Dios ampare a Chávez e ilumine a Diosdado y Maduro

          Queridos compañeros Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. Ojalá pudieran leer esta nota. Escrita por alguien quien fue amigo del padre de Nicolás y admirador y solidario de Chávez, a quien aquél el otro día calificó, con bastante razón, “como hijo del Comandante.”

            Mi edad y experiencia de militante de la izquierda me conceden cierta autoridad para hablar del tema. También porque, aquellas circunstancias hicieron de mí un enemigo de los grupos. Por supuesto, esta actitud mía tampoco es buena, porque termina uno solitario y nadie le considera bueno para nada. En fin de cuentas, uno es un grupo de uno, tan disparatado como decir un monogrupo.

            La vieja izquierda le encantaba dividirse. A ella bien se le podía aplicar aquel poema que el gran Aquiles Nazoa, dedicó a Betancourt. Por ser éste tan divisionista y cizañero, dijo nuestro  gran humorista, cosas como:

            “Dividió a los militares en pelotones de a seis.”

            Luego, más más adelante, algo parecido a:

          “En un marroncito,  puso a pelear,

          en el fondo de la taza, la leche con el café´.”

            Un viejo amigo, muy dado al humor negro y al sarcasmo, solía decir que la izquierda hablaba de las masas, pero en verdad no había nada que le molestase más que la gente; bastaba que llegásemos a ocho, para dividirnos en dos grupos de cuatro. Lo que es peor, agregaba, cada pequeño lote invertía su tiempo combatiendo al otro, en lugar de al imperialismo y lo que ambos llamaban clase dominante.

           Quizás por ello, entre nosotros, haya mucha preferencia por el partido de cuadros y la cooptación cómo método para seleccionar candidatos.

            Entre esa izquierda, bastaba una coma, considerada mal colocada en un texto, para naciesen dos “tendencias”, que de allí en adelante, se convertirían en los polos representativos de la “contradicción fundamental”. La lucha contra las estructuras, valores y clases del capitalismo e imperialismo, quedaba para otro día.

            Quien esto escribe  - sé lo inmodesto de escribirlo ahora -, viendo a la izquierda fraccionada, derrotada y recogiendo migajas, solía decir entre amigos íntimos, que la vaina grande nos vendría de los cuarteles. Me fundamentaba en una experiencia común a la gente de mi tiempo. En la escuela, aquélla en la cual estudié, me formaron un amor profundo por la patria y el Libertador. En mi caso específico, habiendo nacido, estudiado primaria y bachillerato en Cumaná, también me internalizaron el mismo sentimiento por el Mariscal, a quien todavía suelo llamar “Toñito”.

            Eso mismo, hacían en las escuelas militares. Diosdado y Chávez, bien lo saben y reaccionaron formando el MBR-200 y alzándose en febrero del 1992, porque los valores aprendidos en la Escuela Militar les indicaban que los gobernantes estaban subastando la patria.

            De modo que la aparición de Chávez con esta política, venido él del sector militar, a mí no me sorprendió y entiendo el peso que los ex uniformados, como Diosdado, uniformados y civiles, como Maduro, tienen en la conducción del proceso. Hay quienes no entienden lo de la unidad cívico militar; y la derecha, como dijo Maduro, partiendo de la vieja enseñanza dentro y fuera de los cuarteles, que militares y civiles eran como vinagre y aceite, siembra dudas y cizaña. Incluso todavía hay quienes no creen aquello del poema de Nicolás Guillén,

            “Soldado no sé por qué piensas tú,

             soldado que te odio yo.

              Si tú eres yo y yo soy tu.”

              (Cito de memoria y ésta no es muy recomendable.)

           Si bien, como antes dije, soy enemigo de los grupos, razón fundamental por la que hoy estoy marginado del Psuv, parezco el Licenciado Vidriera o alguien que no hace bulto, entiendo que aquéllos son efecto natural de la convivencia. Tienen razón de ser y es absurdo luchar para que no existan. Siempre habrá un discrepante, una diferencia y eso muy bueno, es el motor del movimiento. Sin ella la vida se estancaría y se acabaría la existencia toda.

           De lo que se trata no es de eliminar o acarralar el grupo contrario. ¡N0! Lo procedente es manejar las discrepancias con criterio democrático, dialéctico,  plantear las diferencias con la mejor buena fe, mayor respeto y la intención de arribar a acuerdos pertinentes. La verdad, el ritmo y dirección del movimiento, no corresponden a lo que pienso, digo y hago, sino a la convergencia de las fuerzas que aquello motorizan y hasta el nivel de la resistencia. Eso también reclama escuchar con paciencia y amplitud las opiniones contrarias.

            Me parece muy bien, por ejemplo que Nicolás, reconozca el derecho de compañeros que una vez se fueron y ahora regresan dispuestos a meter el hombro. Nadie tiene derecho a suponer malas intenciones o juzgar de manera prejuiciada.

            Es excelente que Diosdado, hubiese dicho lo que dijo que provocó la crítica insana y cruel de Heinz Dieterich, sobre el asunto de la juramentación del presidente. Es plausible que el monaguense se manifieste enfáticamente para aplacar los demonios.

            Y es maravilloso que los discrepantes en algo, hasta yo mismo, podamos opinar distinto a un compañero o la acción oficial, sin lesionar los asuntos fundamentales de la política, la pertinencia del liderazgo del presidente y la dignidad del criticado. Por supuesto, también se guarde el respeto de aquél que critique constructivamente.

            Compañeros, camaradas Diosdado y Nicolás, aunque estas palabras o mensaje que también pretende serlo de año nuevo, las he dirigido a ustedes, van igual para quienes de ustedes discrepen.

            Para finalizar, quiero recordar que nos queda mucho por hacer; sobre todo a ese líder, que como dice un gran amigo, no los regaló Dios. Por esto mismo sé que el Padre Celestial lo ampara y por ahora no nos lo quitará.

            Feliz año Nuevo para todos y que el compañero Chávez - ¡cómo me gusta decirlo así!- venga cuando le corresponda, pleno de salud a seguir en lo suyo,  ratificar que tenemos patria.


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