Especuladores nos comen vivos sin estar maduros

En la calle he oído con frecuencia en estos días repetir aquel refrán según el cual, “cuando el gato está ausente, los ratones montan su fiesta”. Por supuesto, en este caso no se refieren al gato Briceño, quien abandonó las riberas del Guarapiche y fue a aposentarse en San José de Costa Rica, donde espera que la justicia no le alcance.

El refrán le utilizan para ironizar por la desatada y descomunal ola especulativa que ahora golpea a los venezolanos. Como Chávez está ausente, quieren decir, los especuladores de todo tipo y procedencia, están aniquilando el ingreso popular. Pero entre quienes dicen aquello, hay quienes no son conspiradores, ni siquiera escuálidos, sino gente en gran medida chavista. Pasa que el buen humor siempre acompaña al venezolano, aunque se exprese de manera sardónica.

En verdad, uno sabe bien no es así; que la obligada ausencia del compañero Chávez explica aquél comportamiento de quienes forman parte de la cadena mercantil. Pero no hay duda que ambas cosas aparecen asociadas; no hay forma posible de desmentir eso. Es también, por supuesto, siempre lo ha sido, parte de la estrategia desestabilizadora. Pero bien podría uno decir, “el niño que es llorón y la mamá que le pellizca”.

Es frecuente, forma como parte del folclore nacional, antes lo hemos escrito, que productores y comerciantes, al inicio de un nuevo año, sólo por eso, creen pertinente aumentar precios. Aquello de “año nuevo, vida nueva”, ellos le traducen a “precios nuevos”. Por supuesto, lo novedoso viene acompañado del alza, nunca ni de vaina al contrario.

Este año, la habitual escasez, por circunstancias puntuales, como, además de otras, las vacaciones colectivas de empresas productoras y distribuidoras, se presentó con mayor gravedad, lo que le aporta un ingrediente nuevo a la mala costumbre de subir los precios. Pues además de haber poco de algunos productos, otros casi o desaparecieron totalmente y el tiempo de la crisis pareciera como alargarse demasiado.

Productores y comerciantes, de éstos, hasta quienes están en los puestos finales de la cadena, alegan baja en la producción, entre otras razones, por carencia de dólares para las importaciones del caso. El gobierno, niega tales circunstancias y en veces hasta la escasez misma o la explica alegando acaparamiento. Pero también da muestras de lo que dice. Pero se da el caso muy particular que hasta pescadores parecieran haber decidido dejar que los peces crezcan más de lo debido; pues en este ramo, la escasez también se hace sentir. Los precios de algunas especies han alcanzado la altitud de lo inalcanzable o inaccesible hasta para la clase media. Este sector, reclama para ya, una observancia cuidadosa y toma de medidas para romper el círculo de hierro que allí se ha cerrado.

Por encima de las razones que se esgrimen de lado y lado, lo cierto, pues esto lo percibe uno en el bolsillo, o en la piel, es que los precios andan por las nubes. Los productos regulados escasean y donde se encuentran los venden a precios que ha impuesto esa mala cosa que llaman el mercado. Como quien juega a la candelita, aparecen pero a precios indebidos y pareciera no haber forma de impedirlo. Los especuladores andan con el moño suelto y, es verdad, como dijo alguien, hasta los pobres, han optado por aprovecharse de la coyuntura, para especular a sus compañeros de infortunio.

Quien esto escribe no es portavoz de la información de una prensa interesada en escandalizar o dañar al gobierno, sino al contrario, alguien habitual defensor del mismo y testigo presencial de lo que afirma, pues suele hacer mercado.

Si no hay suficiente producción, por las razones que sean, se imponen las manipulables “leyes del mercado” y el consumidor paga los platos. Pues, aprovechándose de la escasez, los productores y cadena de distribución puede lograr “el milagro” de ganar más vendiendo, invirtiendo y trabajando menos. De donde es fácil deducir, que quien más interesado debe estar en combatir ese horrible y preocupante estado de cosas, susceptible de descomponer cualquier cuadro político, aparte del consumidor pobre que sufre los impactos brutales de la inflación, artificial o no, es el gobierno. Lo es este por su grado de compromiso con el pueblo y el carácter futurista de su proyecto. La dirigencia escuálida goza las dos juntas con el fenómeno y brega para se agrave.

Por estas últimas razones, el Estado debe actuar con prontitud, desarmando la estrategia de la especulación, bien sea evitando a toda costa el acaparamiento, los aumentos desmedidos de precios, violación a las regulaciones y resolviendo los problemas emanados de su responsabilidad, como la fluidez en el otorgamiento de divisas o engorros administrativos y exigiendo a quienes gozan de la protección casi paternal del Estado, el cumplimiento de su compromiso.

En realidad no sé bien qué habrá por hacer, pero si estoy claro que “algo tenemos que hacer”, porque nos están comiendo los especuladores, en distintos sentidos, aún sin estar maduros.

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