Ahora que Chávez...

La vi, histérica, desencajada, genuinamente confundida y sin saber si reír o llorar. Lo expresó abiertamente y con voz entrecortada; “me tiemblan las manos”. Salió corriendo a llamar a su marido inadvertida del colapso de la red de telefonía…

Se le murió. El gorila que tanto odiaba, en quien depositaba todo su desprecio y las culpas de sus fracasos personales. Murió el mismísimo dictador a quien su hora final le imploraba a sus amigos imaginarios todos los días, antes de dormir, al coincidir en los mismos argumentos de siempre con sus iguales. Pero no lo podía disfrutar. Quizá quería, quizá lo intentaba, pero las manos le temblaban, no podía atinar tecla para llamar a su marido para compartir su alegría, su desconcierto, su terror.

Yo escucho en silencio junto a un buen amigo, uno de mis estudiantes más queridos. Él me preguntaba ¿estáis bien? Y lo estaba. Sabía que el desenlace era pronto y desde la primera hora de la dificultad, hace dos años, ya veníamos preparándonos, en conciencia, en planificación y en ejecución. Recordé a mi abuela. Mi vieja Tula quien sufrió los meses de un colapso progresivo de riñones e hígado. El dolor de ella, en cama, sin habla. El dolor de mi madre y mi tía Lenys, todos los días junto a ella, impotentes, pero siempre ahí. Recordé sus ojitos siguiéndome cada mañana al pasar su puerta para darle su besito en la frente. Así estaba Chávez y así, seguro, sufrió sus últimos días. Así sufrieron mis hermanitas, Rosa y María Gabriela… no me imagino el dolor de mamá Elena.

Una multitud se aglomera tratando de silenciarse a sí misma para captar el momento histórico, la muerte de un tipo al que nunca entendieron y despreciaron casi tanto o más que a quienes lo respaldamos. Esa multitud enmudece cuando su profesor responde, puño en alto ante la consigna de su vicepresidente. ¡Venceremos!

Salgo del cafetín y vuelvo a ver la histeria en alguien que goza de mi simpatía. “Vámonos. Vámonos porque hay militares en la calle y uno no sabe lo qué pueda pasar”. Claro que los hay. Es un estado de conmoción nacional, pero como yo soy el que vive el “letargo de los ignorantes” no veo el panorama que el poeta en su angustia me trata de dibujar.

Le doy tiempo a la torpeza, escucho las celebraciones próximas que se extinguen rápido, no sé si por vergüenza. La verdad, encontrarse uno celebrando la muerte y que la vergüenza te intercepte en el momento de mayor euforia para evidenciarte a ti tus propias miserias no debe ser una buena experiencia. Esperé a que la acidez estomacal de los necrófilos y la paranoia de los pávidos pasase y, unos minutos después, salí a la calle.

Vi ciudadanía, por primera vez en una población conocida por su carencia. Vi ciudadanía y, aún con el sol en el horizonte, no vi al primer verde patriota. El tanque de mi carrito marcaba menos del cuarto y me obligué, para poder llegar a casa, a hacer mi respectiva cola. Fue rápida, silente. La gente estaba callada. Salude con cariño a la bombera sin mencionar lo ocurrido. Hubo sonrisas tímidas y miradas compasivas. Sin mediar palabras leí nuestras realidades: ella, bombera, morenita, humilde; yo, mestizo, nieto de Tula y con un solo apellido en mi cédula de identidad. Ambos éramos de esos “resentidos” a los que tanto se desprecia en ciertos estratos, no sociales, sino mentales. Ambos éramos, somos y seguiremos siendo chavistas.

Rumbo a casa no pensé mucho. Presté atención al camino, me detuve en los semáforos y vi muchos rostros sombríos. No me atreví a interpretarlos porque, honestamente, no me importaba. Sabía, porque ya lo sentía en la boca del estómago, que un dolor in crescendo surgiría y justo al llegar a casa y ver a nuestro hermanito Evo anunciar nuestra pérdida comenzó mi catarata de lágrimas que aún hoy continúa.

Salí a la plaza a capturar amigos y todos se parecían a mí. Todos aglomerados en un espacio recientemente recuperado. Celebré su vida con cepillao’de colita, que nunca fue mi favorito, pero era el rojo, el color de nuestra tristeza, nuestra lucha, nuestro agradecimiento y nuestra alegría, sí, nuestra alegría.

Estoy alegre por tanta gente bonita que vi en la plaza, que me abrazó sin saber quien carajo yo fuese. Simple, porque somos la misma gente, los mismos “ignorantes y desdentados” que creímos en la utopía, no para verla como algo lejano e inalcanzable, sino como ensayo y error, teoría y práctica que cuenta hoy con catorce años de existencia. Estoy alegre por los dos millones de personas que se movilizan en este momento a Caracas a darle su primer “hasta siempre” a quien guió el camino por 21 años. Estoy alegre por la batalla que ahora nos toca y las victorias que nos esperan.

Entiendo entonces la angustia de la tarde del martes. Los militares están en la calle y lo están desde hace varios años, amigo Valmore. Los mismos militares que estudian en las universidades, como la UNEFA o la UNICA, los mismos que dirigen los proyectos de investigación y desarrollo con científicos e ingenieros civiles en CAVIM, BAMARI y CEMANBLIN, sí, dale, los mismos que “venden” pollo y papa en las mega jornadas humanitarias que cada fin de semana tienen lugar en algún pueblito de esos, lejos del casco metropolitano de la ciudad. Los militares están con la gente en la Plaza Bolívar, en los Próceres, en los Símbolos, en la fila de gente que va a llegar hasta la Ciudad Universitaria, cuidao’ y si no hasta Plaza Venezuela y que se confunden porque hay algo en este proceso, que a algunos les da prurito llamar ‘revolución’, que se llama unión cívico-militar, que no es más que pueblo, gente que usa uniforme y gente que no, pero que son la misma y saben lo que tienen que hacer.

Pero entiendo mejor a la profesora que nunca pudo comunicarse con su marido. Entiendo su voz entrecortada y sus manos temblorosas. Durante años cultivó en su conciencia aquello de las “hordas chavistas” y se sumergió en el más oscuro de sus temores: “Ahora con un Chávez muerto ¿quién contendrá a esas bestias ataviadas de rojo que en su rabia y dolor saldrán a teñir al país de sangre?”.

No, profesora, no se preocupe por nosotros. Nosotros estamos en llanto, algunos rezan por el alma de nuestro comandante, otros, como yo, reflexionan, agradecen y celebran su vida. No se preocupe, porque estos días serán para despedir su cuerpo como si lo hubiéramos perdido en batalla, porque así fue. Nos abrazamos y consolamos unos a otros, reímos recordando sus ocurrencias y compartiendo nuestras más personales anécdotas de cómo Hugo Rafael Chávez Frías nos cambio la vida. Ni siquiera se preocupe, profesora, por las venideras elecciones presidenciales en un mes porque si ha visto las imágenes por televisión, internet o PIN, ya se imaginará lo que ocurrirá.

No tiene que preocuparse, profesora, por nada, salvo por una cosita muy pequeñita. Tal vez fue así o tal vez no, pero quizá tenga que preocuparse si usted o algún ser querido anduvo, durante este tiempo, deseando muertes. Preocúpese por quienes celebraron esta partida. Preocúpese por los que tomaron nuestro dolor para risas, burlas y soberbias. Ahora que Chávez “no está”, preocúpese por aquellos que depositaron en él sus fracasos personales, académicos, profesionales y sentimentales porque han perdido al chivo expiatorio de la derrota de sus propias vidas. Preocúpese por los miserables con los que le toca compartir la acera – o hasta el techo – para ir, inciertos y vacíos, a una nueva contienda electoral a la voz muda del más lamentable de los personajes políticos de nuestra historia, que es lo mejor que tienen. Preocúpese por haber perdido el tiempo sembrando sus propias culpas en los sueños y esperanzas de los demás. Preocúpese por tener necesidades tan pequeñitas, cuando las nuestras son infinitas e inconmensurables.

Nosotros seguiremos nuestro camino, tal como aprendimos a hacerlo. Encontrando la sonrisa y la picardía en nuestros compañeros, tal como nos llamamos entre nosotros, camaradas. Continuando y emprendiendo proyectos hermosos, plenos y emancipadores. Recordando los cuentos de nuestro arañero eterno y querido en cada paso que, desde nuestra vida en colectivo, nos toque dar.

Sea bienvenida, cuando usted y ustedes quieran, no a nuestra visión de un mundo distinto, sino a nuestra realidad de una vida emancipada.

A todos, los quiero mucho.

Independencia y Patria Socialista. Viviremos y Venceremos.

¡Que Viva Chávez!


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