La maldición de Santander

No será éste un escrito xenofóbico contra el país por el cual mis ojos se han deleitado desde Cúcuta, Bucaramanga y Cartagena, hasta Bogotá y las lejanas islas San Andrés, lares dónde el ciudadano de a pie demostró con creces que un pueblo siempre es superior a sus gobiernos. Me referiré al hecho histórico por el cual se premian traiciones, se hacen estatuas a asesinos y se privilegian los personalismos frente a las aspiraciones colectivas.

Llena está la historia venezolana de ejemplos tales, que recuerdan al inefable Francisco de Paula Santander: conspirador contra la Gran Colombia, el sueño de Bolívar que nos hubiera ahorrado fronteras inútiles y enfrentamientos que sólo nos debilitan como pueblos frente a las asechanzas de los imperios. No solo fue un adversario de las ideas de Bolívar, que lo encumbró como vicepresidente de la Gran Colombia, sino que conspiró para matar al Libertador (1828, la conspiración septembrina), y fue condenado a morir fusilado junto a Padilla, el almirante al cuál hoy ¡dedicamos avenidas y municipios!, pero fue perdonado y desterrado, sólo para volver como presidente de Colombia apenas 4 años después, en 1832.

Se dice que en política no hay muertos, pero como ésta resurrección mágica de Santander, pocas. Por ello el título de este escrito: traiciona, miente, conspira, y si tus seguidores son como tú, pronto tomarás el poder.

Juan Manuel Santos, actual presidente de Colombia, es al igual que la mayoría de sus antecesores, hijo digno de Santander. Todos ellos han maniobrado, no solo para extinguir el pensamiento bolivariano de la América, sino para hacerse de la vista gorda con las consecuencias que la guerra en el vecino país ha traído para Venezuela y especialmente para el Zulia, una guerra producto de un sistema social injusto labrado en el pensamiento de Santander.

Sicariato, mafias, paramilitarismo y contrabando de extracción de cuánto producto pueda pasar la frontera son el resultado en el Zulia de un país violento donde sobrevive el más apto. Previo a la extracción, se inoculan antivalores que prenden el monte seco de un sector de la población venezolana. Hoy, nacionales y extranjeros se confabulan para traicionar a la Patria, a Bolívar redivivo, masacrando las conquistas sociales que marcan a una economía dependiente, sí, pero con la mira siempre en el hombre y en la soberanía.

Frente a una política cambiaria que pretende salvar al país de los empresarios santanderistas (por lo de traidores, no porque quieran a su país) que nos dejarían sin un dólar de tener la oportunidad, se busca entonces cada orificio, cada ventana para desangrar a la Nación: remesas familiares, contrabando de alimentos regulados para beneficio de los más pobres, de medicamentos baratos, de cerveza, de gasolina a precio de país petrolero, de cualquier cosa.

No importa el daño que se haga al colectivo, si mis ambiciones personales desmedidas son satisfechas. He aquí el mantra que resume la maldición de Santander, la que permitió dar la estocada final no solo a una integración que hoy se retuerce en los puños de las mafias binacionales, sino a la vida del propio Libertador. No dejemos que la maldición destruya de nuevo el país, y fusilemos al espíritu de Santander que ronda en las acciones de ciudadanos y gobernantes.

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