La especulación de ayer, es imperdonable e injustificable hoy

I-. La especulación en retrospectiva

La especulación y el acaparamiento en Venezuela, no es una práctica nueva, tiene sus antecedentes bien marcados en el siglo XIX, casi con el nacimiento mismo de la República, y desde entonces hasta hoy, continúa causando estragos en los sectores más vulnerables de la población. Ayer, esta práctica se legitimó, gracias a los gobiernos títeres de la burguesía, desde Páez hasta Caldera II, hoy no se justifica en un gobierno que se asume revolucionario.

En 1830, con el arribo a la presidencia del “Centauro de los llanos”, José Antonio Páez, se traiciona los ideales libertarios, éste al probar el néctar del poder y la fortuna, terminó asimilándose a la oligarquía de entonces y sirviendo a sus intereses. Este admirable guerrero triunfador de mil batallas, durante su primer gobierno (1830-1834), decreta una ley que incita a la especulación y la usura: la Ley del 10 de abril de 1834.

Esta Ley aprobada por eminentes políticos, diplomáticos y abogados, entre otros, Fermín Toro, Diego Bautista Urbaneja, Santos Michelena, generó un conjunto de protestas contra el sector mercantil inescrupuloso de la época, quienes cobraban intereses sobre intereses a los trabajadores del campo haciendo impagable las deudas y despojando a pequeños campesinos e incluso a hacendados, de sus tierras.

Como vemos, la especulación generada por las clases dominantes, grandes acumuladoras del capital y del usufructo de la fuerza del trabajo de millones de hombres y mujeres, no sólo se ha hecho del poder mediante la reproducción y legitimación de su ideología burguesa, a través de sus aparatos ideológicos, sino que al mismo tiempo, utiliza a los medios de producción bajo su dominio para fijar las reglas de juego del mercado.

Esta realidad que parece muy distante, se repitió con otros matices durante el siglo XX, sobre todo durante la democracia representativa, donde los gobiernos de entonces (1958-1998) se supeditaban a las leyes del mercado, sobre todo con mayor énfasis, durante el segundo mandato del presidente pro-colombiano y asesino Carlos Andrés Pérez (CAP). Allí, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), impusieron un paquete de medidas económicas de corte neoliberal que atentaba contra la clase trabajadora y los sectores desposeídos de la población venezolana.

De manera que el paquete pactado con el FMI, y el consiguiente aumento de precios, fue la gota que derramó el vaso, la llama que encendió el barril de pólvora. El pueblo venezolano se lanzó contra la propiedad privada, derribando sus Santamarías y expropiando de facto, todo lo que la burguesía le arrebató a la clase trabajadora por décadas. El pueblo confrontó a una burguesía parasitaria que pretendió enriquecerse a través de mecanismos perversos como la especulación, la usura y el acaparamiento.

En esos tiempos, los factores políticos eran aliados de la burguesía y así como el lancero Páez, terminó seducido por sus encantos y sirviendo a sus intereses, los gobiernos títeres puntofijistas no eran más que un apéndice y unos ventrílocuos supeditados a los designios y directrices de los dueños de capital.

II-. La especulación, no se justifica hoy.

Con prácticas burguesas no hay Revolución posible

Si bien es cierto, que la especulación ha sido una práctica recurrente en Venezuela, hoy no se justifica, menos aún en un gobierno que se asume revolucionario. Si bien es cierto, que el Gobierno Nacional se encuentra en una situación de minusvalía frente al capital privado por cuanto éste monopoliza las diversas actividades económicas del país, salvo la extracción petrolera, su comercialización y otras pocas actividades, existe una legislación que sanciona a quienes haciendo uso del dólar preferencial, especulan.

La burguesía parasitaria y rentista en Venezuela, tal como la calificó insistentemente Domingo Alberto Rangel, vive del negocio de no producir siquiera un alfiler, sino, de importar con los dólares que le asigna CADIVI a 4,30, autopartes, medicina, electrodomésticos, juguetes, ropa, calzados, etc; es decir, la burguesía nacional quien monopoliza casi todas las actividades económicas del país, vive de la renta del Estado, del petróleo.

De manera, que los millones de dólares que le asigna el Gobierno Nacional a este sector, pareciera hacerlo permitiendo su libre albedrío en el uso de dichos dólares, la mano invisible se hace presente en estos sectores especuladores, quienes una vez importada sus mercancías, la colocan a precios desproporcionadas en el mercado, obteniendo ganancias astronómicas que atentan contra la sociedad venezolana.

Si no se da un coto a esta situación, desde el alto gobierno se estaría legitimando estas prácticas perversas que atentan contra los sectores menos favorecidos de la sociedad, la clase trabajadora; e incluso contra la llamada clase media, quienes deben pagar por un producto, veinte veces, y hasta más, su valor. Venezuela, se convierte así en Tierra de Nadie, donde el capital nacional y transnacional como ave de rapiña, extraen, expolian a sus anchas, las riquezas de nuestra Tierra de Gracia.

Es inconcebible que un gobierno tan ofendido, vilipendiado y asediado por una burguesía antinacional, antipopular y conspiradora, siga siendo beneficiada con beneplácito, suponemos, por altos jerarcas del gobierno. Bajo este esquema la llamada “Revolución” no será más que un espejismo donde millones de incautos que luchamos día a día por un cambio real y verdadero, no contemos con la venia de los poderes constituidos, puesto que éstos al parecer quedaron entrampados en la vorágine del capital, en la que quedó envuelto el “Centauro de los Llanos”.

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