¿La burocracia se hace eficiente o se erradica?

Podemos definir inicialmente a la burocracia como un grupo o “estamento” social que trabaja o desempeña funciones a distintos niveles del estado o gobierno y a diferentes escalas (internacional, nacional, regional y local). Con respecto a su grado de implicación institucional, es decir, a la compenetración con los cometidos o fines de la institución a la que está adscrita, se puede clasificar con base en la distancia o cercanía, tanto de sus individualidades como de un agrupamiento o todo el estamento, de conformación como “sujeto público de estado”; esto es, como individuos que han sobrepasado su individualidad o simple grupalidad “en sí” (la “burocracia privatizadora de/del estado” que se ha apropiado o secuestrado el servicio y las funciones de estado y gobierno que son para beneficio de todos o públicos) y se reconocen ética y políticamente en su identificación con una “conciencia para sí” o “conciencia de sí”. El “en sí” es la conciencia que no ha traspasado la inmediatez de la rutina y anomia que aliena la función que cumple y que degrada su existencia laboral al convertirla en desidia cotidiana, en la mayoría de los casos de los medianos y menores funcionarios. Un funcionariado que al no ser reconocido se resiente y busca compensaciones envilecedoras gracias al secuestro privatizador que ha hecho de las funciones públicas, en pequeñas y miserables corruptelas, pillerías y prácticas viciadas.

Asimismo, en la mayoría de los casos, los altos funcionarios, por su ostensible debilidad ideológica y la alienación de la división burguesa del trabajo que produce el espejismo de la jerarquía burocrática que se atribuyen, tras la que corren de forma adulante los oportunistas y arribistas, no resisten las seducciones de la perversidad capitalista para acumular riquezas provenientes de la corrupción de las grandes comisiones y disfrutar de prebendas exclusivas a través de beneficios indebidos como los obscenos salarios y bonificaciones que se adjudican. Jerarquía enajenante que les hace oscilar entre “jefear” para mostrarla egolatramente ante los subordinados que sufren su acoso de variado tipo, y la abulia desdeñadora y distintiva frente a quienes no pueden asumirla porque les sería reprobada y reprendida por aquellos; pasando, entre otros, por quienes presumen retóricamente de expertócratas en la solución de los problemas sociales o populares sin tener en cuenta la participación protagónica del pueblo y sin articulación con otros funcionarios e instituciones en la resolución de los mismos. Escamoteando de esta manera, la asunción del modo socialista de satisfacción de las necesidades sociales y su modo también socialista de resolución de los problemas populares, haciendo prevalecer el modo capitalista de insatisfacción encubriéndolo bajo la presentación de una presunta opción técnica.

Lamentablemente, aunque hay contraejemplos en quienes si han forjado contrariamente su “conciencia de sí o para sí”, son excepcionales ya que prevalece abrumadoramente la nefasta “burocracia privatizadora de/del estado” sobre la “burocracia pública de/del estado”. Son quienes han comprendido la necesidad de una nueva institucionalidad con su correspondiente cambio organizacional, de prácticas administrativas y de relaciones laborales basados en el reconocimiento emulador y cohesionador, no monetario ni meritocrático, la autodisciplina y la actuación de liderazgos democráticos de los colectivos de funcionarios sustentados en la consulta, discusión y comprensión de sus tareas al verlas concatenadas a un proyecto de trascendencia social para la nación que reclama su pronta y exitosa transformación socialista. Otorgándole sentido desalienante a su rutinaria tarea que es recompuesta y rotada entre los trabajadores para formarlos de manera polivalente, iniciando de este modo la ruptura con la mutilante división capitalista del trabajo que encasilla y coarta el despliegue realizador de sus potenciales capacidades.

Es de resaltar que la “conciencia para sí” conlleva transitoriamente al mejor desempeño de las funciones y a la prestación eficiente de un servicio institucional a la ciudadanía o pueblo que lo requiera. La conquista de esa “conciencia para sí” implica el paso transformador de la condición de individuo(s) a la de “sujeto público de estado” transitorio. Decimos transitoriamente porque este paso se enmarca estratégicamente y contradictoriamente en un proceso dialéctico entre el estado y la sociedad, que se iría resolviendo en la transferencia o asunción administrativa y política de las funciones estatales o burocráticas por el pueblo o la sociedad organizada. Que, en consecuencia, sería un proceso de afirmación-negación de la condición de los “sujetos públicos de estado” proyectado ambivalentemente en su afirmación de promotores y organizadores de esa asunción por parte del pueblo o la sociedad.

De ese manera es que consideramos la estrategia revolucionaria socialista de desmontar el estado capitalista ya que es un contrasentido sustituirlo por uno dizque revolucionario por cuanto se sabe que todo estado es de dominación o contrarrevolucionario en esencia, a menos que se entienda como lo hemos planteado en su ambivalencia, “revolucionario” entre comillas. Sin creer que la destrucción del estado capitalista, que implica necesariamente la erradicación de la burocracia, es un acto de disolución y no un proceso dialéctico complejo, pero no por ello imposible de lograr como lo predica defensivamente la “burocracia privatizadora de/del estado” principalmente.

Por lo tanto, habría que abordar la mejora de la eficiencia funcional de la burocracia en el marco de la transferencia de sus funciones al pueblo o la sociedad. En todo caso, articulando ambas dinámicas para que confluyan en la resolución dialéctica del poder del estado y el poder popular o revolucionario. Aquí es clave la intermediación de las instancias de los consejos comunales, de la contraloría social y el ejercicio co-gubernamental de los consejos democráticos de los trabajadores en cada institución del estado.

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