¡Goooooooool!

El milagro económico brasilero ha quedado al desnudo. Una aparente protesta puntual por aumento en los precios del transporte público, se convierte en el desencadenante que desde Sao Paulo contagia al resto del país. A medida que avanza la protesta, ese país grita desde sus entrañas un sentido y un significado de movimiento en resistencia. Se pasa entonces de una perspectiva reduccionista –protesta puntual e inorgánica, estallido incontrolado, descontento restringido a ‘golpistas mediáticos’ o ‘reaccionarios conservadores’”- a un más profundo análisis de la crisis. De allí la interrogante que levanta Atilio Borón “¿Enfrenta Brasil un nuevo ciclo de luchas populares?”

Un pueblo simbólicamente en pie de guerra cantando al ritmo de “o samba” el fracaso del neoliberalismo, dejó atónito a su propia dirigencia y al mundo, que se rendía a los pies del gigante brasilero, de su modelo económico y de los hacedores del mismo. El primer sorprendido fue su propio gobierno, acusado de autista, de haberse alejado y divorciado de su pueblo. Gobernantes que hoy se reconocen aislados y perdidos y “no encuentran interlocutores, líderes o procedimientos previsibles.”

Sorprende, al igual que “el caracazo” la impresionante lentitud de respuesta oficial. Un gobierno cacheteado en su prepotencia por una ciudadanía que despierta de su quietud y pasividad. Un pueblo que recupera los sueños, la calles y rescata sus espacios de la voracidad inversionista. Un pueblo que demanda visibilidad, inclusión, democracia y participación en la reconstrucción de ese Brasil traspapelado y perdido en la procura de convertirse en una potencia mundial a cualquier precio. En ese país de dos caras, Boaventura de Sousa Santos aborda “El precio del progreso” y acertadamente destaca tres narrativas en ese que se expresan con históricos altibajos: la de la exclusión social, “que se remonta a la época colonial”; desde hace 25 años se hace presente la reivindicación de la democracia participativa; y a partir del 2003 la narrativa de la inclusión social, inaugurada por Lula. Políticas de inclusión, exitosas en sus inicios y que, según Boaventura, “se agotaron y dejaron de corresponderse con las expectativas de quienes se sentían merecedores de más y mejores condiciones.”

Esperemos que ese pueblo brasilero continúe en sus luchas populares, siga metiendo y cantando goles en el arco neoliberal, en un partido que abarca Latinoamérica y el mundo entero.
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Maryclen Stelling


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