Trump no es pragmático y Maduro es un aprendiz de trumpista

La comprensión es un proceso ilimitado porque consiste en situar, en marcos sucesivos de explicación, cada vez más amplios, el objeto que queremos comprender, el cual, a veces, deja de estar en el centro. Se trata de combinar diferentes escalas; desde la del detalle a ras del suelo (perspectiva de la serpiente que se arrastra), hasta la de la panorámica del vuelo a gran altura (perspectiva del ave). Siempre es posible conseguir nuevas referencias y significaciones a lo comprendido. Este es el caso de la comprensión del trumpismo, pero también del chavismo y su continuación problemática, el madurismo. No creo que esté demás llamar la atención acerca de la importancia de comprender estos procesos históricos, movimientos políticos o ideologías, las tres cosas. Comprender no es perdonar, como dicen que dijo Hannah Arendt.

Se ha dicho, por ejemplo, que el trumpismo (o Trump, personalmente, o mejor, como líder político, porque no hay nada personal contra él, por ahora, y, además, la comprensión no debe ser solo psicológica) es pragmático o utilitario. Ambas caracterizaciones parten de un entendimiento usual (para no decir vulgar) periodístico o parroquial. En el mundillo de la farándula política venezolana, por ejemplo, se entiende por "pragmático" o "utilitario" un político no doctrinario, que busca únicamente ventajas inmediatas, mínimas, "tácticas": un cargo, unos reales, un poquito de poder, así sea para reparar un derrame de aguas negras en un municipio, aparte de ser tratado con untuoso y melcochoso respeto (un poquito de adulación no le hace mal a nadie). En fin, un político sin principios, que solo busca soluciones "prácticas", inmediatas, para salir del paso. Un politiquero.

Los tres meses que lleva Trump en la presidencia, muestran que esa caracterización es demasiado limitada y, eventualmente, equivocada. Por ejemplo, ignora que el trumpismo tiene representantes intelectuales (intelectuales orgánicos, diría Gramsci) bastante elaborados y sistemáticos. Es decir, hay doctrinas y principios guiando ese accionar. Empezando por J. D. Vance, su vicepresidente, escogido por él mismo en su fórmula electoral, continuando por el académico Curtis Yarbin, ideólogo de la llamada "ilustración oscura" (autor de un ensayo político est seller: "¿Por qué fracasó el liberalismo?", donde desarrolla su tesis de sustituir la democracia por la dictadura de los CEO de las grandes corporaciones), el "nacionalismo cristiano" de Paula White (asesora espiritual de Trump), Tom Parker (Presidente de la Corte Suprema de Alabama), que lleva al paroxismo la idea de que EEUU es una nación escogida por Dios para gobernar el mundo y por ello su legislación y política deben regirse por ciertos pasajes de a Biblia; Tucker Carlson, el periodista de Fox y otros medios; el estratega conservador Steve Bannon, asesor de la ultraderecha europea y artífice del uso de datos personales de redes sociales para hacer política, entre otros. Toda esta pléyade de intelectuales orgánicos del trumpismo, indican, por lo menos, dos cosas: a) existe toda tradición cultural y doctrinaria que respalda y guía este gobierno norteamericano, con espacios ganados, tanto en la academia, como en los medios de comunicación, así como en grupos y movimientos civiles; b) hay un desarrollo sistemático de esas teorías, que van más allá de, por ejemplo, el realismo geopolítico de Kissinger, el cual es solo una aplicación en la geopolítica contemporánea, de aquella concepción de la política como práctica de aquel participante de los diálogos de Platón, Trasímaco, para quien la ley solo se sostiene en la fuerza, de lo que se desprende que se impone siempre la ley del más fuerte. Es decir, nada de declaraciones de principios como los "obsoletos" Derechos Humanos. Se trata de que el fuerte se impone "por las buenas o por las malas". Algo así como nuestro Trasímaco criollo, Diosdado Cabello.

Los choques de Trump con el Poder Judicial de su país, en un tema que nos afecta tan directamente como la aplicación de la Ley de Enemigos Extranjeros para justificar la deportación de cientos (que pronto pueden ser miles) de venezolanos, aparte de haber encendido las alarmas acerca de las intenciones de acabar con el esquema clásico de la independencia de los tres poderes públicos del estado constitucional. Lo llamativo del reciente choque público entre Trump y el presidente de la Corte Suprema de Justicia norteamericano, John Roberts, es que este es un conservador, cercano al lado "doctrinario" del presidente. Es más, le ha sido útil desde ese puesto. Fue la figura clave dentro de la revolución conservadora del Poder Judicial, hoy dominante. Fue artífice de la sentencia contra el aborto Roe vs Wade, derrotando al feminismo, y en las decisiones judiciales que le han ido quitando poco a poco competencias a las agencias y reguladores federales. Incluso, en julio del año pasado, consideró que el presidente tiene inmunidad judicial para casi cualquier cosa, lo cual le permitió a Trump salvarse de la cárcel por varios casos penales en el que era incurso. Pues bien, el juez Roberts le llamó la atención a Trump por mandar a el Salvador varios cientos de migrantes venezolanos, sin haber sido ni procesados ni condenados debidamente por un tribunal, como lo ordenó, de paso, un juez. Algo así como lo que ha hecho Maduro, Diosdado, Tarek y Rodríguez en Venezuela, con el agravante de que se comete el delito de tráfico de personas, en el que EEUU le paga seis millones de dólares anuales por tener esas personas en una cárcel horripilante. Trump y su combo respondieron amenazando con el mecanismo del impeachment (juicio político) para destituir esos jueces que se atrevieron a prohibir las deportaciones a nombre de la legalidad. A su vez, Roberts, con una compostura propia de su cargo, explicando que el procedimiento ante un desacuerdo con una decisión tribunalicia, debía ser, en todo caso, la apelación, y no el impeachment.

Algunos comentaristas prevén un autogolpe en EEUU, al estilo latinoamericano de Fujimori. Es decir, liquidar los poderes públicos, legislativo y/o judicial, con el apoyo del alto mando militar. Esto implicaría la destrucción de la institucionalidad democrática, como lo hizo Maduro aquí, con una Constituyente írrita, Ley Antibloqueo, Ley de las ZEE, del Odio, robo de las elecciones como el 28 de julio, etc., con el antecedente históricos de Hitler y varios ejemplos más recientes, como el de Turquía. Un historiador destacado, Peter Turchin, pronosticó una guerra civil en Estados Unidos. La creciente tensión en el país hace que suene cada vez más verosímil. Según una reciente encuesta, el 43% de los estadounidenses ven ese conflicto posible en los próximos diez años. Tres generales retirados advirtieron en el Washington Post en 2021 que elecciones disputadas podrían provocar un conflicto armado. Algunos políticos estadounidenses proponen dividir al país, evocando la guerra de secesión del siglo XIX. Incluso este año se ha estrenado una película, Civil War, que explota este tema. Ciertamente, la ficción se adelanta demasiado a la realidad. En Los cuentos de la criada se describe unos Estados Unidos distópicos, dominados por una teocracia, impuesta lueg de una guerra civil, donde han sido aniquiladas las reivindicaciones de las mujeres y, por supuesto, de la diversidad sexual, basándose en un pasaje de la Biblia. Este es el proyecto de muchos "nacionalistas cristianos", intelectuales orgánicos del trumpismo.

El más reciente episodio de esta ruptura de Trump con las propias leyes e instituciones norteamericanas, es la suspensión del Foreign Corrupt Practices Act (Ley anticorrupción en el extranjero) que sancionaba prácticas como los sobornos a otros gobiernos. Trump justifica su decisión así: defender la autoridad del Presidente en la política exterior, garantizar la seguridad nacional y mejorar la competitividad económica de los Estados Unidos, adquirir ventajas estratégicas en minerales, puertos de aguas profundas y otras infraestructuras, negocios que podrían verse obstaculizados por una ley que castiga los sobornos. O sea, todo vale si hay un buen negocio para los empresarios norteamericanos.

Ahora bien, ¿Maduro es trumpista, como puse en el título? Digamos que el madurismo es un antecedente aún imperfecto o una mala copia (o sea, chimba) del trumpismo. Maduro hasta se buscó, por ejemplo, apoyos evangélicos en la campaña electoral; una caricatura del "nacionalismo cristiano" norteamericano. Maduro se llena la boca denunciando las deportaciones de los compatriotas migrantes como un "gran secuestro", como una violación de los Derechos Humanos, cuando desde hace años viene haciendo desapariciones forzadas, secuestros en toda la regla, torturando, inventando conspiraciones que le sirven para detener hasta a adolescentes acusándolos de ser agentes comprados solo por expresar su ira ante un evidente robo o fraude electoral, incluso contratando asesinos del "Tren de Aragua" para matar un disidente en Chile, como señala la fiscalía de ese país. Otra coincidencia: tanto Trump como Maduro atacan a la Corte Penal Internacional cn argumentos "nacionalistas". Además, tenemos el resonante lema "por las buenas o por las malas" que ha aplicado igual para elecciones nacionales, procesos internos de su propio partido, cierre o bloqueo de medios de comunicación y agencias de noticias, bloqueo de data en asuntos tan sensibles como la salud y la educación, aparte de las finanzas públicas, secreto en las negociaciones de nuestras riquezas (las petroleras y las otras) con transnacionales apelando a una Ley Antibloqueo que autoría al presidente a "desaplicar leyes". Igualmente, Maduro hace causa común con el lobby de compañías petroleras y recibe, con risas y carantoñas, a enviados de Trump para negociar entrada de venezolanos migrantes por licencias.

Lo irónico (terrible y lamentable) es que parece que la lideresa Machado resulta ser trumpista también, al no rechazar claramente la deportación ilegal de venezolanos a los presidios diabólicos de Bukele, y respaldar, casi sin matices, el enfoque según el cual el Tren de Aragua, una organización terrorista y criminal, es tan solo un brazo del gobierno venezolano. Esta versión tiene elementos ciertos, si tomamos en cuenta las acusaciones de la fiscalía chilena y reconocemos que esa organización criminal (entre otras) floreció gracias a la protección de Tarek El Aisami (uno de los altos jefes del bloque dominante, hasta la purga), la ministra de la red presidiaria Iris Varela, y, en general, la política de "Paz y Orden" del gobierno que permitió, entre otras cosas, el sospechoso escape del "Niño" Guerrero de Tocorón. La cuestión es que estos elementos se han convertido en argumentos para sustentar la política claramente racista de Trump que estigmatiza a todos nosotros, los venezolanos y venezolanas, como criminales y terroristas, miembros del Tren de Aragua, y agentes de un gobierno criminal. Esa es la "justificación" que usa el régimen trumpista para suspender el TPS y demás medidas de apoyo a los migrantes, aparte de sancionar ahora a los países que se atrevan a comprar petróleo venezolano. ¿Apuesta MCM a una intervención tipo Panamá? Quizás. Ahí está el antecedente de los pedidos de intervención en el período anterior de Trump.

En todo caso, lo previsible a corto plazo es mayor sufrimiento para el pueblo venezolano, para los que estamos aquí resistiendo, y los que están allá. Se monta una paradoja sobre la otra: el cierre del camino electoral y constitucional para el cambio político, mediante el robo del 28 de julio, estimula la tendencia a apostar a la intervención extranjera, la cual, a su vez, refuerza la propaganda madurista. Si bien Marco Rubio reconoció hace poco, muy razonablemente de paso, que el cambio político en Venezuela debe ser obra de los mismos venezolanos, no se sabe cuán trumpista sea el propio Rubio. La razón estilo Trasímaco o Diosdado ("por las buenas o por las malas") parece ir más allá de lo razonable. Es la fuerza y no la razón la que manda. Por eso, no creo que, frente a esta ofensiva de los abusivos, sea efectivo el oportunismo geopolítico. Me refiero a esa actitud de correr a buscar protección con papá Putin que se infiere de ciertas actitudes de Maduro. No lo creo, porque Putin está en la jugada del reparto del mundo en "zonas de influencia" entre Rusia, Estados Unidos y China. América Latina pronto será reconocida como "Patio trasero", no solo por los derechistas norteamericanos, sino por los doctrinarios putinistas como Alexander Dugin, cuyo parecido con los ideólogos norteamericanos es cada vez mayor.

Por ello, no cabe otra que insistir, por un problema de principios ante reaccionarios agresivos de principios, en la lucha por la democracia, en la defensa de la Constitución, con sus postulados de soberanía nacional y popular.


 

Maduro califica de secuestros las deportaciones de venezolanos de EE.UU. a El Salvador | CNN



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Jesús Puerta


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