campaña electoral y tú comprando unas galletas de la Colonia Tovar. Sigo. Y tú comprando un café porque seguramente también el sol te tenía ahogado en luz y con los ojos negándose a verla. Tú, delgado, sencillo, la cara con manchas de veguero, sin maquillaje. Siempre sin maquillaje, mi presidente. Nosotros temblando de la emoción, esa bonita emoción que da cuando uno ve a alguien a quien nunca se imagina ver en una parada de carretera comprando unas galletas y un café. Nos hablaste, nos preguntaste qué hacíamos, nos diste un beso, la mano, la sonrisa, la pregunta por la familia. Estabas solo, sin círculos ni anillos ni collares, ni rejas de seguridad entre tú y nosotros. Un encuentro mágico, solo recuerdo eso. Pasajeros de sueños pintados en una parada de carretera. Tan nosotros tú, hasta en el pañuelo que usaste para secarte las manos al salir del baño. Tan nosotros. De todo eso me acuerdo y lo cuento ahora porque me haces tanta falta, mi presidente, mi compañero y hermano presidente. Quiero verte caminando y secándote el sudor con el pañuelo blanco de rayitas. No importa si ya no vuelvo a darte la mano .

Y fíjate que no te volví a ver más así tan cerca, pero toda tu ruta la viví, primero a la distancia desde las bancas de puerto de Colón en Barcelona (no te creas, yo también me sentaba desde el Mediterráneo para verle el dedo a Colón apuntando a mi tierra, como tú), luego desde otras distancias que ahora no importan, pero que fueron.

Vente, mi presidente, vuelve a tu casa, la de tus venas, mira que nosotros te esperamos, al menos muchos de nosotros, los invisibles, los que solo buscamos vivir con la dignidad que nos dicen los soñadores históricos y los ojos de los niños, los que no nos vestimos de rojo para que otros nos vean, lo que no estamos en ningún partido político para tener carnet político y traficar con él, los que no aspiramos a cargos ni privilegios, tan solo vivir para servir.

Nosotros te esperamos, mi presidente, los golpeados por tanto burócrata ineficiente, sinvergüenza y atiborrado de escoltas y vidrios oscuros. Te esperamos porque seguimos en la terquedad de tener patria para nuestros niños con olor a caramelo y para que nuestros jóvenes no se nos vayan a servir a otros lejos de nuestros olores, colores, dolores y calores.

Nosotros te esperamos, mi presidente, los que te amamos con tus virtudes y tus defectos, y en silencio porque si lo decimos inspiramos burlas, intolerancia y odio, hasta de quienes se dicen estar con nosotros, porque resulta que ser cursi está pasado de moda. Nosotros, mi presidente, y yo que me reconozco en ellos, mi presidente. Con nuestros gatos, nuestros perros, nuestras gallinas, nuestros loros y tantos otros tesoros; con nuestro cielo, nuestras nubes, nuestros ríos y nuestros amaneceres.

No sé qué más desterrar de mí para hallar tu voz en vivo y directo. Pero mientras llega, sigo en el empeño de servir y espantando alguna lágrima terca que de vez en cuando se para en mi ventana por la soledad de tu ausencia humana que no te lo voy a negar, duele.

Con mi impotencia a flor de sentimiento te envío mi compañía a distancia, la comprensión a tus dolores porque los he visto en seres cercanos y me entristecen, mi compasión a la nostalgia que da la lejanía y mis sonrisas que aunque no sean bonitas, por lo menos van en la caja de entrega inmediata.

Hasta la vida ¡siempre!

desde Los Andes

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