Nicolás, imponle a tus ministros que hagan mercado

Las dos últimas veces que vi a mi viejo compañero Ramón Palomares, un gran poeta, de quien no puedo decir nada que pretenda engrandecerlo, porque mis limitaciones no me lo permitirían, fue haciendo mercado, como solemos hacer los seres comunes y más o menos cercanos a la vida cotidiana. Pero no en híper mercado o centro comercial, sino en eso que solemos llamar mercado público. Donde la gente común que allí acudimos debemos lidiar con habituales dificultades y sobre todo con seres humanos, tal como ellos son, lo que nos hace auténticos y hasta cercanos al mundo real.

Ir al mercado, en cualquier ciudad, es una manera de diagnosticar el momento, la historia y circunstancias concretas del espacio donde vayas. Porque cuando vas a un mercado municipal o público te acercas al país y conoces detalles importantes del pueblo que visitas. El supermercado o híper, como guste a usted llamarle, no es un buen ángulo para diagnosticar la vida de una ciudad. Por lo menos entre nosotros, porque si hay algo que no se nos parece, imagen distinta a lo que hemos sido, son esos espacios, copias de la exportación capitalista internacional, donde se mezcla una venta de pescado, legumbres y chorizos con productos eléctricos y hasta vestimenta de alta factura. Porque, aparte que nos es ajeno, es manera sutil y hasta ingeniosa de engañarnos con los precios, como el equiparar una licuadora con un quilo de chinchurria y es, aunque parezca paradójica, una mala imagen de la realidad. Es una cerca alta que nos oculta el mundo de más allá. Además nos cobran a cambio de lo que ellos llaman confort, trato delicado y de clase o clasista, pagando energía barata que nos pertenece, lo que les dé la gana. Allí, por otra parte, se podrán encontrar rabiosos por demás, pero nunca inconformes de verdad, víctimas de la injusticia y deseosos de cambiarlo todo.

No obstante, en la Venezuela de hoy, aunque usted no le interese los detalles hermosos de la vida nacional, ir a un mercado público, como a un sofisticado mercado instalado en esos “cómodos centros comerciales”, encontrará la misma ansia especulativa, aunque ella no se origina allí, sino en eslabones anteriores. En los segundos, se hallará en un ambiente, donde “por extraño sortilegio”, predominan quienes se sienten felices que les cobren de más y no protestan porque eso rebajaría su “caché” y les negaría la posibilidad de sentirse superiores.

No sé, ni tengo como pronunciarme, si es especulación o reflejo del índice inflacionario, pero de acuerdo con lo que sostiene el gobierno, al fijar el aumento salarial, el segundo parece insignificante, pero lo certero es que los precios en el mercado, público, de bodega, municipal, súper o hipermercado, están más allá de las nubes. Pero pareciera que los funcionarios del gobierno, a quienes compete el asunto lo ignoran por completo, no les interesa o desconocen que les compete. Como suelen decir algunos compañeros de buena fe, pareciera que el oficialismo se da por satisfecho con las limitadas ofertas, en toda la connotación que ello tiene, de los mercales y pdvales. Mientras el mayor volumen de distribución de productos de todo tipo, incluyendo en primer término, los fundamentales o de mayor demanda, transcurre en la red privada y especulativa. Sin que nos metamos a hablar del cerco que nos tienen con el llamado fenómeno de la escasez, bien sea por disminución en el ritmo productivo para ayudar a Capriles, falta de fluidez en la entrega de divisas o el acaparamiento del cual acá en Puerto La Cruz acusan a los comerciantes chinos; pero que en todo caso, a compañeros o camaradas del gobierno, como que eso no les llama la atención para nada.

Pareciera que los gobernantes no lo saben, porque se limitan al manejo indiferente de las frías cifras. No son lo mismo, uno lo sabe desde la cuarta república, cuando estaba del otro lado, las cifras macroeconómicas y la realidad del mercado cotidiano de las verduras, carne y enseres de consumo diario. Querer conformar con cifras macroeconómicas a quienes compramos diariamente alimentos es retrotraernos, para decirlo en lenguaje adeco, a la conducta de los viejos partidos y al estilo de los cumaneses de cuando existía el hospital antituberculoso en nuestra ciudad, ”eso es alegría de tísico”.

Hoy, domingo 28 de abril, llegué a mi casa con un kilo de sierra que me costó 160 bolívares, mi compañera, más chavista que Chávez, casi me obliga a volver al mercado a devolver aquello que cree una estafa. Pero la verdad es que ese es el precio del mercado.

Lo más triste es que, los pescadores, están entre los más beneficiados por el gobierno revolucionario, pero por razones que ahora no podemos explicar por falta de espacio, ese sector, incluyendo la llamada ASOPESCA, que finge de chavista, se ha convertido en el mayor enemigo del venezolano común y del proceso revolucionario. Estoy cansado de escuchar a quienes pareciera agrupan y dirigen ese sector, hacer discursos y declararse más revolucionarios que el propio Chávez. Pero sólo haré tres preguntas ¿Por qué se han impuesto las roscas en el sector? ¿Por qué se percibe cierta escasez de pescado? ¿No es sensato pensar que están vendiendo la pesca al exterior?

En medio de ese “maremágnum” de estafas, especulaciones, pareciera, es lo que uno percibe, que los burócratas y académicos, de los cuales algunos andan de embajada en embajada, no se han enterado de lo que acontece. Porque embebidos, como los adecos de antaño, en las cifras macroeconómicas y el no ir nunca al mercado a comprar el condumio de la casa, porque posiblemente están en cosas propias de seres nada terrenales, muy “intelectualosos”, sabios de capirote ellos, no han podido percatarse de una cosa que se les antoja insustancial y no digna de tomar en cuenta, como lo que el venezolano, en una medida bastante significativa, paga a diario por lo que consume; más de la diferencia entre lo que calculan y la realidad.

Claro, a esos de repente, pese al discurso y la sinecura a la cual están pegados como chinche, poco les importa lo que suceda en la vida cotidiana a los simples mortales que si debemos ir al mercado diaria o semanalmente. Piensan, bueno si no lo hago bien o no les gusta lo que hago, me siento feliz si me devuelven al servicio exterior, donde puedo, con mi buena paga, pasearme entre círculos intelectuales hablando de revolución.

Nicolás, como tú no puedes ir, bien lo entiendo, manda a todos esos funcionarios que vayan semanalmente al mercado y saquen de su bolsillo, de lo que cobran o perciben a la buena de Dios, los reales para adquirir unos pocos alimentos aunque sea.

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