La dudosa insipidez de Ignacio el incoloro

Suelo encontrarme con Ignacio el incoloro. Mientras revuelvo mi café y mis ideas, lo veo acercase a mi mesa, arrastrando los pies, con esa tensa sonrisa de ensayada benevolencia. Sin pedir permiso se sienta, necesita hablarme y me habla. Necesita salvarme…

“No me digas, estás pensando en política otra vez” -Me dice pretendiendo ignorar que lo ignoro distraída con la espuma del café. Y pretendiendo creer que lo quiero escuchar, se lanza con su sermón de cada día, la prédica de la antipolítica, la insipidez que busca un término medio, más de allá que de acá, de un país soñado donde todos estemos de acuerdo, y lo que no acordemos lo metemos bajo una alfombra, donde no se vea, donde el corazón no sienta. Que no se discuta nada, que flotemos complacientes a la deriva del sálvese quien pueda.

La apolítica de Ignacio es sospechosamente crítica con el chavismo y ciega y muda con la oposición. Huevo-sin-salmente, condena la confrontación, siempre roja, eso sí, pero jamás levantó la voz para denunciar el golpe, el sabotaje petrolero, las guarimbas… Ni hablar de la “arrechera” del 14 de abril que nos dejó once muertos, todos ellos chavistas, dos de ellos niños. Para Ignacio, esos muertos no existen, pero ¡ay si hubieran muerto vestidos de amarillo!.

A Ignacio le molesta que el país esté dividido, le molesta justo ahora, nunca antes. Para Ignacio el antes no existe. La memoria sería un lastre terrible para sus argumentos. Así, desde la conveniente amnesia voluntaria, Ignacio el incoloro, me vende un futuro que no propone nada más allá de una unión pegada con saliva de loro.

Ignacio, el incoloro, no sabe que la antipolítica no es más que una política de desmovilización. Tampoco sabe que negar la política, asumirnos apolíticos, es negar nuestra voluntad y capacidad de decidir cómo construir nuestro destino. Ignacio pretende decirnos que con votar basta, jugando a la política nefasta de la renuncia.

Cada mañana, Ignacio el incoloro, cansado de la política, entre todas las mesas de la cafetería se sienta siempre en la mía. Nunca en la mesa del doctor que conversa animado, ni en la del chef que regala recetas; en mi mesa, donde el café se endulza con chavismo… Dudoso cansancio el de Ignacio ¿el incoloro?, dudosa su intención.

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