Mi presidente Hugo Chávez

Hoy, como un montón, fuera de la formalidad del oficio de escribir determinadas composiciones, te escribo con mi corazón en crudo para despedirte.

Aún sigues allí en Los Próceres, en una capilla ardiente, siendo velado por el mundo y por kilométricas colas de venezolanos que ansían echarte un ojo antes de tu definitiva partida física.  Te irás luego a tu Barinas natal, al amparo de los sombríos arboles de tu infancia y adolescencia.

Aunque muchos acá no quieren tu partida, es decir, esa suerte de segunda partida, la de tus restos.  Te piden en Caracas para Caracas; se oyen las transidas peticiones de que depositen tus huesos en el Panteón Nacional, junto a Simón Bolívar, la figura máxima de la independencia suramericana.

La ley dispone que tal ingreso sacro sea después de un período de 25 años posterior a tu muerte.  Pero la gente te quiere, Chávez, te procura, y pide que sea en el acto, que reposes en el Panteón Nacional.  Discordancias a resolver entre el amor, la razón y la ley.  Tocaría reformular o enmendar la ley primero, para luego complacer la petición nacional.

Como es comprensible, tus familiares están destrozados y no dejarán de sentir el ansia de tu deseo postrero de retornar a Barinas, tu tierra natal, así como el ansia del sentimiento materno y paterno.  Son dolores también que piden el alivio de tu proximidad, aunque sea en el formato del polvo, en tu caso polvo eterno.

Nuestra ciudad, amada Caracas, anda compungida.  No hay tráfico más allá del 10% de lo regular.  Las calles se muestran desiertas.  Silencios.  Rostros compungidos que te miran de soslayo cuando cruzas una esquina.  ¡Te digo que el ambiente es de tal luctuosidad que hasta quienes te adversaron en vida gente que conozco y te testimonio humedecieron sus ojos por causa de tu partida!

Es algo extraordinario: fue decretada una semana de luto para tí, estrella política y benefactora de nuestra patria, querida Venezuela.  Y más allá casi una decena de países también hicieron lo mismo, aunque por menos días.  Sobre Venezuela recae una solidaridad mundial para mitigar en algo la pena colectiva, y hasta los sectores opositores, esos que tanto te enfermaron en vida con su acoso y desestabilización, han mantenido la compostura, no esperando tanto que se conduelan de tus huesos, pero al menos guardando un silencio reverente (hasta ahora).  Ellos han tomado la experiencia como una lección de unidad y amor, de gran precariedad entre sus filas, y lloran en tí aquello de lo que carecen. 

Palicen ante tu fuerza, aun siendo cadáver como eres, con esa fuerza vital de Cid Campeador que destellas ahora desde el más allá.   Ellos se anotan en la lista interminable de los hombres o entidades humanos que esperan su especie de mecías para sus particulares intereses, capitalistas, como nosotros sabemos, de vil explotación del humano por el humano mismo.  Esperan su hombre fuerte, una idea brillante, su período de plenitud, para su decadente y crítica estirpe política.

Pero ya tú sabes:  con tu persona y tu formación humanista, tú hiciste ese efecto envidiado por la canalla pero para nuestras filas, sector socialista, corrector de humanidades, fabricante de justicia para arrasados y desposeídos.  Te inventaste el chavismo, modo amoroso de llamar a la ciencia política socializante, y dignificaste a nuestro país salvándolo de incontables crisis y explosiones que lo acechaban; estremeciste a la América Latina, estrujándola con la recarga del sueño integracionista de Bolívar, vencedor de imperios y libertador de colonias; y diste tu mensaje al mundo de que la cosa, así como iba, de barranco en barranco, perdido como erra en medio del paradigma capitalista, no caminaba.

Que ése no era el camino, el de la máquina y la tuerca impuesta sobre la carne de los pueblos; que el camino era el amor, el mismo del milenario profeta cristiano, el de la atención al desposeído y al que padece injusticia.  Le propusiste a todos que un Estado debe de cumplir su papel rector e interventor ante la penuria, haciendo barrera contra tanta teoría conspirativa de lo humano (promovida por los poderosos de la Tierra),  como esa de figurarse que la sangre y la moneda han de recorrer juntas los cauces de un abominable y libre mercado de la vida.

Malo, te fuiste. Duro para todos, como es notorio, y para tí mismo, que no ocultabas tu apetito por vivir, por seguir dando, Chávez, como es voz corrida en las calles cuando la gente adolorida exclama:  ¡Gracias, Chávez, por tanto!  Es el reconocimiento justo del pueblo llano en las calles, y todo bajo la humedad de las lágrimas.

Déjame decirte mi lugar común antes de que te vayas:  dejas la patria, lo haces físicamente, pero como Bolívar, como una piedra de amor, de patria y esperanza en el corazón, te quedas en el alma.  Ahí dejas tu silueta, tu busto, tu escritorio, tus papeles, tus Alo, Presidente inconclusos.  Pero ahí están tus planes y lineamientos:  en primer lugar el nombre de la patria, República Bolivariana de Venezuela; luego la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y, finalmente, varias grandezas:  tu Programa de Gobierno 2013-2019, el Proyecto Nacional Simón Bolívar y, en detalles tácticos partidistas, las Líneas estratégicas de acción política (PSUV  lineamientos).

Fuiste lo que profesaste y así mismo serás lo que profesas:  eres lo más importante político en la patria de Bolívar, el candil, estrella venezolana en el cielo, que uno levantará en la oscuridad para conjurar la sombra y allanar el futuro.

Mi amor infinito para tu vida entregada a todos, para tu recuerdo eterno, para tu merecida gloria.

Camarada.

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