El fascismo empieza en nuestra casa (o la teoría de los bolsos)

De nuestra niñez hemos aprendido que el fascismo (nazismo) se ha instalado en nosotros “antes de la fundación del mundo”: antes de nuestro nacimiento, sólo por aceptar provisionalmente la tesis existencial de Sartre (también hubo antes -y todavía allí está- la tesis del apóstol Pablo: de la “predestinación” de unos que son “salvados” y los “perdidos”, ver 8:28-30; Efes. 1:4-11). Mi madre y mi padre, católicos o evangélicos, me van a brindar un mundo ya “previamente moldeado”, existente y organizado en la “injusticia social” desde antes que ellos mismos pudieron existir como matrimonio pobre; también han recibido de la generación anterior esa “ausencia” de masa crítica. Regreso griego platónico-aristotélico-nietzscheano, para rotularlos otra vez. ¡Claro que se recogieron en la pobreza! y su ideología de que “si yo fuera ‘rico’ donaría todas las cosa a los pobres”, “si gano en la lotería distribuyo todo a los demás”, “si acierto al millar lo voy a arreglar el barrio” son como utopías de gente empobrecidas fundadas en la transferencia que muchas veces es traspasada a los hijos: o sea, una utopía sobre otra para “reciclar” los sueños de los pobres. Nunca se habrán de pensar revolucionariamente -aunque es aplaudida una toma de decisión vanguardista de “ahorcar al rey”. La injusticia es social (de todos) y los “ruidos” que son producidos por la dominación son asaz grandes, sobre todo ahora con los medios de manipulación en sus manos, incluso era previsible (la “producción de la mercancía” fue desplazada por la “circulación de la mercancía”, inversión de papeles donde ya no es tampoco  la “mercancía” lo que detiene valor; se fue al dominio del “marketing” y luego a los “medio de información” de la burguesía, contribuyendo de esa forma para consolidar la dominio de la “mentira” occidental.

En ello, mis padres, van a iniciarme en su “segundo bolso” (porque el “primer bolso” se encuentra en el momento aquel en el cual estuve orgánicamente expuesto, como feto, en las entrañas de mi madre: todo lo que ella retenía como impresión sobre sí claro que iba sobre mí). Cuando alcanzo yo los años de adolecente agravio mi inconformación con las reglas sociales, como desgarraduras echadas expuestas por nuestros padres y las generaciones: me vuelvo el “carácter rebelde” viniendo entonces la postulación de un nuevo perfil. Me invitan, sobre todo cuando estoy aglutinado entre otra gente del mismo grupo, de los pobres, a participar de una corriente más auténtica. Puede ser que me vaya a confirmar la “agrupación de los drogadictos”, de las izquierdas (partido comunista o trotskista, etcétera). Es decir, nos espera un “tercer bolso” al cual debemos ingresar. Creo que estaba con razón en ese caso Felipe Poey al referirse que “nadie es dueño del creer o no creer” al escribir a sus sobrinos aquella carta-testigo, que paso a transcribir a ustedes:

“Habana, San Felipe Neri, 26 de mayo de 1889.

Mis queridos sobrinos Serafina y Joaquín:

Suplico que a última hora me dejen morir tranquilo, conforme a mi Ley. Me hicieron cristiano sin consultármelo; la razón y la filosofía me han hecho materialista. No creo en Dios. La idea de Dios, con los atributos que le conceden, es inconcebible; su definición es negativa e impalpable. El Dios de los cristianos es egoísta y cruel. Si porque no hay reloj sin relojero, se infiere que no hay universo sin Dios, díganme: ¿quién hizo a Dios? ¿Salió de la nada? Si Dios existe, me juzgará por mis obras, no por mis creencias. Nadie es dueño de creer o no creer… La Sagrada Escritura trae una carta de San Pedro, que dice: El que tiene malas obras y tiene fe, Dios le debe la salvación por débito. No admito confesores, tan pecadores como yo, y rechazo los auxilios espirituales de la Iglesia. Rehúso especialmente a los jesuitas. Tengo mucha amistad con el Padre Viñes (notable meteorólogo de la época. N. del A.), pero a última hora no quiero verlo en mi cuarto, ni su sombra. Federico tiene el encargo de conseguir buenamente que mis amados sobrinos me dejen tranquilo, en cuyo caso quemará esta carta. De lo contrario la presentará a los dos, y si con esto no basta, si entran sacerdotes tan hombres como yo, a ponerse en comunicación con Dios, conseguirán desesperarme anticipando mi muerte, y oirán blasfemias que nunca han oído.

Quiero morir como Antonio Mestre: sin escándalo.

(A Federico Poey. Para entregar a su debido tiempo a Serafina y Güell). Fdo. Felipe Poey",

La carta leída habla por sí sola de nuestro colonialismo que siempre se reaviva en nosotros: lo que parece que hay en todo ello es que a nosotros falta el sentido de revolucionamiento para librarnos del “esquema pasado”, que nos ha sido transferido por la generación anterior. Hay una gran necesitad de extraer de nosotros -con toda fuerza que reunimos- el griego que hay dentro de nosotros. Por ejemplo, ¿quién ha dicho que somos nosotros una “copia” de lo que pasa en Europa o EEUU para ser todos buenos? Quieren hacernos creer que somos “mejores deportistas” si nos bañamos en las aguas europeas. Seremos “mejores científicos o filósofos” si seguimos las corrientes de pensamiento de ellos. De someter nuestra “geografía” a la de ellos. ¡Carajo! ¡Que vayan al infierno mientras haya! Porque no lo vamos a admitir esas insinuaciones, Por ello, tampoco creo yo en las viejeces de ese tipo diseminadas por mis primeras profesoras de primaria (menos todavía los siguientes). Las odio porque fueron ellos quienes me infundieron la idea de “orden y progreso”, dios y el diablo, Zeus y el infierno, todo asunto del griego, además en su antigüedad. Por favor. ¡Abajo tantas humillaciones!

¡La sociedad que tiene un Che como ejemplo no puede humillarse nunca!

¡Abajo las divinidades externas al hombre y viva el Che!¡Bolívar y el comandante Hugo Rafael Chávez Frías!


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