Desde
Guatemala habla Peter Marchetti, nacido en Estados Unidos pero
centroamericano por adopción. Fue jesuita hasta 2007, y si bien dejó de
serlo mantiene sus convicciones revolucionarias y su esperanza en un
mundo de mayor justicia. Una entrevista realizada por Marcelo Colussi.
Buenos
Aires 11 de septiembre de 2009 (Agencia Walsh). Peter Marchetti, 64
años, estadounidense de origen y centroamericano por adopción (hace 30
años que vive en la región, y ahora es ciudadano nicaragüense) fue
sacerdote jesuita hasta hace dos años. Dejó de serlo, pero no dejó sus
convicciones revolucionarias, sus esperanzas en un mundo de mayor
justicia. Eso fue lo que lo hizo llegar a Centroamérica hace ya tres
décadas y trabajar siempre, como especialista en economía agraria, con
poblaciones golpeadas y marginadas.
Ahora
vive en Guatemala donde trabaja codo a codo con el movimiento
campesino. Autor prolífico, analista agudo y además muy buena persona,
querido por propios y extraños, fue entrevistado por Marcelo Colussi.
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¿Cómo se dibuja el mapa político para Centroamérica luego del golpe de
Estado en Honduras y el montaje del video del caso Rosenberg en
Guatemala, que casi lleva también a una desestabilización? ¿Cuál es la
estrategia de Washington en todo esto?
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Creo que para la gente que puede ver esta entrevista fuera de la
región, en el cono sur o en toda Suramérica, es importante saber que
Centroamérica siempre ha caminado en un tiempo distinto a América del
Sur. Por ejemplo, cuando en el sur se estaban dando los procesos de
derechización con las dictaduras militares y los planes neoliberales de
ajuste estructural, en Centroamérica se estaban dando procesos
revolucionarios con movimientos insurgentes de izquierda. Y ahora,
cuando en Suramérica asistimos a una ola de cambios con procesos
populares como los de Evo Morales en Bolivia, por ejemplo, o Rafael
Correa en Ecuador, otra vez la región centroamericana va con otro
tiempo. Se podría decir que habitualmente Centroamérica viene tarde,
repitiendo diez años después lo que hace el resto de América Latina. La
actual coyuntura es muy interesante: cuando el presidente Manuel Zelaya
incorpora Honduras al proyecto del ALBA, que coincide con la elección
de Daniel Ortega como presidente en Nicaragua y de Mauricio Funes en El
Salvador apoyado por el Farabundo Martí de Liberación Nacional, todo
eso trae una reacción fuerte del gobierno de Estados Unidos. Todos
estos cambios cuestionan las democracias restringidas que venían
aplicándose en Latinoamérica desde la década de los ochenta del siglo
pasado. En Centroamérica, al poco tiempo de empezar a dibujarse estos
cambios, hay una reacción fuerte de la oligarquía para cortarlos. Y ahí
está el golpe en Honduras. Al mismo tiempo que se preparaba ese golpe,
en Guatemala se pone en marcha todo el montaje con el video del abogado
Rosenberg, difundido ampliamente por todo el mundo, con el que se buscó
desestabilizar al gobierno de Álvaro Colom. Pero aquí no es tan
importante este golpe político mediático sino el golpe económico que
está dando la oligarquía, asfixiando al gobierno por considerarlo
demasiado popular, demasiado volcado hacia el lado de los pobres,
aunque Colom no anda ni cerca siquiera de planteamientos bolivarianos,
de izquierda. Pero unos simples brotes de populismo tienen como
respuesta un planteamiento sumamente conservador en la política macro.
Mientras que el resto de América Latina ofrece bonos para endeudar al
Estado y así responder a la recesión generalizada, Guatemala sigue
implementando políticas de Margaret Tatcher y de Reagan, más
neoliberales aún que la de ellos. Es increíble: se sigue manteniendo
una carga tributaria bajísima. En definitiva: la oligarquía, que no ve
con buenos ojos a la administración de Colom, lo deja sin presupuesto.
Y el gobierno populista, constreñido económicamente por esa oligarquía
que le cierra el camino, trata de moverse dentro de esa camisa de
fuerza; pero es muy difícil hacer algo progresista con un planteo
económico ultraconservador. Pero es por eso, por ese planteo tibiamente
populista, que la oligarquía ataca y trata de desestabilizar el
gobierno. Lo intenta con el caso Rosenberg, que es una forma de golpear
la imagen política, pero más aún lo intenta con el manejo económico,
ahogándolo con el presupuesto nacional que no ha permitido que salga
como el gobierno necesita. La oligarquía prácticamente no paga
impuestos; en Guatemala el 10 % más pobre paga porcentualmente más
impuestos que el 10 % más rico. Por tanto al gobierno actual se le hace
muy difícil poder avanzar en sus medidas; en definitiva, se trata de un
golpe económico de la derecha contra el populismo. Lo que estamos
viendo ahora –con este golpe económico en Guatemala o con el golpe de
Estado técnico en Honduras– es una reacción conservadora contra la ola
política de cambios representada por Chávez, por Evo Morales, por
Rafael Correa. En Honduras tomó forma de una manera brutal, y ahí la
oligarquía hizo saber que no está dispuesta a tolerar cambios
populistas en la región. Centroamérica ha sido siempre una región más
conservadora que Suramérica. Y por eso, por ese conservadurismo tan
grande, es que en Centroamérica surgieron los movimientos guerrilleros,
como una reacción a esa derecha tan cerrada, tan troglodita podríamos
decir. En los tres países donde se dieron esos movimientos: Nicaragua,
Guatemala y El Salvador, se dieron historias distintas, mientras que
Honduras, el lugar desde donde se manejó la estrategia contrainsurgente
contra estos tres países, Estados Unidos manejó a su antojo, haciendo
de toda la nación una propia base de operaciones militares. Primero la
manejó económicamente, a través de la bananera; y luego con la
contrainsurgencia. Y la historia se repite; quiero decir: en el fondo,
Estados Unidos está detrás del actual golpe de Estado en Honduras. Lo
que hacen las fuerzas políticas de derecha del país es lo que el
gobierno de Estados Unidos ha orientado durante décadas. En realidad,
las constituciones políticas de los países centroamericanos son apenas
democracias restringidas, concebidas para apoyar a las oligarquías
locales reduciendo los derechos sociales de las grandes mayorías. Son
constituciones de corte marcadamente neoliberal. Y está claro que a la
estrategia de dominación continental de Estados Unidos no le interesan
constituciones como, por ejemplo, la de Bolivia. El interés real de
Estados Unidos, aunque el presidente Obama hable en contra del golpe de
Estado en Honduras, es que no aparezcan constituciones ni procesos
políticos que cuestionen su hegemonía en la región. Es sabido que la
CIA estuvo directamente involucrada en este golpe. Además, y en
complementación de lo anterior, es sabido también que todo el aparato
represivo y de inteligencia de los países centroamericanos es el mismo
de hace 20 o 30 años. Es decir: todos los organismos de seguridad de la
región y de Estados Unidos, a través de la CIA, la DEA, los servicios
de inteligencia de sus embajadas, están articulados con los intereses
más conservadores y reaccionarios de las oligarquías locales. Aquí no
hay democracia; hay, en todo caso, democracias restringidas, formales,
asentadas en el triunfo sobre –o en la negociación en desiguales
condiciones con– las fuerzas revolucionarias de las décadas pasadas.
Aquí la democracia se asienta en el genocidio. Es decir: esa ideología
profundamente conservadora, de derecha, es el trasfondo de lo que está
pasando ahora en el área.
Hay
que ver hasta qué punto el presidente Obama podrá cambiar el tipo de
aparato político de Estados Unidos en esta región. ¿Será que Obama está
en condiciones de abandonar el pacto que la extrema derecha
estadounidense tiene con las fuerzas conservadoras de Centroamérica? En
la primera conversación que tuvo la Secretaria de Estado Hillary
Clinton con el presidente Zelaya luego del golpe de Estado en Honduras,
le pidió tres cosas: primero, y fundamental, no tocar la base
estadounidense de Comayagua. Segundo: no aparecer mucho con el
presidente Chávez, y tercero: si vuelve al poder debe ofrecer una
amnistía completa a cualquier civil y/o militar que participó en el
golpe. Lo interesante es la base militar; eso muestra el interés de
Washington de mantener una presencia militar fuerte en la región.
Recuerdo
Comayagua porque alguna vez, cuando vivía en Honduras, intentamos
cerrar la base, allá por 1983. En ese entonces Honduras buscaba generar
una guerra con la Nicaragua sandinista, para permitir así la presencia
militar estadounidense en la región, pensando incluso en su
intervención directa contra el gobierno revolucionario del país vecino.
Recuerdo que tratamos de movilizar a la opinión pública, para lo cual
tomamos como ejemplo un movimiento de 250 mujeres estadounidenses,
religiosas todas, que fueron a tratar de invadir Comayagua. Lograron
con su movilización quitar al jefe de las fuerzas armadas, un tal
general Álvarez, y el hecho movilizó a buena parte de la sociedad civil
hondureña. Hoy, con una base militar de Estados Unidos que sigue
inamovible, hay numerosas pruebas que indican que hubo personal y
recursos de Washington metidos tras el golpe en Honduras. En ese
sentido es hipócrita Obama cuando sale a decir que Latinoamérica
protesta siempre por las invasiones de Estados Unidos en la región,
pero ahora pide la intervención. Es hipócrita porque dice que
Washington no va a intervenir, cuando la intervención militar ya se
cumplió, puesto que el golpe fue totalmente apoyado por el gobierno de
Estados Unidos.
El
problema es cómo limpiar la basura de la política de Estados Unidos en
la región. No es que ahora se esté pensando si intervenir o no; ¡hace
35 años que la Casa Blanca está interviniendo en los asuntos internos
de Honduras!
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¿Hipocresía por parte de Obama, o eso estaría mostrando que el
presidente no maneja realmente todos los hilos de la política del país?
Lo cual nos lleva a otra pregunta de fondo: el golpe de Estado en
Honduras, ¿podría tomarse como un mensaje del gobierno de Estados
Unidos, o de algunos sectores del gobierno al menos, hacia
Latinoamérica en el sentido de decir “no más populismos, no más unión
latinoamericana ni Petrocaribe, basta de Chávez en la región”?
-
Por supuesto. Es un mensaje muy claro. Y aunque quizá Obama no lo
decidió, él es hipócrita en el análisis de lo que pasó, porque pese a
que no haya sido el responsable directo del golpe, ha dejado actuar al
aparato militar y de inteligencia. Es muy probable que la ultraderecha
enquistada en el Estado lo esté manejando a él. Eso puede verse en que
no ha podido nombrar una sola persona de su confianza en cargos altos
para la política de Washington hacia Latinoamérica. Y si no pudo
siquiera hacer nombramientos, mucho menos va a poder cambiar los
objetivos estratégicos de esa política exterior, que pareciera que él
no maneja. Se podrá evaluar si va a haber cambios o no, pero por lo
pronto el discurso del presidente es hipócrita. Porque es evidente que
el interés principal de Estados Unidos es que no le toquen su base
militar en Honduras, centro de operaciones contrainsurgentes para toda
la región centroamericana. ¿Qué haría Obama si, por ejemplo, Alemania o
China decidieran plantar una base militar en el medio del territorio
estadounidense? Diría que eso es intervencionismo, por supuesto. Por
tanto, el golpe de Estado en Honduras es un claro mensaje para toda
América Latina, es un mensaje de los sectores más conservadores de
Estados Unidos y de Centroamérica hacia el resto de Latinoamérica. Lo
que buscan es que no haya ningún cambio real, ningún cambio en las
constituciones políticas.
Aquí,
en Guatemala, si bien no dieron un golpe de Estado político, han puesto
en marcha un golpe económico contra el gobierno de turno, para
ahogarlo. Buscan hacer una nueva constitución que elimina de plano
todos los derechos sociales; es una constitución ultra liberal. En
realidad, es eso lo que persiguen. Las reformas que estaba proponiendo
Zelaya para la constitución de Honduras no traían ningún cambio de
fondo; pero así todo, lo quitaron del camino, porque ya sonaba a
demasiado a la izquierda.
- Es
decir que este golpe no augura buenas perspectivas para el campo
popular, ni en Centroamérica ni en Suramérica. ¿Podríamos entenderlo
como una avanzada de los sectores más reaccionarios de Estados Unidos
hacia toda Latinoamérica? Lo cual, además, se potenciaría con la
instalación de las polémicas bases militares en Colombia. ¿Siguen las
malas noticias para el pobrerío entonces?
-
Muchos creen eso. Una nueva política económica en lo interno y un
período de cambios dentro de Estados Unidos no significa que vaya a
haber también una nueva política exterior. Las expectativas de cambio
que trajo en su momento la presidencia de Kennedy tuvieron como
contrapartida en la política externa cosas como Bahía de los Cochinos o
Vietnam. Es decir: no hay ninguna garantía que diga que la política
exterior de Obama no va a presionar más a Latinoamérica. Quizá va a ser
una presión más sutil, pero presión al fin. Porque nada hace pensar o
deja ver en este momento que se esté trabajando para desarmar el
aparato diplomático-militar conservador ya acostumbrado a intervenir
que ha caracterizado a Estados Unidos estos últimos años. ¿Quién puede
garantizar que vaya a haber un cambio en los poderes ocultos de la CIA,
de la DEA? Pero junto a esto yo me atrevería a decir que no es sólo
mala noticia lo que pasó en Honduras. Se vive ahí, en este momento, una
primavera de posibilidades de democracia real, de democracia radical,
como no se había dado nunca. Honduras siempre vivió un formal
bipartidismo, que en la práctica significaba un control absoluto que no
permitía el avance de la organización popular. En esa lógica, los
partidos de izquierda nunca logran más que el 2 o 3 % del voto. En esta
nueva coyuntura un partido de izquierda probablemente puede sacar un 20
%, o hasta un 30 incluso. Por un lado Manuel Zelaya, por no consolidar
sus alianzas con toda la sociedad civil progresista, y al mismo tiempo
por no consolidar alianzas dentro de su propio partido, pone el golpe
en bandeja de oro para los golpistas. Es decir: hace una alianza con
sectores de izquierda de América Latina, con Chávez, entra en
Petrocaribe, pero no tenía solidificadas esas alianzas con la izquierda
y con el campo popular dentro de su propio país. Eso fue una debilidad,
un error. Pero por otro lado, la llegada de Micheletti al poder a
través de un golpe de Estado tan burdo, abre la posibilidad a la
izquierda y al campo popular de Honduras de organizarse y cobrar
fuerzas como nunca antes en su historia. Por primera vez hay una unión
de sectores populares con un objetivo común, mostrando que la
democracia o es cosa popular, desde abajo, o si no no sirve. Esto ha
traído una rápida maduración de sectores populares, juveniles en muchos
casos, que salen a defender sus derechos. Y esto ha hecho crecer mucho
la conciencia de lucha. Por eso digo que este golpe de Micheletti abre
una verdadera primavera de posibilidades en término de lucha a largo
plazo. El problema es que la izquierda hondureña pasó tres años
atacando a Zelaya, y ahora debe recomponerse para defenderlo, o para
salvar la institucionalidad que él representa. La izquierda en Honduras
tiene una gran debilidad histórica, si bien existe y tiene una vieja
tradición de lucha. No habiendo podido desarrollar una estrategia de
lucha armada como en los países vecinos, intentaron trabajar en el
Partido Liberal, el mismo de Manuel Zelaya, para transformarlo desde
dentro a largo plazo.
Por
otro lado la Iglesia Católica sigue siendo de derecha y golpista. Y la
izquierda está bastante fragmentada. Todo eso abre un interrogante
sobre las perspectivas futuras de Honduras: ¿podrá el campo progresista
hacer un frente único contra el golpe como una fuerza política en las
próximas elecciones? No importa cómo se termine reconfigurando la
oposición al golpe, lo cierto es que hay una primavera de lucha
popular, de calor popular que no se había visto nunca anteriormente.
Antes la lucha política estaba concentrada básicamente en la costa
norte del país, pero el proceso actual desbordó por todos lados. Todo
el país está movilizado, y especialmente la juventud.
-
Este despertar político, esta “primavera de posibilidades” como la
llamaste que se está dando en Honduras, nos lleva a preguntarnos
entonces: ¿cuáles son los caminos actuales de la izquierda, del campo
popular, ante tanta fragmentación que vivimos, ante esta parálisis
histórica que estamos sufriendo ahora?
-
Es real que hay mucha fragmentación, en toda la izquierda, en el campo
progresista. Incluso con el movimiento de las ONG’s puede verse. No hay
dudas que la situación no es fácil. Es más: podemos decir que América
Latina está avisada con este golpe de Honduras que Estados Unidos no
está entrando en un período de apertura para la zona, y por el
contrario, es una señal contra los procesos de cambio en marcha. De
todos modos esta agresión de Washington puede permitir más
concientización, más toma de posición por parte de sectores ahora
acallados; es decir: esto puede llevar, en un mediano plazo, a una
mayor radicalización de los pueblos, tratando de repetir procesos en
curso como el de Bolivia por ejemplo. Bolivia es en este momento el
único país donde las organizaciones sociales tienen hegemonía real
sobre el Estado. En otros términos, todo esto abre posibilidades de
nuevas luchas, de nuevas configuraciones para el campo popular, para la
búsqueda de transformaciones en la estructura social. Ahora, en este
momento, la sociedad civil vive aún dentro de estrictos moldes
neoliberales, con economías totalmente liberales y con pequeñas cuotas
de participación política muy restringidas. Pero hoy sabemos que hay
que ir más allá, que hay que buscar un poderoso movimiento político de
la sociedad civil. Algo así como lo que estamos viendo en Bolivia,
donde hay una fuerte movilización política de los sectores populares,
que son los que realmente impidieron el intento de golpe de Estado de
la oligarquía del Oriente.
En
general en toda América Latina hay que saber que los ritmos políticos
se mueven según la industria de extracción. Todas las reformas agrarias
modernizantes y las estrategias de desactivar el poder de los
latifundistas sobre el Estado pasó sólo en los países en que había
industrias de extracción, como petróleo o minerías importantes. Esos
procesos no se dieron donde el Estado no tenía una base fuerte de
extracción primaria. Por eso los procesos de reforma agraria en
Centroamérica, si bien son profundos, no terminan de consolidarse; y
eso se debe a que el Estado no tiene una caja chica proveniente del
petróleo o de la minería como en Venezuela, en Bolivia o en México. O
en Chile. Yo conocí ese proceso, y ahí el dinero que daba el cobre
sirvió para hacer la reforma agraria contra los latifundistas. En
Centroamérica eso se suma al grado de pobreza crónica que define a
estos países, lo cual da como resultado unas derechas políticas mucho
más conservadoras. Y ante la ola de cambios que se mueve por
Suramérica, esas oligarquías y el imperialismo toman rápidamente la
iniciativa. Es una situación compleja, por lo que es difícil decir qué
va a pasar.
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Justamente porque no tenemos bolas de cristal para ver el futuro,
pensando en las iniciativas actuales, como por ejemplo la propuesta de
unión latinoamericana como el ALBA, ¿qué perspectivas tienen a mediano
y largo plazo?
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No hay dudas que hoy el ALBA es aún débil, pero es también lo
suficientemente fuerte para que el Fondo Monetario Internacional lo
tome en cuenta. De hecho muchos de los fondos de los países que
conforman el ALBA no cuentan en los presupuestos nacionales sino en los
partidos en el poder o en los movimientos sociales que son sus bases.
Si el FMI quiere tenerlo en cuenta, eso significa que la capacidad
económica en juego no es tan despreciable. Al contrario; esto indica
que el ALBA no es tan débil. Ciertamente representa una amenaza al
imperialismo económico gringo de siempre. Por supuesto aún hay
debilidades. Los tratados de libre comercio, al menos para los pueblos,
han fracasado. Lo interesante con el ALBA es que, detrás de la
unificación económica está la posibilidad de unificación política de
América Latina. En Europa, antes que la Unión Europea fuera una
realidad política, era una realidad económica. Lo mismo está haciendo
el ALBA. Aquí se están buscando todos esos mecanismos de integración
económica, con tasas de interés común, el Banco del Sur, etc.; todo eso
es la base para aspirar a tener una unión política fuerte
posteriormente. Creo que vamos hacia el esquema de bloque regional con
un dinero unificado, con una política económica y social unificada, y
con un parlamento regional unificado. El camino, definitivamente, es la
integración.
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Claro que habrá que ver cuál de los dos modelos de integración en juego
triunfa finalmente: el modelo del ALBA, con una propuesta más
progresista y buscando la disminución de las grandes diferencias entre
los países, o el modelo de Mercosur, que es un planteo enteramente
capitalista con un Brasil a la cabeza como mini-imperio regional.
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Por supuesto que son dos modelos totalmente distintos. Pero lo cierto
es que hay presiones reales para la unificación. Hay que ver a mediano
plazo cómo se va dando este proceso. Ahora, en el período que se viene,
habrá más presión imperial sobre el ALBA. Eso puede resultar como en
Honduras: creando más posibilidades de una sociedad civil más clara,
más consciente, que pueda ver que la opción no es un Mercosur sino que
hay que buscar una opción bolivariana. Lo cierto es que los pobres no
tienen mayores opciones dentro de esquemas nacionales hoy en día. El
Estado-nación por supuesto que es muy importante, pero el Estado-nación
económico no tiene mayores opciones frente a la globalización. Países
pequeños, con diez millones de habitantes, o menos, no tienen
posibilidad de salir adelante si no es en unión con otros similares.
Entre todos juntos, unidos, puede haber opciones.
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Hoy asistimos a un protagonismo político de sectores que años atrás, y
más aún desde una perspectiva clásica de izquierda, no se veían como
los motores de cambio. Me refiero a movimientos campesinos y
movimientos indígenas. ¿Ves en eso un verdadero fermento revolucionario?
A
largo plazo, sí. En el corto plazo, al menos en Centroamérica, es muy
difícil. Es un tema muy complejo. Lo que uno ve es que, por ejemplo, el
movimiento sindical urbano está divorciado de estos movimientos
agrarios indígenas, y no se interesan uno por el otro. El punto
importante es la construcción de sociedad civil en este período tan
oscuro de neoliberalismo revisionista. Construir alternativas posibles
para superar el neoliberalismo es más difícil que criticar al Consenso
de Washington. No hay dudas que hoy la sociedad civil está muy
fragmentada sectorialmente. Sociedad civil no es un sector por aquí y
otro sector por allá; sociedad civil es la capacidad de flujo de
información entre distintos sectores. Eso es lo que uno ve: sectores
agrarios e indígenas por un lado, sindicatos de maestros por otros. Por
eso lo de Honduras se ve interesante: a partir del golpe empieza a
darse una sociedad civil más o menos unida, donde se comienzan a
integrar los distintos sectores. Antes se discutió mucho sobre, por
ejemplo, si el partido político es parte de la sociedad civil. Por
supuesto que lo es. Sucede que el neoliberalismo nos hizo pensar que no
lo era, no desunió, nos fragmentó. Por eso es importantísimo ir creando
alianzas multisectoriales. A propósito creo que es muy aleccionadora la
experiencia del movimiento campesino indígena donde trabajo ahora en
Guatemala: la Plataforma Agraria. Vemos ahí la dificultad de avanzar en
las alianzas con otros sectores de la sociedad, pero al mismo tiempo la
necesidad estratégica de hacerlo, por la potencialidad que eso implica.
Si se logran unir distintos sectores de la sociedad civil, eso crea un
movimiento político de fuerza. Y se está tocando el terreno de los
partidos, con nombre o sin nombre, eso no importa, pero con verdadera
incidencia política. Por supuesto que es muy complejo todo esto, porque
no tenemos la bola de cristal, sin dudas. Pero vamos caminando. Lo que
hace la derecha, en definitiva, aunque sea horrible, va a recibir
siempre respuestas desde el campo popular. Eso es lo interesante, lo
que da esperanzas. Ahí está Honduras como ejemplo: es la primera vez
que distintos sectores sociales se unen, se movilizan, se politizan. Y
ahí está la esperanza: en la unión.