La lucha anticapitalista dentro de uno: autoayuda y psicoterapia

La dificultad de relacionar nuestro “yo” con los demás y percibirse como un “nosotros” en los diferentes ámbitos en que nos desenvolvemos socioculturalmente, ha conllevado a que nos veamos individual o privadamente como causantes o culpables de esa situación y que sintamos que requerimos ayuda para superar esa problemática calificada como patológica desde el punto de vista de la psicología terapéutica. Esa autoculpa es inducida por un discurso que se publicita en los libros de autoayuda y en las diversas ofertas terapéuticas a través de distintos medios. Ambos ofrecen como cura la apropiación de “estrategias de acción” concebidas como recursos psicosociales para el mejor relacionamiento con los demás y consigo mismos a través del autocontrol. Ofertas que ofrecen curar desde “la desmedida emocionalidad o afectividad por los otros” hasta “la falta de afectividad o emocionalidad por los demás”, o desde regular “la agresiva y aislante competitividad con los otros en el campo laboral” hasta “como hacerse de una personalidad competitiva para la realización laboral”. Bastaría, pues, apropiarse de esas “herramientas” que el lenguaje psicoterapéutico brinda para alcanzar planos de realización bloqueados en los escenarios en que se desenvuelve la vida cotidiana de los individuos patologizados emocionalmente según ese discurso.

Hay que decir que el autocontrol que ofrecen esos discursos terapéuticos consiste en una cierta concepción instrumental del autoconocimiento y de la autotransformación inducidos en el sujeto desde fuera. Inducidos por vía de una interpretación alienadora de la narrativa autobiográfica propia o con la que se identifica, que manipuladoramente le refuerza la “autoestima”, un yo soberano, narcisista, autosuficiente e individualista apto para la “lucha diaria con los demás”, entre quienes se destaca a los que han tenido éxito y, por tanto, se deben emular. Interpretación analítica prehecha y superficial que se sustenta en la adopción identificadora por parte del individuo tratado o autotratante, de una “economía de las emociones” que, a semejanza del mercado, le pauta ejercitadoramente desarrollo y mejor posicionamiento competitivo de éstas, aceptación de estrategias promocionales de la “nueva personalidad” adoptada y, asunción de las relaciones interpersonales bajo el esquema inversión-ganancia (“ganar-ganar”). Aunque los discursos terapéuticos no se expresen con las denominaciones dadas y se disfracen con sinónimos, ellas atienden a esta lógica o racionalidad de la economía de las emociones. Incluso, en el uso de las palabras estrategia, recurso, herramienta, etcétera, se revela su inscripción en la racionalidad instrumental que convierte al mismo sujeto y a los otros en medio, instrumento u objeto a usar, y que rige de manera subyacente el funcionamiento global de la sociedad capitalista que tiende a convertir todo y a todos en objetos mercantiles o intercambiables.

Queremos destacar que el propio sistema capitalista promueve para distanciarnos “terapéuticamente” de los demás el temor y el riesgo de compartir emocionalmente con ellos ya que, según promueve, “el que se engancha sentimentalmente pierde su independencia”. Llegando al extremo de imponernos ideológicamente la racionalización de nuestras emociones por los demás, esto es, dejar de ser espontáneamente impulsivos y azarosos en nuestros vínculos afectivos y ser calculadores o aventajados en las relaciones porque “siempre serán pasajeras”. Por ello, ya no se promocionan vínculos sólidos a largo plazo, sino conexiones ligeras a corto plazo vía Internet, por ejemplo, para entablar interconectividades con los demás, con base en la clase de oferta y la de la demanda deseadas, en las que se deberá intercambiar y promocionar previamente características (fotos, currículo, preferencias, bienes, etcétera) para asociarnos “sin riesgo” en mutuo o competitivo beneficio, con liviandad, de distintas formas neoliberales, sin implicarnos intensamente para “aprovechar o vivir tan solo el momento”; asimismo, ofrecen también estrategias o herramientas de desapego sentimental para ello.

De allí que en vez de ilusamente tratar de curar la soledad desrealizadora por individualista y narcisista que produce la sociedad capitalista a través de la competitividad entre todos, impidiendo el encuentro de los “yoes” en un nosotros cooperativo, solidario y amoroso duradero, con los consejos y ejercicios de los libros de autoayuda y las estrategias enajenantes de las ofertas psicoterapéuticas del tipo señalado, que no contribuirán a superar dichas situaciones, sino a reproducirlas con mayor frustración por descontextualizadas y alienantes provisionalmente para quienes se dejan seducir por ellas, hay que promover la transparente búsqueda y encuentro desalienadores con el otro u otros que somos para propiciar anticipadoramente una nueva sociedad (el cultivo ético-estético del yo en el nosotros). Tan solo esto nos hará transitar una experiencia convivencial de recíproco reconocimiento en nuestra diversidad e identidad, con la intensidad emocional energizante y potenciadora suficientes para trascender los desencuentros socioemocionales y alcanzar satisfactoriamente la realizadora y posible liberación afectiva de la vida de/entre todos y todas transformando revolucionariamente la disociadora sociedad capitalista dominante.

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