Es incierto que una revolución debe andar dando brincos de saltapericos, de un lado a otro, entre urgencias y creativas invenciones paridas sin sustento y sin sentido de lo sistémico. Ya eso lo vivimos, todas las semanas llegaron a ser el tiempo de las nuevas ideas y el abandono de aquellas anteriores. El inmediatismo nos consume. Ese desgaste ya no convence a nadie. Los Comandos de Estado Mayor es otra suspicacia creativa para quitarle poder al Pueblo; para nada han resultado eficientes; lo que llega hasta allí va al despeñadero y a la corrupción que se genera por la discrecionalidad. A la larga, si sumamos todo lo que debería transformarse, llegamos a la terrible pero cierta condición de 1999 contraviniendo la poderosa acción política de un Pueblo motivado para aprobar la Constitución para un nuevo Estado, que siguió solo cambiando el nombre de instituciones, en una cohabitación burda con el pasado. No es la Constitución la que ha fracasado, allí está y sigue, estirándose y encogiéndose como acordeón, según sean los apetitos de los burócratas. El olor a cambios está allí, en la Constitución, porque es como la esencia de vainilla que si nos toca la ropa seguimos olorosos, por mucho tiempo, a esa tierna fragancia. Ningún atrevimiento por cambiar la Constitución ha prosperado, aunque el atornillamiento de los privilegiados ha querido usarla a su talla y medida un “pret a porter”.
Estamos en presencia real o al menos son precepciones muy abundantes, de un ejecutivo que no ejecuta, un legislativo que no legisla y un poder moral que no moraliza, de allí que esperar otros resultados en salud, educación, agricultura ambiente y producción industrial, entre otras escalas de necesidades, es ser algo así como ilusos en sol mayor.
Pero, lo que se ha perdido en condiciones de vida y tiempo hay que rescatarlo. Parafraseando a Bolívar juvenil: “Acaso 100 años de arrumacos petroleros no son suficientes”. Estamos en el momento de la diversidad armoniosa y para eso debe recomponerse el Estado y el gobierno. Imaginemos la cara y los tuétanos de nuestro poeta a quien correspondió el honor de prologar la Constitución de 1999, resumiendo las expectativas en forma brillante, exaltante, poética y con una visión inconmensurable de futuro. ¿Inimaginable, verdad? Todos los poetas sufren de agrieras cuando el mundo anda de cabeza. Pero poeta, soñador, romántico, idílico, utópico consistente sigue pensando en lo posible. Y se mantiene lo escrito en el Prólogo porque es viable para una nueva sociedad, para una ruta diferente a este modelo civilizatorio.
Uno de los componentes de ese sistema país son las agriculturas en todas sus formas y modalidades eco-regionales. El Estado y el gobierno deben garantizar la idoneidad de este sector de la socioeconomía nacional, dinamizarlo y transformarlo a la luz de una nueva territorialidad. Una sociedad que no logre producir más del 90 % de sus necesidades alimentarias vivirá alineada (y hasta alienada) a factores de poder geopolíticos. El discurso escrito y oral sobre territorios y agriculturas es la base para lograr otro arreglo del Estado para enfrentar los retos. Incluyamos allí la lista de misiones, inversiones y programas fallidos. Los distritos motores de desarrollo, las comunas, y otras genialidades de la organización campesina, indígena, de pequeños y medianos agricultores son la dinámica social principal. La burocracia es lo accesorio. Actualmente es al revés, la perorata domina el hecho productivo. Los Distritos motores de desarrollo son particulares y por tanto diferentes entre si en sus propósitos. Pero, esta diversidad es mayor para las comunas y también podrían ser diferentes los conceptos para las ciudades comunales, que existieron hace más de 6000 años. Si el Estado carece de una institucionalidad que no entienda esto, no vendrá la transformación y será ingobernable. La homogeneidad en la transformación estructural de la agricultura venezolana solo es viable en sus propósitos de sustentabilidad, calidad, bienestar, entre otros.
Las relaciones de producción y la propiedad sobre los medios de producción establecen la clara diferencia con el actual modelo civilizatorio capitalista diseñado para la concentración de la tierra en pocas manos, perdida de la colectivización en el uso de la tierra y una subvaloración del trabajo humano en relación al capital tecnológico. Privilegiar el territorio (tierra y gente) es la gran política para la agricultura y el tercer factor en juego es el conocimiento y los soportes para la innovación y para la revalorización de lo conocido. La visión de lo sustentable debe ser gobernable y la categoría de plusvalía ecológica también.
Por otra parte, los cambios estructurales deben permitir salir de la homogenización de la alimentación, a la diversificación esplendorosa de muchas potencialidades alimentarias territoriales.
En materia de transformaciones de la agricultura tenemos tela abundante para cortar. Por los momentos, la idea central es resignificar el papel del Estado y del Gobierno para pasar de una planificación cartesiana a otra territorial, deliberativa, participativa, diversa, sustentable cuyo resultado redunde en el bienestar territorial, en armonía, en la cultura de la diversificación, la paz y la felicidad social.
La realidad nos dice que es eso o es hambre