Simón, el maestro

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Los vientos secos del pueblo de Amotape, en el desértico noroeste peruano, recibían cada día a un anciano de cuerpo cansado  que recorrió  Los Andes por más de treinta años. Simón Rodríguez en 1854, cargaba a cuestas con 84 años de viajera existencia, errante maestro predicando ideas que no parecían pertenecer a la época que le fue dada a vivir.

Por su visión del mundo, no pocas veces fue llamado loco o hereje. Era de esperarse que recibiera ese injusto tratamiento, en una sociedad fundada en la desigualdad, donde las "Luces y virtudes sociales" no serían aceptadas como una práctica política, que promoviera la emergencia sólida de las nacientes Repúblicas de la post-independencia.

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Una sociedad donde predomine el egoísmo como faro de las voluntades, será vientre donde se gesten esclavos y déspotas, según sea el rol que el poder desigual asigne a cada quien. La educación, en todo caso, es un umbral a las relaciones de poder propias de una sociedad.

Hace doscientos el sistema monárquico profesaba la superioridad de unos pocos, sobre la mayoría de los hombres y mujeres, que con su esfuerzo hacían posible la sostenibilidad de una sociedad, cuyo orden les era desfavorable e injusto, una estratificación que les impedía ser más, de lo que por la "providencia" estaban destinados a ser.

"Cada quien para sí y Dios para todos", máxima perversa que arraigaba el egoísmo en el seno de las sociedades coloniales. Doscientos años después Dios parece haber sido disuelto y sustituido por el Mercado que nos convierte en mercancía y nos impone, con su invisible mano, sus mandamientos en boca de nuevos profetas que nos invitan al automatismo y la individualidad.

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Ahora bien, no porque Bolívar, con espada e ideas, haya erradicado la Monarquía de nuestras tierras, quiere decir que se extirpó su herencia expresada en las relaciones de poder. El Capitalismo ha sido mucho más eficaz y sutil en su forma de sembrar la lógica del egoísmo y la desigualdad, convirtiéndose de manera velada en una categoría ética y cultural de la cual, muchas veces, no somos conscientes. La escuela tiene la facultad, como puerta de entrada a la sociedad, de formar a los hombres y mujeres para la razón  y no para la obediencia ciega, ya no a un Rey, ni siquiera a un Dios (entidad que parece haber pasado a un papel subalterno en el imaginario colectivo), sino frente a un sistema de antivalores que posicionan al Mercado como dominador fatuo de nuestras vidas.

La educación popular, para Simón Rodríguez, sería como un lago donde desembocan dos ríos, uno de ellos la luz de los saberes; el otro, el torrente de moral y virtudes que impulse al ser humano hacia la sociabilidad, el respeto y la promoción de la vida plena, sana y libre, sin los lastres del egoísmo y la desmesura.

Releer a Simón Rodríguez, es una necesidad impostergable en el momento histórico que hoy vivimos; alimentarnos de sus reflexiones y obrar en consecuencia educándonos, en todos los ámbitos, para la libertad.


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