El corrío del general Petraeus

Pensé a continuación en quien, en definitiva, no ha resultado más que el pobre general Petraeus. El “héroe” de Afganistán que terminaría derrotado por otras dos que no creo que tengan ¡ni por asomo! el ornato de nuestras dos ilustres compatriotas. ¡Y lo jodieron! No tuvo tiempo ni de montar en su caballo. Los del EFEBEÍ se le fueron de a montón sin reparar que fuera el director de la CIA! ¡Qué vana esperanza la suya si creía que por eso estaría a salvo! La CIA, al parecer, como que tiene también sus muy encumbrados inocentes.

¡Pero en qué mundo tan complejo vivimos! Y lo peor es que creemos que nos la comemos. Bueno, dependiendo también de lo que comamos. Sospecho que si Hegel viviera hoy estuviera embarullado e inclusive bajo tratamiento psiquiátrico. Es lo más probable. ¡Qué método filosófico pudiera ser capaz de darle explicación o hallar la esencia de algo dentro de este peo tan cósmico, dios mío! (Expresado esto con el tan imitado tono del Chávez primigenio).
Y dígame Marx con su bendito materialismo histórico: “No se trata de interpretar la realidad, sino de transformarla”. ¡Vaya qué desafío tan portentoso, tan ribonucléico! Y todo a favor del proletariado que viene a resultar el ejército descomunal de todos aquellos que en este mundo no son propietarios de medios de producción, sino que aportan su trabajo en largas jornadas y a precios viles para que los burgueses atesoren y atesoren, no sé para qué. Bueno, no es que no se sepa. Se sabe. Y lo peor es que hay proletarios, hasta extremos, que llegan al extremo de admirar a quienes los explotan tan extremadamente. Y creen que se la están comiendo, lo que de todo lo lastimoso resulta lo más. ¡Qué tendremos que hacer entonces, por San Policarpo de Smirna, para cambiar por tanto esta realidad que luce tan fuera de razón! ¡Bueeno, viendito andamos! Pero esta mañana de nuevo las vi, ustedes saben a quienes, y confieso que me relajé en el buen sentido. Sus rostros y sus cuerpos eran como estrellas fugaces que satelizaban mi firmamento mental. No es fácil la cosa. Tuve que ponerme a meditar para poder sacarme de mi mente obsesiva sus voluptuosas efigies… ¡Tenaces, perseverantes! Continué meditando y mi imaginación a la larga dio paso a la sensatez, a la bienaventuranza. ¡Oh, qué dicha! ¡Epa, epa! Aterricemos.`

Debemos partir de la idea que el pobre general Petraeus, al parecer, es uno de los generales más respetados de ese país, tan respetable, que es Estados Unidos. Ha sido el responsable de las últimas operaciones en Afganistán, para lo que habría que hacer un inventario de, sobre todo, en qué han consistido tales operaciones, de las que por supuesto no tenemos porque presumir nada inmoral, o acochinado.

Y no es tan feo, el pobre. Tiene cara de serio no obstante sus ojos azules. Y la expresión habitual de su rostro pudiéramos decir que es áspera y puede que hierática. Ah, y además se hace la carrera del lado izquierdo… Dato importante. Lo cierto es que el tipo terminó siendo designado director de la CIA, institución estadounidense caracterizada, como sabemos todos, por su alta moral, por lo que debemos presumir que el general ha de tenerla igual o más alta aún.
Pero de sopetón el pobre general se ve obligado a renunciar evitando con ello que lo botaran pal’ carajo, como decimos aquí, en criollo. Las razones no están claras como corresponde a la vida de una institución de tan alta moral republicana. Pero validos de fuentes dignas de crédito, parece que todo ha obedecido a otro grave encontronazo entre dos hembras; pero ninguna de ellas, su esposa, como corresponde pues a un general de sus arrestos morales. Hasta aquí todo muy bien. La una es egresada de West Point, experta en terrorismo, pero además, al parecer, una eficiente biógrafa. Y la otra, también al parecer, casada, muy amiga del general y su esposa, y, además, muy amiga del general que lo sustituyera en Afganistán. Y todo se iniciaría, al parecer, de acuerdo a un nebuloso orden de cosas. Y perdone el lector que todo sea tan al parecer.
Bueno, según en 2006 el general conoció a la biógrafa en la Universidad de Harvard (Institución académica también de alto nivel moral) donde cursaba ella una maestría no sé de qué. Tiempito después ella le rogó please que se convirtiera en la trama de su tesis. El general, no sé basado en que causa eficiente (si por lo buena de la proponente, o por su propia vanidad de futuro biografiado) acepta el convite para ser visitado en Afganistán, poquito tiempo después, y cinco veces adicionales, en el lapso de dos años. Y muchos detalles parecen indicar que la “relación impropia” comenzó a tener resultados concretos, en el campo coital, cuando el general había dejado el ejército y había asumido –ya- la dirección general de la CIA. Y no niego haberme regodeado pensando que tal vez en una de esas tenidas de mera recopilación de material biográfico, la biógrafa sobrecogida le preguntara al biografiado von voz ahilada, mirándolo fijamente a los ojos, sonriéndole con picardía y columpiándole su melena perfumada en la jeta, si era en la cama tan general como había sido en el campo de batalla afgano… Y sospechaba que el general, acuchamado por el desconcierto, le clavaría sus ojos azules con una sonrisita que apenas dejaba ver sus dientes apiñados, tomándola por el occipucio con pasión (eso sí, siempre muy moral, esa pasión) para agenciarle de seguidas un lenguazo terrorista. Y que ella, siendo esa su especialidad, terminara homologando con alegría de biógrafa con felicidad más que avalada.
A todas estas la otra tercia, en una de estas fiestas que organizaba, y donde los Petraeus eran los primeros chicharrones, se acerca a otro amigo, esta vez del EFEBEÍ (allá la cuestión moral es tan asumida que no obstante que sus instituciones sean tan morales, sin embrago, se espían sus respectivas moralidades, porsia) y pone en sus golosas manos varios correos electrónicos –dizque anónimos- que la acusaban de flirtear (bueno, saben lo que flirtear significa aquí) con el pobre general Petraeus. El agente del EFEBEÍ, que parece ser le enviaba por su parte fotos desnudo a la anfitriona del guateque (pero dentro de un esquema moral, bien concordado, claro está) le entrega luego los papeles a sus jefes y, mediante sus expertos determinan que dichos correos provenían de la biógrafa posiblemente fácil presa de unos celos malditos. La cosa pudo detenerse allí sin consecuencias, si no hubiese sido porque los pesquisas del EFEBEÍ se topan, detrás de un MacDonalds como si de votos demócratas se tratara, con un cúmulo de correos sexuales esta vez del pobre Petraeus a su eficiente biógrafa. Los correos dizque poseían la misma intensidad carnal de las cartas que James Joyce les escribía a su deseadísima Nora Barnacle. ¡Pana… que son candela pura! Y al tropezarse con el jefe de la CIA, en tales morales apaños, pensaron que podía estar violando diferentes ritos de seguridad, sospechando incluso que pudiera estar bajo chantaje de alguien que estuviera al tanto de sus morales singonerías. Empero, concluyeron en que no había delito sobre el que sumariar. Pero el testarudo agente del EFEBEÍ se llegó hasta el Congreso y se controló al capo de la mayoría republicana, quien puso en cuenta del asunto al Ejecutivo, hasta que el pobre Petraeus, sitiado, expresó: ¡Mierda, me soplaron!

Y me pregunto asombrado, ante estas idioteces que se ven por parte de los que continúan dominando el mundo: ¿Luce normal que el jefe de la agencia de inteligencia dizque más vergataria de este mundo, se busque una biógrafa precisamente experta en terrorismo? ¿No luce más de primer mundo que se la hubiese buscado mejor especialista en solución de conflictos, sobre todo, si a la larga pensaba prestarle servicios velatorios y amatorios?

Pero es que tampoco la vaina moral terminó ahí. Imagínense que las pesquisas también arrojaron que el general que iba a ser nombrado jefe supremo de las fuerzas de la OTAN, estaba embriagando a la anfitriona del guateque a punta de plomo fundido, lo que terminó a la postre frustrando su importante designación.

Y nada de raro tiene que el pobre general Petraeus se haya creído de las mujeres consentido.

A su salida de la CIA, una periodista bien dotada de hermosura lo esperaba ansiosa, preguntándole, a quemarropa: ¿Qué hará con su biógrafa, y especialista en terrorismo, al salir de aquí?

Y el pobre general Petraeus, de visible rostro acongojado, le contesta: Si nos dejan, iremos a vivir a un mundo nuevo… Y forzadamente sonriente, le picó el ojo a la agraciada periodista, que muy ensimismada quedó.

Y no dispondría de otra opción, el pobre general Petraeus, que no fuera la de irse simplemente caminando bajo la lluvia… La bella periodista voltea para verlo alejar libreta de notas recostada de su pecho izquierdo y con la punta del lápiz ligeramente introducida en su redonda boquita pintada, y piensa: ¡Ay, pero la verdad es que vestido de civil no se ve tan memorable como respaldado por los extravagantes arreboles del uniforme! ¡Qué lástima! Y siguió también su camino bajo aquella lluvia de tercermundistas disparates.

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Raúl Betancourt López


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