La cultura de previsión en salud laboral

Para hablar de cultura, de cualquier cultura, necesariamente nos debemos ubicar en el marco de referencia desde el que vamos a hablar, en el caso de la cultura de prevención en salud laboral debemos de manera obligatoria ubicarnos en el sistema en que vivimos, es decir, sin hacer abstracción del sistema dominante, de la propiedad privada de los medios de producción y de la lucha de clases.

La reflexión y la acción se deben orientar de manera radicalmente diferente, según se plantee la cuestión o no en su relación con el sistema social, y en concreto con el sistema capitalista y más específicamente con la lucha de clases. El sentido mismo de los términos de “cultura” y “prevención” es diferente para aquel que se proponga prepararnos para ocupar nuestro lugar en la sociedad capitalista y específicamente en nuestro puesto de trabajo para aceptar con sumisión los designios del patrón y sin cuestionar el proceso productivo y la propiedad de los medios de producción o para aquel que quiere formar sujetos críticos y autónomos ante la ideología dominante que apunten a la transformación de este sistema y avancen en el control de los procesos productivos, así como en la socialización de los medios de producción.

El desarrollo de una cultura de prevención jamás será neutra y más si la presentamos como “apolítica”, los que impulsan esta cultura de prevención y no hacen política, practican de hecho la sumisión al más fuerte, la cultura dominante necesita que esta cultura plantee el “problema”, critico por demás, a partir de una reflexión sobre “el hombre”, haciendo abstracción de la sociedad capitalista y de sus conflictos y sin ninguna alusión a las relaciones de producción y presentando a los trabajadores y trabajadoras como responsables de los accidentes y enfermedades producto del trabajo.

La cultura dominante, también domina la investigación científica y técnica en la materia y la acción dirigida a su mejora, al censurar o reprimir la situación de la salud de la clase trabajadora en su íntima relación con el sistema social y por supuesto a favorecer el “apoliticismo” de los que impulsan esta cultura preventiva.

La cuestión de la seguridad, salud y vida de la clase trabajadora abarca tanto nuestro centro de trabajo como nuestro núcleo familiar, la comunidad a la que pertenecemos y nuestra naturaleza, sin embargo el centro laboral es el lugar privilegiado para la construcción de la cultura de prevención ya que es allí donde nos enfrentamos de manera directa a los factores de riesgo en nuestro proceso de trabajo. Por tanto, la discusión que se tenga sobre este asunto cambiará de sentido según se asuma o no su dimensión política.

El asunto en cuestión se presenta, en primer lugar como la aceptación o el rechazo del sistema; y concretamente, en nuestro caso, del sistema capitalista, se trata más exactamente, de la aceptación o del rechazo de una sociedad donde aún predomina la ideología del capital que centra nuestra existencia en trabajar y valorarnos exclusivamente por nuestra capacidad de obtener un mísero salario, a través de la venta de nuestra fuerza de trabajo para luego consumir los bienes de uso y de consumo que el sistema, de manera muy eficaz nos ofrece, además de hacernos creer que somos más valiosos o diferentes a nuestros semejantes, cuando en realidad somos una servidumbre moderna, mentalmente programada y dispuesta a defender al mismo que nos oprime y nos subyuga con una relación de trabajo que nos explota y diezma, en ese sentido, los principios que subyacen en nuestro análisis deben aplicar a toda sociedad autoritaria, aquella en la que el poder se ejerce por una minoría.

El impulso de una cultura de prevención en los ambientes laborales debe asumir una opción política que la sitúe, necesariamente en relación a las fuerzas existentes. Debe tomar partido, o por la clase dominante o por la clase dominada, en ese sentido, es una opción política de clase.

No debemos impulsar una cultura de prevención creyendo que lograremos inculcarla a los empresarios o a la burocracia del Estado, esto, en definitiva es desconocer el funcionamiento de la ideología de dominación de la sociedad capitalista, del papel que juega el Estado en esta sociedad y de los intereses antagónicos de los empresarios y de la clase trabajadora. En ese sentido, Ludovico nos ayuda: “La ideología no hay que ir a buscarla en las altas esferas del pensamiento, en el arte o la ciencia puros, o en niveles situados místicamente sobre la burda estructura material de la sociedad. No, la ideología, en su sentido más estricto, hay que buscarla en el interior mismo del aparato productivo, en la infinita casuística jurídica que justifica los contratos obrero-patronales declarándolos como “contratos entre partes iguales”, o en esas sutilezas ideológicas que consagran como inalienables(¡!) la propiedad privada, que es precisamente un factor primordial de la alienación humana…”(Ludovico Silva, Contracultura, Pág. 25. Fondo Editorial Fundarte. Gobierno del Distrito Capital / Alcaldía de Caracas).

Ahora bien, analizar la situación de la salud de la clase trabajadora no puede ser tan ligera y mecánica, impulsar una cultura de prevención convocando a los “tres factores involucrados” (Estado, Empresas y Trabajadores) es mantenernos dentro de los límites impuestos por el sistema de dominación. La siguiente cita de Ludovico, nos aclara un poco más el panorama: “La cultura ha sido un fenómeno profundamente ideologizado, hasta el punto de que la cultura ha sido siempre un asunto de la clase dominante, sometida a sus valores y creencias; y la ideología siempre se ha disfrazado de cultura para disimular sus reales intereses”. (Ludovico Silva, Contracultura, Pág. 45. Fondo Editorial Fundarte. Gobierno del Distrito Capital / Alcaldía de Caracas).

En ese sentido, lograr mejoras en los ambientes laborales que minimicen el impacto a nuestra salud, no es despreciable, pero si estas mejoras se circunscriben al marco del sistema capitalista y se mantienen allí no avanzaremos, es decir, si los medios de producción siguen en manos privadas y los procesos productivos no pasan al control de la clase trabajadora, la tendencia es a que la clase trabajadora cabalgue sobre estas mejoras no estructurales obtenidas y perder de vista el objetivo vital de que los medios de producción sean poseídos, planificados y utilizados por el pueblo como única alternativa de desarrollo, igualdad, prosperidad, equidad y de salud de la clase trabajadora, para que no nos sean arrebatadas y profundizar la lucha para avanzar en el control de los procesos productivos.

La clase dominante necesita justificar su sistema ante los ojos de la sociedad así como necesita explotar a la clase trabajadora para extraer su inmoral ganancia del sudor de la clase trabajadora (plusvalía). La clase dominante se apropia de la cultura y a nuestros ojos expresa sus intereses como si fuesen la expresión del interés general y del bien común. Se identifica con la naturaleza, con la patria, con el pueblo. Lo que es bueno para la clase dominante es bueno para la nación. Esto lo vemos con mucha frecuencia en los centros laborales, donde los dueños, a través de sus lacayos cancerberos nos manifiestan que mientras la empresa sea próspera nosotros también seremos prósperos, que mientras más trabajemos y colaboremos, más tendremos.

En el plano de la cultura, los intereses de clase no explican todo, pero lo influencian todo. Llegan a ser por tanto un obstáculo para develar la realidad, en la medida en que los intereses en juego exigen que dicha realidad permanezca oculta.

Las relaciones de dominación se alimentan de ilusiones y falsedad, en estas condiciones y constituida en virtud de la división del trabajo, la clase dominante cuenta entre sus miembros a la mayor parte de los intelectuales, encargados, según la expresión de Marx, de elaborar en teoría la ilusión que esta clase se hace de sí misma.

Por otra parte, detenta, tanto los medios de producción como los medios de reproducción de la clase trabajadora, así como las investigaciones y publicaciones especializadas, medios de comunicación de masas, instituciones educativas, movimientos políticos y sindicales, instituciones religiosas, entre otras.

Por todos estos caminos la clase dominante se encuentra en disposición de inculcar su cultura de dominación al conjunto de la sociedad y específicamente a la clase trabajadora. Así, sus ideas llegan a ser las ideas dominantes de la época. La clase que es el poder dominante material de la sociedad es también su poder dominante espiritual. Ella domina la cultura y por medio de la cultura.

La cultura dominada forma a los miembros de las clases populares para aceptar su condición, para soñar en una promoción social calcada de los modelos burgueses. La dependencia que engendra tiene de peculiar que no es percibida como tal por las personas esclavizadas. La ilusión de la libertad forma parte de ello. La ideología es una prisión invisible. Es una forma de violencia, en el plano simbólico, violencia tan profunda que llega a esconder la servidumbre que engendra.

El principal éxito de la ideología, es precisamente cegar a la clase trabajadora en lo que respecta a su propia condición de clase social, a sus poderes y potencialidades creadoras, a sus valores innatos de solidaridad y comunidad, para así asegurar a la minoría de explotadores el apoyo de una “mayoría silenciosa” de explotados, obtener que los esclavos luchen por defender sus cadenas.

La habilidad de la ideología es tal que en la medida en que la sociedad de dominación no es justificable, provee a las frustraciones colectivas un lugar de compensación. Ofrece a la protesta un espacio que no afecta los mecanismos fundamentales del sistema y a la vez engendra la ilusión de hacerlo. Todo sucede como si la solución estuviese dada por el hecho de ser proclamada; como si la alienación fuese suprimida porque ha sido denunciada.

El impulso de una cultura de prevención está íntima y dialécticamente relacionado con la alienación, enajenación, fetichismo e ideología del sistema dominante, de esa cultura de dominados que nos ha sido sembrada por décadas, no es suficiente con que nos suministren los equipos de protección personal como quieren hacernos ver los asesores “especialistas”, los empresarios y los sindicaleros, el factor fundamental radica en la formación permanente a los trabajadores y trabajadoras en la materia, a su organización y movilización. Qué equipo de protección se le puede dar a una secretaria o a un trabajador de oficina, cuando a simple vista no vemos los riesgos a los que están expuestos.

Sin temor a equivocarnos, es necesario afianzar que el modo de producción capitalista es por completo ajeno a las necesidades que tiene la clase trabajadora de trabajar de forma saludable y duradera a través del tiempo, en ese sentido, el impulso de una cultura de prevención dentro de ese marco es caer en reformismo lo que significa hacer abstracción del sistema dominante y caer en la "política social" burguesa que por su esencia y naturaleza es la extracción de plusvalía y la acumulación de capital.

En ese sentido, debemos necesariamente establecer que es imposible barrer con esa cultura subyugante y dominante así como con esa alienación ideológica si las estructuras del capital se mantienen. Mientras exista capitalismo (trabajo asalariado y propiedad privada de los medios de producción) será imposible que grandes contingentes de trabajadores y trabajadoras asuman y se sumen a la lucha por la emancipación. Si las relaciones sociales de producción son capitalistas, la conciencia individual que porte cada trabajador y trabajadora será el reflejo de esas relaciones.


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