Venezuela: devaluar o no devaluar… ¿Éste es el problema?
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Venezuela: Devaluar o no devaluar… ¿Éste es el problema?
Simón Andrés Zúñiga

Nuevamente, estamos en Venezuela en el inicio de un año bajo el fuego
de una gran presión, ejercida por parte de los factores económicos de
poder, para que el gobierno ajuste el tipo de cambio y se consuma una
devaluación lineal y sustancial.

El venezolano es un modelo de crecimiento basado en los salarios, la
inclusión social y el empleo. Las grandes devaluaciones que se vienen
aplicando puntualmente, justo después del golpe de Estado de 2002, han
sido acompañadas del deterioro del consumo, en virtud de la
contracción de los ingresos familiares. La recesión se instala luego
porque el principal motor de la expansión es bombardeado por el
sustancial ajuste cambiario, con la consecuencia posterior de la
desmejora de los indicadores sociales básicos.

Si algo han demostrado las grandes devaluaciones son su total
ineficiencia: desde 2003, la devaluación no ha mejorado la situación
fiscal; no ha promovido las exportaciones ni disminuído las
importaciones; se ha convertido en una causa fundamental de la
inflación; ha desmejorado los ingresos laborales, ha fortalecido el
poder del capital financiero especulativo quien cada vez tiene mayor
capacidad de influir en la política económica al obligar al gobierno a
devaluar. El capital financiero hoy es más fuerte, engorda grandes
cuentas en dólares en el exterior, promueve el parasitismo y
contribuye con el entierro de la economía productiva.

En las últimas semanas, los poderes fácticos han logrado que el
llamado dólar no oficial haya ensanchado ampliamente su brecha con
respecto a los dos precios oficiales (CADIVI y SITME). Los dólares
que se transan en este circuito informal siguen siendo una proporción
menor a la totalidad de dólares que se adquieren dentro de la
economía. Sin embargo, esta proporción menor, en volumen, ha logrado
una gran incidencia sobre la fijación de los precios (en bolívares) de
los bienes finales. Explicar cómo una posición minoritariamente
representativa (en términos de volumen) logra tener un poder de
fijación de precios mayoritariamente representativo, es una clave para
comprender la actual disyuntiva cambiaria.

En primer lugar, el precio actual del dólar clandestino, es
fundamentalmente el resultado de la lógica especulativa del capital
financiero en la búsqueda de una mayor rentabilidad de los activos
financieros que han logrado acumular. Esta acumulación representa una
de las paradojas de la economía venezolana en la última década, debido
que es resultado, principalmente, de un mecanismo de captura y
privatización de la renta petrolera, que al llegar a manejar un
volumen significativo, ha permitido disminuir la capacidad de poder
por parte del Estado para mantener una política cambiaria y una
política económica soberana.

Esto es una paradoja porque hace 10 años se instauró un control de
cambios y, a pesar de ello, la exportación de dólares se ha
incrementado en ese período, especialmente desde 2006. En este
sentido, los ataques cambiarios que se inician en el último trimestre
de cada año, represen un mecanismo de control y dominio en las
decisiones de política económica del Estado Nacional. La política
económica, y especialmente la macroeconómica, se convierte en un campo
de batalla donde se libra una confrontación por la renta petrolera.
Un sector, importante en términos de su posición de activos
financieros externos (dólares en efectivos e instrumentos financieros
denominados en dólares), termina siendo el gran beneficiado, si logra
concretar una ganancia cambiaria. Para llevar a cabo esta estrategia,
los intereses del capital financiero, se ocultan detrás de los medios
de comunicación corporativos y reciben el apoyo de los economistas
ortodoxos. La gran prensa empieza una campaña bien planificada, para
generar expectativas cambiarias negativas e inflar el deseo de la
gente por arrojar los bolívares y abrazar los dólares como medio de
cambio, como reserva de valor y como unidad de cuenta.

En segundo lugar, los factores especulativos deben de tener bases
objetivas para que logren ejercer, efectivamente, su influencia sobre
el desenlace final. Si el ataque cambiario tiene pocas bases objetivas
(que generalmente los economistas neoliberales suelen argumentar
cuando hablan de los “fundamentals”) su incidencia final sobre la
política cambiaria y sobre los precios oficial y no oficial del dólar,
probablemente será débil. Por lo contrario, si el rumor, la campaña
mediática para inflar las expectativas de devaluación, y los
pronósticos eternamente pesimistas de los economistas antichavistas,
cuentan con factores objetivos, la especulación dominará, la profecía
se cumplirá con cierta efectividad.

Esto último se conoce en los manuales de economía, como la “profecía
autocumplida”, es decir los que no es una realidad ahora, será un
hecho real al pasar un breve tiempo, durante el cual las decisiones de
los formadores de precios se sesguen hacia esa inicial especulación.
Así lo que no era “verdad” al principio, terminará siéndolo gracias a
la pequeña ayuda de las expectativas que prenden en un terreno fértil.
Por lo general, el discurso de los macroeconomistas convencionales
tiende a argumentar, como factor principal, la sobrevaluación de la
moneda en virtud a la tasa de inflación que se ha acumulado desde que
se fijó -por última vez- el tipo de cambio. Esta es la explicación
por excelencia de los bancos centrales y la que viene anexada a los
modelos de programación monetaria-financiera que enseñan en los
cursos del FMI. Ciertamente, la famosa explicación del tipo de cambio
real (donde se combinan el tipo de cambio nominal, la inflación
interna y la inflación externa) puede llegar a tener una influencia en
los desbalances que se producen en el comercio externo.

Pero de ahí a explicar la complejidad del problema cambiario en
Venezuela hay un gran trecho. En la medida que se convierte en
explicación única del problema cambiario, el argumento de la elevada
sobrevaluación, termina por abonar el camino para satanizar las
importaciones baratas como una amenaza al desequilibrio de la balanza
comercial y a la producción interna. De ahí que se utiliza el otro
argumento de la necesidad de mantener la competitividad a través de
una devaluación que “aumente las exportaciones y disminuya las
importaciones”. Este el clásico ajuste basado en el enfoque monetario
de la balanza de pagos. Este es el camino fácil de la explicación,
pero también resulta en una falacia ideológica disfrazada de argumento
técnico.

Además, el argumento de la competitividad basado en el ajuste
cambiario, termina promoviendo una competitividad espuria y efímera.
Esto es una competitividad alimentada por la reducción del costo
laboral, es decir en el empobrecimiento de los trabajadores; es una
competitividad basada en la explotación de los recursos naturales y de
entronizar éste mecanismo de dependencia; una competitividad que
profundiza la desigualdad social al intensificar explotación de la
fuerza de trabajo sobre el recurso de ampliar la plusvalía absoluta;
una competitividad que afecta a los sectores productivos diferentes al
sector exportador de los recursos naturales.

En este mismo sentido, el dilema de la miopía asumida por los
partidarios de mantener “el tipo de cambio alto y competitivo” es que
a ellos no les importan los factores estructurales y la realidad de
los países capitalistas que se encuentran en la periferia. El
problema es que un país subdesarrollado, dependiente y rentista
petrolero tiende a convivir con una sobrevaluación estructural que no
se va a “corregir” (ni menos a resolver) con la utilización del
expediente de la devaluación. La sobrevaluación en una economía
capitalista, dependiente y petrolera como la nuestra, es un huésped
obligado tal como lo es la hipertensión para un paciente obeso.

Otro argumento, utilizado por los partidarios a las devaluaciones, es
que el nivel de reservas operativas ha llegado a una cota peligrosa:
De ahí se empieza a comparar las reservas con los meses de
importación; de ahí se hace una de las cuentas más superficiales para
establecer el “tipo de cambio implícito”, al dividir la cantidad de
dinero con las reservas internacionales. Es decir, posicionan la idea
de que al BCV se le están agotando las reservas líquidas y por tanto,
los compradores de dólares deben apresurarse a comprar lo más rápido
posible y a cualquier precio, porque no hay cama para tanta gente.
Hay otras explicaciones que complementan los argumentos de los que
configuran el cuadro devaluacionista. Unas se siguen ubicando en el
plano más macroeconómico: el déficit público, la velocidad y la
magnitud del gasto público, la tasa de crecimiento del endeudamiento
público, la precariedad del flujo de caja de PDVSA, etc…

Otro conjunto de explicaciones se ubican dentro de las argumentaciones
microeconómicas e ideológicas: la inseguridad del marco legal y de las
inversiones, la incertidumbre en la fijación del precio y en la
reposición de inventarios; la necesidad de asegurarse activos
complementarios o sustitutivos del dólar que permitan mantener el
valor monetario de su patrimonio (compra de automóviles, compra de
inmuebles y acaparamiento de dólares, por ejemplo). Por su puesto,
este último conjunto de explicaciones se condimenta con el terror,
apoyado por la amenaza de que la llegada del socialismo implica una
expropiación generalizada e indiscriminada.

Ahora bien, todas estas explicaciones tienen importancia no sólo para
el debate teórico sino por sus consecuencias prácticas. No se trata
entonces, en este espacio, de debatir teóricamente estos argumentos,
se trata de comprender cómo actúan como legitimadores de un conflicto
de intereses entre los grupos dominantes, en el terreno del sistema
capitalista venezolano, y especialmente en la lógica que le impregna
el capital financiero.
Antes de enumerar algunos de los factores objetivos que hacen que la
semilla devaluacionista prenda, es necesario responder a la siguiente
pregunta
¿A quiénes beneficia la devaluación?
Beneficia en primer lugar a los que poseen ingresos o activos
financieros valorados en dólares. Aquellos sectores económicos que
disponen de cuentas externas donde van a parar los dólares que
capturan de la renta petrolera y los dólares que obtienen por la
exportación. Esto implica a todos los exportadores en primer lugar,
pero también aquellos tenedores de bonos cuyo valor está denominado en
dólares. Estos son los primeros que apuestan a la devaluación porque
son ganadores netos: obtendrán más bolívares por cada dólar que
poseen.

En segundo lugar, la devaluación es un mecanismo muy eficiente para
aumentar la extracción de plusvalía abaratando el costo laboral. Así
que los sectores empresariales privados tendrán un costo que se
abaratará en relación a los otros precios de los productos finales que
ellos venden.

Se llega a creer que el gobierno es uno de los beneficiados, es decir
los ingresos fiscales en un país cuyos ingresos en bolívares depende
principalmente de un bien de exportación (como es el caso de nosotros,
donde las exportaciones totales contienen un 90% de exportaciones
petroleras), obtendrán más bolívares por cada dólar que les ingresen.
De ahí que los gobiernos de la IV República, a partir de 1983,
ejecutan fuertes devaluaciones con fines fiscales, es decir para
recomponer su gasto interno que es básicamente en bolívares. También
el gobierno logra “licuar” la deuda pública interna que también es en
bolívares, ya que deberá, pagar un valor menor en términos reales.
Pero el gobierno que utilice este expediente con argumentos fiscales,
a lo mejor llevado por la misma desesperación que aflige a una persona
cuando abusa de la chequera y no tiene fondos, puede caer en una
tentación diabólica: tiene que calcular muy bien, por dos razones
económicas y por una política. Una primera razón es que si posee una
deuda externa que ha venido creciendo velozmente, tendrá que pagar su
servicio en dólares. Así que la devaluación puede ser un pésimo
negocio si saca la cuenta entre los bolívares adicionales que entran
por un bolsillo y los que salen por pagar la deuda externa pública e
importaciones de mercancías realizadas por el gobierno. Como sabemos,
el Estado ha incrementado su participación en las importaciones con el
propósito de tomar control de esta posición de poder dominada por
grupos monopólicos, y garantizar el abastecimiento de bienes
esenciales como los alimentos.

Algo parecido ocurre con el segundo motivo, el efecto inflacionario
provocado por el ajuste cambiario puede convertir en sal y agua los
bolívares adicionales que ingresaron gracias a la devaluación. Así
que, en determinado contexto, una importante devaluación puede ser un
tiro por la culata para el fisco nacional, además de alejarle el logro
de la meta inflacionaria anunciada.

Finalmente, hay una razón de carácter político: una devaluación puede
afectar la base electoral del gobierno. Si el gobierno no toma medidas
que minimicen los efectos negativos de la devaluación sobre los
sectores económicos y actores sociales, el escenario sociopolítico se
teñirá con el descontento de los que son perdedores de una fuerte
devaluación. La derecha puede capitalizar parte de este descontento
para los futuros eventos electorales, no sólo porque los ingresos
reales se deteriorarán sino por la pérdida de credibilidad del
gobierno que luego que asegura que no va a devaluar, termina por
hacerlo.

El Presidente Chávez, antes de irse a Cuba para su delicada operación,
declaró que no se iba a devaluar. Este proceso transformador se basa,
en gran parte, en la esperanza, en la credibilidad de la palabra. La
devaluación no sólo deteriora los salarios, sino que corroe esa
esperanza y esa credibilidad.

¿A quiénes perjudica la devaluación?

Una devaluación incide negativamente en aquellas personas que viven de
ingresos fijos, es decir de toda la población trabajadora cuyos
sueldos y salarios ellos no podrán ajustar a su voluntad, como
respuesta al ajuste cambiario. El mercado de trabajo actúa como
“mercado de ajuste” cuando se hace un ajuste macroeconómico clásico,
precisamente porque la devaluación hace que el tipo de cambio actúe
como una correa de trasmisión entre el “mercado cambiario”, el mercado
de bienes y el mercado de trabajo. Esta relación económica, que
implica una relación sociopolítica, es la que está oculta detrás de la
explicación del llamado tipo de cambio real que suelen tararear los
buenos alumnos del manual neoliberal.

Desde 2008, se suele afirmar que un tipo de cambio fijo y bajo (para
aquellos que se dejan convencer por los argumentos de la
sobrevaluación) en el contexto del control cambiario, termina
perjudicando a los trabajadores, porque los que obtienen dólares
“baratos” por CADIVI o los revenden a el precio del mercado paralelo o
marcan un precio final de sus productos teniendo como referencia el
tipo de cambio paralelo. Eso es verdad, pero la verdadera razón es la
ausencia total de mecanismos complementarios que permitan disminuir
este “arbitraje” que termina pulverizando los ingresos de los pobres y
de la llamada “clase media”. Además del alto grado de tolerancia a las
formas de evasión del control y de algunas de las medidas que se han
tomado para reprimir a los “culpables” que son remedios que terminan
por empeorar la enfermedad (como la Ley de Ilícitos Cambiarios).
En este sentido, hay una estrategia evasiva cuando se presentan a los
culpables de “menor monta” de esta situación, y de esta forma se
oculta la acción de protagonistas principales. Entonces a finales de
año, al mismo tiempo que se incrementaba el ataque cambiario, también
se puede observar cómo se le echa la culpa a los estudiantes en el
exterior y a los usuarios de tarjetas de créditos. Ciertamente, se han
detectado graves irregualidades en estos segmentos, especialmente con
el de tarjetas de créditos. Pero estos terminan siendo parte de una
explicación insuficiente sobre el problema. Entre los estudiantes y
las tarjetas de créditos no se llega al 15% de los dólares que
distribuye el gobierno.

Se puede argumentar algo cierto, que siendo una proporción
relativamente pequeña eso no es motivo para tolerar estas triquiñuelas
con el control de cambio. Pero el problema es, primero, que se termina
culpando al último eslabón de la cadena, pero no se investiga la
responsabilidad de los que crean y protegen estos mecanismos. Esta
forma equivocada de diagnósticar el problema, ha conllevado a una
política de disminución de cupos que termina por incentivar la presión
sobre el precio de la divisa.

Por otro lado, las explicaciones insuficientes como las que se han
señalado, se convierten en la excusa para ocultar lo que ocurre con el
resto de las divisas distribuidas, donde predomina la acción de
grandes grupos e intermediarios con alta presencia corporativa
trasnacional.

En todo caso, el control de cambio no puede seguir siendo una camisa
de fuerza que termina favoreciendo a los intermediarios y a los que
controlan grandes posiciones en dólares.

Cuando el ataque cambiario, expresado en un aumento creciente de la
brecha entre el dólar oficial y el tipo de cambio lechuguino, logra
mantenerse por varias semanas, una buena justificación del ajuste es
aquella que sostiene que “la devaluación ya está descontada” en los
precios de los últimos meses porque los marcadores de precios han
logrado generalizar la referencia de precio del minoritario mercado
paralelo. Esta generalización es una verdad a medias, que llega a
convencer a más de uno, que la devaluación decidida por el Gobierno,
no tendrá mayores efectos inflacionarios porque ya los mismos han sido
recogidos en la tasa de inflación de los últimos meses.

Esta es una de las trampas mortales, especialmente para los que
quieren defender la vocación social del gobierno. Resulta que para
algunos bienes, esta inocuidad no es cierta. Cuando se pasó de 2,60 a
4,30 Bs.F por cada dólar, habría que estar en las farmacias para
palpar el descontento y la impotencia de los que tienen que comprar
medicamentos obligatoriamente. En esos días, es cuando más se putea al
gobierno en las farmacias, a CADIVI y a todo lo que representa la
victoria de la devaluación. Así que las generalizaciones no son buenas
en términos del balance de quienes pierden y quienes ganan.
En todo caso, la nueva tasa de cambio oficial, si persisten los
factores objetivos y subjetivos de la presión devaluacionista, se
convertirá en un nuevo “piso” para el cálculo del nuevo precio
especulativo del mercado informal.

Otro efecto lesivo de la devaluación se hace evidente en los sectores
productivos. Mientras que hay unos sectores de actividad económica
donde predomina la acción de los que deciden amasar fortunas con las
ganancias cambiarias, hay otros que insisten en mantenerse en
actividades productivas fundamentales como la agricultura y la
industria. Estos últimos resultan afectados cada vez que se devalúa
especialmente si su mercado es principalmente el mercado interno.
Incluso en sectores comerciales de mediano y pequeño tamaño puede ser
letal la carrera devaluacionista.

Esto ocurre especialmente en una economía con una alta dependencia
estructural de las importaciones de insumos. Repetir mecánicamente que
la devaluación “promueve las exportaciones y desestimula las
importaciones”, es no considerar que más de 90% de las exportaciones
declaradas son de orígen petrolero. No tiene sentido una devaluación
para mejorar la competitividad de los exportadores no petroleros,
especialmente cuando la estrategia está orientada a fortalecer el
mercado interno más que el logro de la competitividad internacional
(tal como lo enunciaba el Gran Viraje de los 90).

En este último caso, la devaluación afecta la dimensión social, en la
medida que produce desempleo y caída de ingresos, a partir de los
sectores productivos que salen perjudicados.

La devaluación y su incoherencia con la política económica chavista
La estrategia económica del gobierno bolivariano, desde 2002, se ha
basado en una expansión económica basada principalmente en un proceso
de distribución popular de la renta y por ello su palanca ha sido la
mejora sustancial del consumo de las familias. Es un modelo de
crecimiento basado en los salarios, la inclusión social y el empleo.

Las grandes devaluaciones que se vienen aplicando puntualmente, justo
después del golpe de Estado de 2002, han sido acompañadas del
deterioro del consumo, en virtud de la contracción de los ingresos
familiares. La recesión se instala luego porque el principal motor de
la expansión es bombardeado por el sustancial ajuste cambiario, con la
consecuencia posterior de la desmejora de los indicadores sociales
básicos.

Si algo han demostrado las grandes devaluaciones son su total
ineficiencia: desde 2003, la devaluación no ha mejorado la situación
fiscal; no ha promovido las exportaciones ni disminuido las
importaciones; se ha convertido en una causa fundamental de la
inflación; ha desmejorado los ingresos laborales, ha fortalecido el
poder del capital financiero especulativo quien cada vez tiene mayor
capacidad de influir en la política económica al obligar al gobierno a
devaluar. El capital financiero hoy es más fuerte, engorda grandes
cuentas en dólares en el exterior, promueve el parasitismo rentista
mientras contribuye con el entierro de la economía productiva.
Ciertamente, una salida devaluacionista perjudicará a las mayorias que
constituyen la base política de este proceso. Los indicadores
sociales, como el salario mínimo, serán afectados si no se aplican
medidas que amortigüen la caída. La aplicación de incrementos de
salario mínimo es insuficiente donde una gran proporción de la masa
trabajadora no recibe este beneficio. Esto es porque alrededor del 45%
de los trabajadores pertenecen al sector informal.

La supuesta ganancia fiscal que tendría el gobierno y PDVSA se le
puede revertir con el incremento de la carga de la deuda, del costo
real de las importaciones, del gasto de las misiones sociales y
finalmente con su incidencia en la tasa de inflación. Los beneficios
fiscales de la devaluación son una peligrosa ilusión, es el camino
fácil que conduce al infierno, además de contribuir con el
aplazamiento de radicales cambios en la estructura tributaria. La
devaluación es íntima colaboradora con la permanencia del IVA.

Los grandes ganadores, la banca privada, los monopolios comerciales y
productivos, saldrán fortalecidos y utilizarán este posicionamiento
para una futura carrera prodevaluacionista. Mientras más poder tienen,
más estarán acorralado el gobierno con esta estrategia anunciada. Los
grandes tenedores de títulos públicos en dólares no sólo tendrán más
bolívares, sino que tendrán más fuerza para pedir más devaluaciones.

El gobierno tiene que salir de esta emboscada anual, la devaluación no
le conviene. Debe adelantar los cambios estructurales e
institucionales. Gran parte de estos cambios profundos se pueden
iniciar en el corto plazo, gran parte de las alternativas e
instrumentos de política depende de un diagnóstico que lleva a
resolver la siguiente paradoja:

La economía venezolana cerró con un saldo en cuenta de mercancías
superavitario de 39.595 MM US$, esto implica una entrada de 95.952
millones por concepto de las exportaciones. La gran mayoría de estas
ventas al exterior son de origen petrolero (92.233 MM US$). Mientras
que las compras externas se ubicaron en 56.357 MM de US$. Este
sustancial superávit entre exportaciones e importaciones de
mercancías, repito de 39.595 MM de US$, se le descuenta el saldo en
servicios, el saldo en rentas y las transferencias corrientes,
quedando como resultado un saldo en cuenta corriente de 14.565 MM de
US$. ¿A dónde va este excedente de recursos financieros que la
economía venezolana dispone y que la hace privilegiada en comparación
con otras economías latinoamericanas?

A dónde van los dólares, quién los controla, quién los gasta o los
malgasta…responder este acertijo lleva a soluciones prácticas y justa
para la distribución de ingresos.

El mercado cambiario es sólo una parte, aunque una parte importante,
del sistema económico. El tipo de cambio no se puede convertir en el
ombligo del mundo económico. Hay que enfrentar otros retos que
conciernen al modelo productivo y al control de los poderes fácticos
ejercido por los sectores económicos dominantes.

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