Cuando Hugo Chávez lanzó su candidatura para la elección presidencial del 6 de diciembre de 1998, muchos venezolanos creían que sería una más de las tantas aspiraciones folclóricas conocidas en el país, al estilo de Germán Borregales y Francisco de Paula Pedroza.
Borregales no pelaba una para postularse con el apoyo de un partido conocido como Movimiento de Acción Nacional, MAN, mientras que Pedroza se presentaba con un tabaco en la boca, sombrero y montado en una burra diciendo que había sostenido una pelea con unos extraterrestres.
Pero la historia tiene sus sorpresas y el candidato del liquiliqui ganó con un 56,5% la presidencia de Venezuela.
Como estamos en el país del realismo mágico y del humor negro político, por Chávez, según las encuestas manipuladas, no daban ni medio para ganar la elección. Para entonces, Salas el viejo, maniobrero al estilo adeco, era su contrincante y se le veía montado en su caballo frijolito, cabalgando por Caracas.
“Aaallooo Frijolito” le decían cuando trotó una vez por la avenida Urdaneta de Caracas, y por donde dejó el animal sus bostas malolientes y hasta una viejita la recogió para guardarla de recuerdo porque, según dijo, tenía en una botella un resto que decía era del caballo Palomo de Simón Bolívar.
Chávez se enteró de la cabalgata y llanero al fin, se sonrío y con su bien planchado traje criollo, recorría cada rincón de la patria, echando cuentos de cuando vendía arañas, todavía echa ese pasaje de su niñez. “A ese frijolito le ganaré por varios cuerpos de ventaja” auguró en varias oportunidades.
Pero a diferencia de los folclóricos, Chávez se fue enraizando en el pueblo, y casi se muere de la risa cuando el periódico 2001, al cierre de la campaña electoral del 98, tituló a dos toletes: Salas Römer virtual presidente de la república, lo que pasó a la historia del periodismo venezolano como el pelón más grande en cuanto a pronósticos falsos.
Resulta que las encuestadoras maquillaban los sondeos y en todos aparecía ganando Salas el viejo y le hacían creer que se la estaba comiendo, Pero no era así, quienes teníamos acceso a la otra encuesta, sabíamos que Chávez le ganaría al viejo y así se comprobó al final del conteo de los votos. De allá para acá, la historia cambió para Venezuela.
Cuando faltan semanas para la revolución de octubre, el 7-0, los numeritos de cuanta encuestadora tenga vida en este país o allende a nuestras fronteras, coinciden en afirmar que el candidato de la patria ganará la elección presidencial.
Los velones están encendidos en las capilletas de las casas más humildes, hasta mi abuela, incrédula por el centenar de años que tiene, refunfuña pero con simpatía por el candidato presidente. Dijo hace poco que con mucho gusto besaría a Chávez y no “crean que soy sinvergüenzona por tener ese sueño”.
La empatía del comandante palante es pegajosa como el caujaro y hasta en medio del padecimiento de una enfermedad que afortunadamente está palo abajo, transmite esperanza y calor humano cada vez que sale a la calle para encontrarse con el corazón de la patria. Son muchas las diferencias para con el otro candidato, pero una sobresale una: Humanidad.