¡Chávez vive!

¡Chávez somos todos! ¡Chávez soy yo! Así proclamaba la oleada roja de miles y miles, millones y millones de seguidores por toda Venezuela de su querido presidente Hugo Rafael Chávez Frías, candidato a otra bien merecida reelección en septiembre y octubre pasados. Aún convaleciendo de ese maldito y tiránico cáncer que agresivamente le iba subvirtiendo su ya mítica fuerza física, el histórico líder bolivariano libró lo que se temía sería su última campaña, con la colaboración decisiva de su vicepresidente ejecutivo y canciller, Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.

Revalidó así por quinta vez como presidente de los venezolanos con más de ocho millones de votos. Su nueva victoria se sumaría a las obtenidas en las contiendas presidenciales de 1998, 2000 y 2006, así como el referendo ratificatorio de su mandato en el 2004. Con la victoria mayoritaria de los candidatos de su Partido Socialista Unido de Venezuela en las elecciones regionales de 2012, sumarían a quince las contiendas electorales ganadas por el chavismo, como popularmente se tiende a identificar la histórica fuerza política y social que motorizó y transformó su país. Sólo sufrió una pírrica derrota, en el referendo sobre reforma electoral del 2007, más por errores propios que por aciertos de la oposición, como él mismo reconoció con la mayor humildad.

De ahí la absoluta arbitrariedad de nuestra condición humana, demasiado humana, sujeta a la disposición de nuestra vida mortal de la forma más despótica y antidemocrática. Ya reelecto por tercera ocasión consecutiva, en la noche del 8 de diciembre pasado Chávez dio cuenta de la mala nueva: la fatal necesidad de someterse a una nueva operación del cáncer que le aquejaba. Dicen que ya conocía los pronósticos poco esperanzadores de sus médicos cubanos. No habiendo podido con él sus enemigos y adversarios políticos, su propio cuerpo sería quien le asestaría el golpe mortal.

La revolución bolivariana

En lo que constituiría efectivamente su despedida de su amado pueblo venezolano y de todos los pueblos amigos, Chávez recordó su batalla histórica por retomar las banderas del libertador Simón Bolívar, traicionado en su momento por una naciente oligarquía criolla a la que sólo le interesó garantizar sus mezquinos intereses patrimoniales, a costa de la más injusta exclusión social y política de la inmensa mayoría de la sociedad. Le habrá pasado también por la mente su peregrinaje inicial como una especie de “llanero Solitario” por la América Latina, su patria grande, dónde a su llegada a la presidencia en 1999 prevalecían por doquier gobiernos neoliberales corruptos dedicados a la desposesión de sus pueblos en beneficio del capital: Menem en Argentina, Collor de Melo en Brasil y Fujimori en Perú, entre otros.

Señaló al respecto: “Fue como una resurrección lo que hemos visto, lo que hemos vivido. Aquí había un continente dormido, un pueblo dormido como muerto y llegó el Lázaro colectivo y se levantó, finales de los 80, los 90, los 90 terminando el siglo XX pues, se levantó aquí en Venezuela una Revolución, se levantó un pueblo y nos ha tocado a nosotros, algunos de nosotros, a muchos de nosotros, mujeres, hombres, asumir responsabilidades, asumir papeles de vanguardia, asumir papeles de dirección, de liderazgo por distintas razones civiles, militares y hemos confluido pues, distintas corrientes terminando el siglo y comenzando este siglo. En Venezuela se desató la última Revolución del siglo XX y la primera del siglo XXI, Revolución que -¿quién lo puede dudar?- ha tenido cuántos impactos en la América Latina, en el Caribe y más allá y más allá y seguirá teniendo impacto”.

Sin embargo, rápidamente añadió que “además de todas esas batallas se presentó una adicional, imprevista, repentina para mí y no para mí pues, para todos, para todos nosotros”: la batalla contra el cáncer. Y habló de estarse cerrando un ciclo: “tenemos Patria hoy, tenemos Patria. Venezuela ya hoy no es la misma de hace veinte años…Tenemos un pueblo, tenemos una Fuerza Armada, la unidad nacional. Si en algo debo insistir en este nuevo escenario, en esta nueva batalla…es en fortalecer la unidad nacional, la unidad de todas las fuerzas populares, la unidad de todas las fuerzas revolucionarias, la unidad de toda la Fuerza Armada, mis queridos soldados, camaradas, compañeros…Digo porque los adversarios, los enemigos del país no descansan ni descansarán en la intriga, en tratar de dividir, y sobre todo aprovechando circunstancias como éstas, pues. Entonces, ¿cuál es nuestra respuesta? Unidad, unidad y más unidad. ¡Esa debe ser nuestra divisa! El Partido Socialista Unido de Venezuela, los partidos aliados, el Gran Polo Patriótico, las corrientes populares revolucionarias, las corrientes nacionalistas. ¡Unidad, unidad, unidad!”.
Fue su profunda conciencia acerca de la necesidad de proveer, más allá de su existencia física, para lo que él llamaba “la revolución permanente, la revolución perpetua”, que procedió a expresar su preferencia personal para que el vicepresidente Maduro le sucediese en el caso de que algo le ocurriera. “Nicolás Maduro no sólo en esa situación debe concluir, como manda la Constitución, el período; sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que —en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales— ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón”, sentenció, para luego concluir que en cualquier circunstancia que pudiese sobrevenir, lo importante es que “nosotros debemos garantizar la marcha de la Revolución Bolivariana, la marcha victoriosa de esta Revolución, construyendo la democracia nueva, que aquí está ordenada por el pueblo en Constituyente; construyendo la vía venezolana al socialismo, con amplia participación, en amplias libertades…”.

Libertador de consciencias

Tal vez el filósofo español Miguel de Unamuno tenía razón cuando señalaba que a pesar de esa inquietud permanente que nos caracteriza en torno a nuestra mortalidad, nuestro deseo de trascender, lo que él llamó nuestra sed de inmortalidad, sólo puede alcanzarse tal vez por medio de las huellas que dejamos en los demás. Seguimos viviendo en los demás, en sus vidas, conciencias, memorias, sentimientos, ideas y prácticas. En ese sentido, no hay duda que Chávez alcanzó la inmortalidad.
Quien mejor lo resumió fue la presidente argentina, Cristina Fernández: “El comandante Chávez, el compañero y amigo, ha entrado definitivamente en la historia. Creo que hombres como Chávez no mueren, se siembran”. Repitiendo las palabras de un venezolano con el que acababa de conversar expresó: “Bolívar fue un liberador de pueblos y Chávez un liberador de mentes”.
“Hombres como Chávez no se mueren nunca. Vive y vivirá en cada venezolano y venezolana que dejó de ser invisible y se tornó protagonista. Este hombre les abrió la cabeza. Ya nadie se las podrá cerrar, jamás”, puntualizó la mandataria argentina.

Efectivamente, Chávez le transformó la consciencia a su pueblo y, de paso, a sectores significativos de Nuestra América. Potenció la refundación constitucional de su país desde el pueblo mismo, quien a partir del nuevo orden sería el poder constituyente al que se debía de allí en adelante el poder constituido, es decir, el gobierno. Sería ese pueblo, cada cual empuñando su copia leída y estudiada de su nueva carta magna, el protagonista de la historia de Venezuela; ya no la oligarquía lumpenizada y sus aliados imperiales de Washington. La historia de allí en adelante sería escrita por las acciones, tanto colectivas como individuales, de ese pueblo y ese ciudadano soberano, poseedores de una libertad y una igualdad inmanente e inalienable.
A partir de la refundación constitucional de Venezuela, adviene la de Bolivia y Ecuador, en lo que vendrá a conocerse como “el nuevo constitucionalismo latinoamericano”, el cual dará al traste con el obsoleto modelo liberal heredado de Estados Unidos y Europa. En una era en que el neoliberalismo busca silenciar a los pueblos, expropiarle sus medios de vida y sus posibilidades de bienestar, así como desconocerle sus libertades y derechos, la revolución bolivariana inauguró otro modo de gobernanza democrática, ya no sujeta a los dictados del mercado capitalista sino determinada por la potenciación permanente de un soberano popular que anida en sus comunas, barrios, comunidades, centros de trabajo y de estudio.

De ahí el gran proyecto bolivariano de democratizar la sociedad entera, mediante la creación de consejos comunales, consejos de trabajadores, de estudiantes, de campesinos, como espacios de participación plena de la ciudadanía en las decisiones sobre los asuntos comunes. El nuevo Estado debía estructurarse a partir de un marco horizontal de poder, en que se descentralizasen y democratizasen plenamente las funciones de la gobernanza sobre los diversos ámbitos, tanto nacionales como locales, políticos como económicos.

El socialismo del siglo XXI

En ese contexto, hay que valorar lo que para la socióloga chilena, Marta Harnecker, constituye el principal legado de Chávez: haber detenido el avance del neoliberalismo en nuestra región y haber puesto sobre el tapete la construcción de un modelo alternativo, de carácter no sólo antineoliberal sino que anticapitalista: el socialismo del siglo XXI. Al respecto dice la reconocida intelectual quien colaboró estrechamente con el líder bolivariano durante casi una década: “Chávez concebía el socialismo como una nueva existencia colectiva donde reine la igualdad, la libertad, una democracia verdadera y profunda donde el pueblo tenga el rol protagónico, un sistema económico centrado en el ser humano y no en la ganancia, una cultura pluralista y anticonsumista en que el ‘ser’ tenga primacía sobre el ‘tener’.”

Chávez sabía que en esta “revolución dentro de la revolución”, estaba en última instancia su más importante legado a su pueblo y a todos los pueblos de Nuestra América. Consciente de ello, sabía que tenía que “crear para no errar”, es decir, no sucumbir a la tentación de calcar las agridulces experiencias socialistas del siglo XX, particularmente las europeas, que las llevaron a la pérdida de su legitimidad ante sus respectivos pueblos. El socialismo del siglo XXI tendría que ser una construcción del mismo pueblo o no sería.
De ahí que cuando un periodista interrogó en estos días a un venezolano en la calle acerca de la definición de eso que se llama “socialismo del siglo XXI”, éste respondió con la mayor sabiduría: “El socialismo es el resultado de las acciones concretas del pueblo venezolano, quien a partir de Chávez es protagonista de su propia historia. Es producto de cada una de nuestras acciones cotidianas”. En fin, parecía que parafraseaba a Marx: la nueva sociedad es el movimiento real que niega y supera el aún prevaleciente modo capitalista de vida.

Cambiar la situación de fuerzas

Para el logro de lo anterior, existía un imperativo estratégico: no sólo cambiar la situación de fuerzas al interior de Venezuela sino que producir su transformación en toda la América nuestra y, aún más allá, a nivel mundial. La revolución bolivariana se convirtió así en un referente principal del impresionante viraje político hacia la izquierda que ha ocurrido en la América indo-afro-latina en el nuevo siglo XXI: los gobiernos del Luiz Inácio Da Silva y Dilma Roussef en Brasil, ex obrero y líder sindical el primero y ex guerrillera urbana la segunda; los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina, representativos de un peronismo progresista; el gobierno de Evo Morales Aymá en Bolivia, el primer indígena y líder socialista en gobernar en su país; los gobiernos de Tabaré Vázquez y José “Pepe” Mújica en Uruguay, el primero líder progresista del centro-izquierda Frente Amplio y el segundo exguerrillero tupamaro; el gobierno de Rafael Correa en Ecuador, un economista progresista que al igual que Chávez en Venezuela y Morales en Bolivia, realizará la refundación constitucional de su país.

Lula y Kirchner se sumaron a Chávez para poner fin, en 2005, al principal proyecto de expansión neocolonial auspiciado por Washington, el Acuerdo de Libre Comercio con las Américas (ALCA). El objetivo era integrar a la América toda, de Norte a Sur, bajo la hegemonía de un solo mercado y una sola economía, la de Estados Unidos de Norteamérica. En la alternativa, Chávez lanzó desde La Habana, en el 2004, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y desde la ciudad venezolana del Puerto La Cruz, en el 2005, Petrocaribe. Son dos iniciativas de integración regional que agrupan a los países miembros sobre una base de cooperación y solidaridad que se distancian de las reglas económicas capitalistas bajo las cuales se acostumbra conducir las relaciones económicas internacionales.

Según Lula, el apasionado compromiso bolivariano que caracterizó a Chávez a favor de la unidad e integración de la región en un nuevo y poderoso bloque regional de poder mundial, llevó a la creación de la Unasur, en el 2008, así como el Banco del Sur, en el 2009, y la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC), en el 2010. Éstas surgen como iniciativas alternativas a instituciones llamadas hemisféricas como, por ejemplo, la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, las cuales responden a los intereses hegemónicos de Washington. En cuanto al actual proceso de integración y unidad regional, el ex mandatario brasileño insiste en que, gracias a la visión de Chávez “hemos llegado a un punto de no retorno”.

Dentro de lo anterior, habrá que incluir el ingreso de Venezuela al Mercosur. Al unirse Venezuela al mercado común integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, se ha constituido la quinta economía mundial.

La inclusión social

Finalmente, entre el legado más importante dejado por Chávez están sus políticas de inclusión social de los millones de venezolanos que eran invisibilizados bajo los gobiernos anteriores. Durante sus catorce años al frente del país, se aumentó el gasto social del gobierno en un 60 por ciento. Producto de ello, el gobierno de Chávez consiguió sacar del desempleo, la pobreza, la desigualdad, la desnutrición y el analfabetismo a millones de venezolanos. La pobreza se redujo en más de la mitad, de un 49.4 por ciento en el 1999 al 20 por ciento en la actualidad. La pobreza extrema bajó de un 21.7 por ciento en el 1999 a aproximadamente 7 por ciento en el 2012.

Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Venezuela constituye hoy el país de la región con menos desigualdad, es decir, con la distribución más justa de la riqueza.

Se erradicó prácticamente el hambre y la desnutrición, colocando al país al mismo nivel de países como España, Alemania y Estados Unidos. Venezuela produce hoy el 71 por ciento de los alimentos que consume, comparado con un 51 por ciento en 1999. Una reforma agraria ha posibilitado la distribución de más de 3 millones de hectáreas, incluyendo más de un millón a los pueblos indígenas.

Se creó un sistema nacional público para garantizarle a los venezolanos el acceso libre a atención médica. Como parte de este esfuerzo, se han construido aproximadamente 8,000 centros de salud a través del país.
Por otra parte, la UNESCO declaró al país “libre de analfabetismo”.
La economía venezolana creció el año pasado en un 5.5 por ciento, una de las más altas en las Américas. Entre 1999 y 2012 se han creado más de cuatro millones de empleos en el país, lo que ha permitido reducir la tasa de desocupación en más de la mitad, de 15.2 al 6.4 por ciento. La jornada laboral se redujo a 6 horas diarias y a 36 horas semanales, sin que por ello se le redujese el salario a los trabajadores. De paso, Venezuela disfruta del salario mínimo más alto de América Latina –con excepción cualificada del caso de la dependencia colonial estadounidense de Puerto Rico- habiendo aumentado éste en más de un 2,000 por ciento entre 1998 y 2012. El 79 por ciento de la población trabajadora recibe una compensación económica por encima del salario mínimo.

La deuda pública se redujo a un 20% del PIB, de un 45% del PIB que era en 1998. Bajo Chávez, Venezuela pagó, con antelación a su vencimiento, la totalidad de su deuda con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Chávez vive en su pueblo

De ahí que no debió sorprender el impresionante duelo masivo de los venezolanos al conocerse el 5 de marzo pasado la noticia del fallecimiento de Chávez a los 58 años de edad. Las filas kilométricas de miles y miles de personas de todas las condiciones y todas las edades, para despedirse de su líder, parece que nunca terminarán. Estarán eternamente agradecidos a quien le dedicó su vida para que ellos vivieran libre y dignamente.
Más de 30 jefes de estado o de gobierno asistieron a Caracas para rendirle un merecido tributo final, así como representantes de sobre 50 países. Once países decretaron un duelo nacional: Cuba, República Dominicana, Haití, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Bolivia Ecuador e Irán.
“¡La batalla continúa, Chávez vive, la lucha sigue. Hasta la victoria siempre, comandante!”, gritó Maduro al terminar su discurso en el acto oficial de homenaje, ya que no habrá realmente una despedida.
Y es que Chávez finalmente consiguió burlarse de la muerte. Sigue viviendo en su pueblo y en todos los pueblos de Nuestra América.



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