María Corina Machado: el pez muere por su propia boca

“…arrojándose incluso sobre sus propias lanzas y ávido de una venganza que va a arrastrar consigo al vengador”, Séneca, “Sobre la ira, I”

Hoy le ha tocado el turno a María Corina Machado, pues su singular actuación ante las cámaras de TV esta mañana (http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=1HSDW5TJaFI) es merecedora de una mirada fenomenológica a lo Merleau-Ponty, pues este filósofo postulaba la importancia de ese cuerpo que siente y expresa mediante sus movimientos: rictus, contorsiones y desvaríos de la mirada, un mensaje a sus receptores. En el prólogo de su texto capital: “Fenomenología de la percepción”, Ponty afirma: “Yo soy la fuente absoluta, mi existencia no procede de mis antecedentes, de mi medio físico y social, es ella (mi existencia) la que va hacia éstos y los sostiene, pues soy yo quien hace ser para mí” (Merleau-Ponty: 1975:8). En este sentido, el sujeto, a través de sus percepciones, hace de su cuerpo un mapa de rutas para ser la existencia misma y “ser”. Pues bien, esta mañana la diputada de Oposición María Corina Machado, habló con su cuerpo y reafirmó lo que viene escribiendo por las redes sociales y los medios de comunicación privados de nuestro país: “Tengo mucha rabia porque siento que se ha dado un golpe a la Constitución de Venezuela (ella trata, en lo posible, de omitir la palabra: “Bolivariana”) y ante esta violación, es mi deber arengar a mis seguidores y oyentes para que salgan a la calle a desconocer la autoridad de Nicolás Maduro como gobernante transitorio de este país democrático”. Es interesante como su discurso revela una contradicción insoslayable: se incita al golpismo para reafirmar la democracia. Curiosa develación.

Como era de esperarse, su cuerpo también habló y refrendó ese llamado a la violencia callejera: un timbre de voz que se eleva en señal de instaurar “su” autoridad, no la de Maduro. Unas sílabas que se enfatizan para “marcar” sus afirmaciones, un mohín odioso en su rostro que indica desaprobación, un tempo de habla muy rápido para amenazar, un enlentecimiento para que no quede duda de que lo que está diciendo (aunque carezca de sentido común) debe quedar claro en quienes la escuchan como una “verdad”, como “su verdad”: “Hay que salir a la calle a desconocer al actual gobierno apelando a la vapuleada “desobediencia civil”. Los gestos de sus brazos que se ondean frente a su espacio físico como interlocutora y el veloz movimiento de sus finos dedos nos comunican su ira de director de orquesta que intenta dirigir a unos músicos sublevados.

Es muy impresionante ver cómo se afean unas facciones tan sosegadas ante el inconmensurable furor de la cólera. Sin duda alguna, hoy fuimos testigos del ahogo de un hermoso pez que se bebió todo el aire que se hallaba fuera de su pecera de cristal. Pero lo que Merlau-Ponty, ni quienes la vimos moverse hoy frente a las cámaras, supimos entender era que ella, haciendo gala de un “éthos” político de rancio abolengo, se desdibujó como una hermosa pompa de jabón. Luego entendí que no era su belleza física la que hablaba por María Corina esta mañana, era otra cosa.


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