Estamos perdiendo la batalla mediática

Uno de los grandes problemas que revela el resultado del 14-A es que estamos perdiendo la batalla mediática. Hemos dicho en anteriores oportunidades que, a pesar de nuestras críticas, no ha sido tan mala la política comunicacional, que ha podido enfrentar con éxito el ataque inclemente de la canalla mediática y lograr que la Revolución siga manteniendo el Gobierno. Pero había un factor fundamental, y es que al frente estaba un súper-comunicador, un notable educador, un líder con un manejo extraordinario del lenguaje y un poder de persuasión, de convencimiento fuera de lo común. Un maestro en el uso de la paradoja, de la parábola, del símil, de la metáfora, que podía establecer ante el pueblo giros, comparaciones, frases y vocablos pegajosos y precisos, combinando sencillez con profundidad. A decir de Jorge Gestoso, “un orador fluido y carismático”. Pero al haber perdido esa fortaleza, triste y repentinamente, las debilidades de nuestro discurso y nuestras comunicaciones han quedado al desnudo. Y eso es un problema muy grave, que puede llevarnos al descalabro.

Cuando inició su gestión Ernesto Villegas, tuvimos la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, pero eso ha ocurrido en una medida apenas perceptible y, sobre todo, insuficiente. Un ejemplo nítido de ello es VTV. Ha habido una importante inversión y ahora resuma tecnología, Twitter, Facebook, plasmas, pantallas gigantes y toda una lucida parafernalia. Más bulla que la cabuya, porque en la comunicación no importa tanto la maleta como lo que lleva adentro, el contenido y cómo ordenas adentro ese contenido. No importa tanto el empaque como el qué y el cómo. Y es en esto último en lo que el canal principal del Estado ha cambiado muy poco, y eso mismo ocurre en todo el sistema que ahora se llama SiBCI, en el cual parece que no ha cambiado nada más allá del nombre, y una que otra innovación menor y políticamente insignificante. En cuanto al sistema de comunicadores populares, ha tenido poca incidencia. Porque no es poner a un tipo con un megáfono a gritarle cosas a la oposición. Esto tiene que ser algo organizado, coordinado con el resto del sistema de comunicación, con tareas programadas de manera general y contenidos básicos inducidos, para que luego esos comunicadores adapten todo eso a las condiciones del terreno donde actúan. No puede ser una acción voluntarista, completamente espontánea, desorganizada y descoordinada de la estrategia general (que continúa sin existir, nosotros insistimos en que sin una estrategia de largo aliento no vamos a ninguna parte)

Ahora bien, son varias las aristas que confluyen para que actualmente nos veamos débiles mediáticamente. Comencemos por decir que en nuestro Gobierno hay muchos que insisten en la sordera. No escuchan las críticas y propuestas, o las escuchan pero las obvian a la larga. Son deglutidos por el Estado burgués que aún persiste y se convierten en autistas. Se esclavizan en el día a día y dejan que los árboles les tapen el bosque. Por supuesto, un ministro es un hombre muy ocupado y no puede él personalmente estar hablando con todos, pero debe organizarse para que las voces del pueblo le lleguen. No es hacer un foro un día con unos intelectuales o unos periodistas, los mismos de siempre, todos felices ante el sonido de los aplausos, pero con resultados magros. Tiene que ser algo más constante, más permanente, más rendidor.

Una gran debilidad de nuestras comunicaciones es la excesiva preponderancia de la información y la propaganda sobre la formación y la educación. A veces parece que estuviéramos en una permanente campaña electoral, como si solo quisiéramos conquistar votos y no consciencias. Nuestros medios suelen ser banales, superficiales, repetitivos, planos. Esto lo decimos de manera autocrítica, pues somos parte de ellos. Son cosas que hay que revisar de verdad, no solo es que lo digamos a cada rato, sino sobre todo que lo hagamos efectivamente.

La información y la propaganda son necesarias, pero no pueden constituirse en la nuez, en el meollo de la comunicación revolucionaria. El debate político-ideológico debe subir de nivel en nuestros medios y la educación para el fortalecimiento de la conciencia cobrar mayor relevancia que la propaganda. Y en ambos casos, tanto en el de la información y la propaganda como en el de la formación y la educación, se debe establecer sistemas, acciones acumulativas muy bien planificadas, no es que cada medio y cada ancla anden por su lado, en acciones individualistas y hasta de divos. Estrategia, no nos cansaremos de repetirlo, así no nos oigan.

Si perdemos la batalla mediática, casi seguro perdemos la guerra, porque estamos en medio de una Guerra de Cuarta Generación, donde las unidades militares han sido sustituidas por batallones mediáticos y lo primero que se trata de conquistar no son los espacios físicos sino la mente de las personas. Guerra avisada no mata soldado, así que seguiremos cumpliendo nuestro deber de decir lo que pensamos por el bien de la Revolución, seamos o no escuchados.

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