Si mañana Obama lanza su guerra contra Siria se convertirá en un W. Bush cualquiera

¡Ojalá que la noticia anunciada no llegue mañana ni nunca!

El día de las elecciones que daría lugar al primer periodo presidencial de Obama, en un artículo titulado Si hoy no se roban las elecciones Obama enterrará la era atroz de Bush, expresaba:

Las encuestas pronostican con un porcentaje estadísticamente significativo que Obama debe triunfar en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos... Pero vamos a pensar que el sistema político de los Estados Unidos no admita tres fraudes escandalosos sucesivos, y eso permita que Obama gane estos comicios como se pronostica esta vez y que el Partido Demócrata obtenga la mayoría en el Congreso. Entonces Obama tendría la oportunidad de producir los cambios que puedan enterrar el entramado fundamental de la era atroz de W. Bush, pues esta plutocracia, que se vende propagandísticamente como democracia perfecta para el resto del mundo, no puede resistir tanto desprestigio como el acumulado en estos últimos años.

Así que pudiera empezarse por ahí. Enterrar la farsa de unas elecciones que por los votos manipulados en la forma más variada ha perdido el encanto para los norteamericanos, y les ha provocado vergüenza y defraudación, además del descrédito ante el mundo.

En política exterior, bastaría que Obama recurriera a la historia y salvara para el presente el discurso de despedida de George Washington a la nación, al culminar su mandato como presidente.

He aquí un fragmento cuya esencia ha sido traicionada por la mayoría de sus seguidores en el poder, quienes han practicado una política contraria a sus consejos sobre la buena política exterior:

“Observad buena fe y justicia con todas las naciones. Cultivad la paz y la armonía con todas. La religión y la moralidad mandan esta conducta. Y, ¿sería posible que no lo ordenase igualmente la buena política?

Para la ejecución de tal plan, nada tan esencial como abstenerse de las antipatías permanentes, inveteradas contra unas naciones en particular…y cultivar en lugar de ello los sentimientos amistosos para con todas. La nación que se entrega al odio…de otra, en cierta medida es una esclava. Es una esclava de su animosidad…y bastará una y otra cosa para desviarla de su obligación y de su propio interés. La antipatía entre una nación y otra las indispone con mayor facilidad a insultar y agravar, a valerse de ligeras causas de resentimiento, y a ser altanera e intratable cuando sobrevienen motivos accidentales o triviales de disputa…”

Sólo recordando esto y aplicando la política consecuente, Obama podría instalar un nuevo concepto de política exterior para los Estados Unidos, terminando así con las guerras esporádicas o infinitas llevadas a cabo y pronosticadas por Bush, acabaría con la soberbia y altanería de estar contra el mundo en las Naciones Unidas, eliminaría las ofensivas listas con las que pretende condenar a quienes disienten de sus intenciones imperiales.

Antes debiera, de un plumazo, cerrar las cárceles inhumanas e ilegítimas según el derecho nacional e internacional que se asientan en territorio (cubano).

Pero hay otros asuntos vitales para los Estados Unidos y el mundo, y es poner fin a la ocupación en Afganistán e Irak, y regresar a los soldados a casa, como ha prometido. Esperemos que no se esgriman subterfugios patrioteros para no proceder a concluir esta guerra de exterminio que desangra a los países involucrados, invadidos e invasores, y que además provoca gastos exorbitantes sólo en función de la destrucción y la muerte. Una era de paz, sin amenazas del uso de la fuerza, además de una lección de Obama, podría significar para el mundo que es posible una era pacífica.

Como la crisis económica es galopante y amenaza con ser irreversible para los Estados Unidos y el resto de los países ricos, la terminación de las guerras de conquista y el cese del financiamiento oneroso para las economías, permitiría mitigar la crisis derivando esos millonarios recursos hacia empresas más nobles de Norteamérica y del mundo. Esto no será tan fácil, pues tiene que apuntar a un cambio total del actual sistema financiero mundial.

En lo social, Oboma debiera recordar su origen. Representa a una minoría, como otras tantas, de los Estados Unidos, que esperan un cambio hacia un tratamiento y oportunidades iguales. Y la inmensa mayoría del pueblo norteamericano aún espera que la inmensa riqueza de la nación se emplee para los fines nobles de garantizar para todos los derechos económicos, sociales y culturales, además de los políticos y civiles. Pero derechos plenos, y no meros enunciados en la Constitución del país.

En fin, como hoy es todavía, y no se conocen los resultados de las elecciones en los Estados Unidos, es un puro ejercicio de la imaginación, asentada en verdades, por si vence Obama como se pronostica y hace valedero su lema de cambio.

Cuatro años después, el mismo día de las elecciones para el segundo mandato publiqué el artículo Si no pierde o no le roban las elecciones Obama tiene muchas deudas pendientes con su yes we can change. En la introducción del mismo expresaba:

Se afirma que se hace difícil pronosticar quien vencerá en la lidia por la presidencia de los Estados Unidos. Un sistema electoral indirecto muy cuestionable como verdadero modelo de garantía democrática y una organización también muy vulnerable del ejercicio del sufragio que no permite descartar el fraude, pequeño o grande, que tantas veces ha sido denunciado y admitido en elecciones anteriores, convierten el resultado de estas elecciones en un acertijo tal vez abstruso para las más científicas y veraces encuestadoras y hasta para muchos de los más clarividentes adivinos.

Luego señalaba las ideas fundamentales que se recogen al principio del presente artículo y luego continuaba:

Hasta aquí lo expresado en el artículo mencionado de hace 4 años, y si bien existe una diferencia entre la actuación y la imagen de la era Obama con respecto a la de Bush, es indudable que Obama no ha cumplido, o lo ha hecho en un porcentaje mínimo, con las enormes expectativas que provocaron sus promesas radicales de cambios, tanto en lo interior como en lo exterior de su país, y que aparecían contenidas en la atractiva y movilizadora consigna de Yes we can.

Pueden ser muchas las razones para explicarse lo sucedido en este período presidencial de Obama. Inconsecuencias, las ha habido; cálculos de las conveniencias o no de determinadas políticas que le permitieran una segunda elección han estado presentes; falta de perspectivas para aprovechar el momento oportuno para realizar algunos cambios, las ha tenido; realizar malabares para estar bien con dios y con el diablo, los ha llevado a cabo; demostrar más fidelidad a los intereses creados de la plutocracia, que representa, que a los intereses legítimos del pueblo que le eligió basado en sus promesas, ha sido evidente; quizás, observarlo maniatado, a veces, por amarras del partido republicano o de su propio partido, también puede asegurarse; y, finalmente, quizás con muchas más buenas intenciones que las posibilidades que le permiten el sistema imperante, y sintiéndose perdido en los tantos laberintos de la Casa Blanca, o consciente en que aún en su papel de dirección máxima su propia vida no estaba plenamente asegurada y que en cada instante decisivo para los poderes reales detrás del trono, cualquier equivocación que implicara una trasgresión del código pactado en la alta política estadounidense, podía significar, sin duda alguna, jugarse la vida, así ha trascurrido la actuación de Obama hasta estos momentos.

De todas formas, esperemos que el pueblo norteamericano brinde una nueva oportunidad a Obama, porque si pierde o le roban las elecciones, lo que vendría se anuncia, hasta ahora, como la peor opción. Y Obama tiene muchas deudas que pagar todavía.

En un artículo sobre Afganistán, decía: Sean cuales sean las razones que Obama tenga para reactivar la guerra en Afganistán, debiera repasar algunas lecciones de la historia de épocas pasadas y más contemporáneas. Así comprendería que los conquistadores no han tenido ni tendrán futuro, y que mientras más soldados lleguen a Afganistán, mayor será el número de soldados muertos que regresarán a los Estados Unidos y a los otros países de la OTAN. También será mayor el número de combatientes enemigos muertos que resisten en las casamatas del país agredido, y muchos más serán los incorporados, por razones miles, a esa lucha de resistencia contra los ocupantes. Y también serán muchos más los civiles, los inocentes, cuyas vidas se sacrificarán por fuego enemigo y amigo.

¿Esto beneficiará al gobierno de Obama, que pretende cambiar la imagen del pueblo de los Estados Unidos? ¿Acaso beneficiará al pueblo norteamericano, cansado de que sus hijos mueran o maten en parajes ignotos, librando guerras crueles e injustas?

Todo esto y mucho más se ha dicho sobre la era Obama, y después de proclamado como Premio Nobel de la Paz se esperaban actitudes y compromisos verdaderos, ya que no hizo renuncia al mismo, con un enfoque pacífico de su gestión de gobierno. El pasado nefasto de la era de W. Bush y una necesidad impostergable del mundo, le obligaban moralmente a ello.

Sin embargo, qué triste y lamentable espectáculo el de hace unos días, al verle y escucharle, como si hablara del pedestal del imperio del mundo, mientras hablaba de su potestad de desatar unilateralmente su agresión contra Siria y las amenazas que anunciaba a plazo fijo casi inmediato. Nunca el abanderado de la frase yes we can change se pareció tanto al despreciable W. Bush. Y tal vez éste, en su rancho de Texas u otra residencia, pudo decir orgulloso por los pasos seguidos por su sucesor demócrata: “¡ése es mi muchacho!”. Pero seguramente todos los oyentes del mundo pudieron retrotraerse a la intervención de Hugo Chávez en la Asamblea de la ONU cuando expresó con contundencia sin igual. “Huele azufre todavía”, refiriéndose al podio del plenario, y denunciando que el entonces presidente de los Estados Unidos, W. Bush, había hablado como si fuera el amo del mundo.

Así habló Obama ahora, soberbio y prepotente, arrogándose el derecho de agresión asistido por los derechos omnímodos de su silla imperial, aunque casi como buen perdonavidas decidiera solicitar, ¡vaya hoja de parra!, la autorización del Congreso. “¿Acaso tal autorización, que casi seguro se extenderá, convalida legal y moralmente el ataque a Siria? ¿Dejaría de ser una violación de la Carta de las Naciones Unidas? ¿Serán acaso flores perfumadas las que caerán sobre territorio sirio, y no armas letales que producirán más muertes, destrucción y tragedia?

Por eso creo que si mañana Obama lanza su guerra limitada contra Siria se convertirá en un W. Bush cualquiera, ya que será su émulo demócrata. Además, hará un flaco servicio a su país y al mundo en esta época cansada de violencia terrible y conflictos armados inhumanos. Y su imagen, ah su imagen pacifista, quedaría hecha añicos para hoy y mañana.

¡Ojalá que la noticia anunciada no llegue mañana ni nunca!

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