¿Puede triunfar el fascismo en Venezuela?

Es común en Venezuela oír a los representantes políticos del capitalismo acusar al Gobierno bolivariano de fascista, y ello es como el cuento del ladrón que para despistar a sus perseguidores grita “¡al ladrón, al ladrón!”. ¿Por qué decimos esto?, porque el fascismo no es sino el rostro más sanguinario y cruel del capitalismo, al que recurre la burguesía cuando, en una situación de crisis revolucionaria, ve que puede perder el poder a manos de los trabajadores (caso de Alemania e Italia en el siglo pasado) o cuando ya ha perdido dicho poder y no puede recuperarlo por los medios que le da su propia legalidad burguesa, como son las elecciones, (caso Venezuela). “La burguesía decadente es incapaz de mantenerse en el poder con los métodos y medios creados por ella misma (el Estado parlamentario). Necesita el fascismo como instrumento de autodefensa, al menos en los momentos más críticos” (1), decía el gran revolucionario marxista que fue León Trotsky y, en ese sentido, agregaba: “El fascismo es solamente un garrote en manos del capital financiero”.

Para llevar adelante esta tarea represora y volver a colocar en su sitio a los explotados que osaron alzarse contra su dominio, la burguesía, una clase social numéricamente pequeña, debe apoyarse en la pequeña burguesía, a la cual “pone en pie, moviliza y arma” para lanzarla en contra de la clase obrera, utilizando para ello a organizaciones políticas que defienden sus intereses. En Italia fue el partido Nacional Fascista, en Alemania el partido Nacional socialista Obrero Alemán. En la Venezuela actual, donde en los 14 años que se ha prolongado la revolución la burguesía ha intentado infructuosamente por todos los medios recuperar el poder político, existe un partido que ha demostrado tener todas las condiciones necesarias para, llegado el momento, aplicar estos métodos. Nos referimos a Primero Justicia, un partido con dirigentes como Leopoldo López y Henrique Capriles Radonski, burgueses con un pasado relacionado con organizaciones neonazis como la secta TFP, que ha logrado en los últimos tiempos crecer e incrementar su influencia en forma importante dentro de la pequeña burguesía e, inclusive, de sectores proletarios atrasados a los cuales ha llegado con su discurso demagógico para movilizarlos en contra de la revolución.

¿Por qué sectores importantes de las masas apoyan a los fascistas?

El ya mencionado León Trotsky decía, en referencia al auge creciente del movimiento nazi en Alemania en los años 30 del siglo pasado, que “el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria”. Y decía esto porque, como él mismo explicaba, dicho crecimiento del nacionalsocialismo estaba relacionado, básicamente, con la pérdida de la esperanza en la revolución por parte de capas cada vez más importantes de la pequeña burguesía que, a su vez, arrastraron tras de sí, en su desesperación, a sectores también considerables del proletariado. El movimiento de estas capas sociales hacia el bando fascista se dio en medio de una fuerte crisis social y de la incapacidad demostrada por parte de los partidos de la clase obrera de impulsar la revolución hacia la victoria.

Como planteara el propio Trotsky, en una situación revolucionaria la clase media sólo se va a entusiasmar con la revolución y a seguir al proletariado si ve que éste actúa con determinación y firmeza en contra del enemigo común, la burguesía, y se convierte en una alternativa real de poder. “… bajo las condiciones de desintegración capitalista y el atolladero de la situación económica, la pequeña burguesía procura, intenta y se esfuerza por liberarse de las ataduras de los antiguos amos y dirigentes de la sociedad [los capitalistas]. Es totalmente capaz de unir su destino al del proletariado. Para eso sólo se necesita una cosa: la pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria. Pero ¡ay si el partido revolucionario no está a la altura de la situación!... La pequeña burguesía podría resignarse temporalmente a privaciones crecientes si a través de su experiencia llega a la convicción de que el proletariado está en condiciones de llevarla por un nuevo camino. Pero si el partido revolucionario, a pesar de que la lucha de clases se acentúa incesantemente, se muestra una y otra vez incapaz de unificar a la clase obrera tras él, si vacila, se vuelve confuso, se contradice, entonces la pequeña burguesía pierde la paciencia y empieza a considerar a los obreros revolucionarios como los responsables de su propia miseria.

Todos los partidos burgueses, incluida la socialdemocracia, piensan en ello. Cuando la crisis social asume una agudeza intolerable, aparece en escena un determinado partido con el objetivo declarado de agitar a la pequeña burguesía hacia un blanco de ira, y de dirigir su odio y su desesperación contra el proletariado. En Alemania, esta función histórica la realiza el nacionalsocialismo, amplia corriente cuya ideología está formada por todos los tufos pútridos de la sociedad burguesa en descomposición” (1). Esta situación no sólo se dio en Alemania, previamente también había ocurrido en Italia, cuna del fascismo, cuando, en medio de una profunda crisis capitalista, y con todas las condiciones objetivas a su favor, el partido Socialista, por sus políticas reformistas, no fue capaz de ponerse al frente de la revolución y tomar el poder, con lo cual generó la desesperanza y la confusión en las filas de los trabajadores que lo apoyaban, cediéndole la iniciativa en la lucha de clases a los fascistas de Mussolini, que sí llegarían al poder después de aplastar a sangre y fuego a la clase obrera italiana. “La responsabilidad política fundamental del crecimiento del fascismo recae, por supuesto en los hombros de la socialdemocracia [reformistas]… La pequeña burguesía puede seguir a los obreros sólo si ve en él al nuevo señor. La socialdemocracia enseña al obrero a ser un lacayo. La pequeña burguesía no seguirá a un lacayo. La política del reformismo priva al proletariado de la posibilidad de dirigir a las masas plebeyas de la pequeña burguesía y, por tanto, convierte a esta última en carne de cañón para el fascismo” (1).

Las últimas elecciones presidenciales del 14 de abril en Venezuela dejaron, entre tantas cosas, algo por demás evidente: que las fuerzas de la contrarrevolución, encabezadas por el partido Primero Justicia, lograron arrebatarle en 6 meses más de 600.000 votos a la revolución, alcanzando una peligrosa situación de emparejamiento cuantitativo con ésta última. Las causas generadoras de esta realidad no hay que buscarlas muy lejos sino, como se explicaba antes, en la desesperanza en que están cayendo amplios sectores de las masas con respecto a la revolución, la cual, luego de 14 años, no ha sido capaz de solucionar problemas crónicos del capitalismo como la inseguridad, la inflación, la escasez, etc., etc. Con su terquedad en mantener el sistema capitalista y apuntalar al Estado burgués, la burocracia bolivariana ha quedado entrampada en sus políticas reformistas que no le permiten avanzar y sólo profundizan los problemas existentes que alejan de la revolución a una parte del pueblo.

¿Cómo detener al fascismo y reconquistar a las masas que ahora lo apoyan?

Sin haber triunfado en las elecciones, el hecho de haber obtenido un buen resultado electoral le bastó a la contrarrevolución para dejar rápidamente a un lado su perfil “democrático” y mostrar su rostro fascista, igual que en abril de 2002 y noviembre de 2007, y avisar lo que estaría dispuesta a realizar para aplastar a los trabajadores y a la revolución en caso de acceder al gobierno. Esto es muy peligroso y es algo que no debe ser subestimado por los revolucionarios, recordar sino Chile 1973. Afortunadamente, la situación aún es reversible. Por un lado, la contrarrevolución, más allá de este éxito relativo y circunstancial en las elecciones, carga con una gran losa sobre su espalda y es el hecho que el sistema que defiende y promociona, el capitalismo, se hunde en todo el mundo sumido en la más profunda crisis de su historia. Por otro, la clase obrera venezolana, el objetivo a derrotar para ellos, a pesar de los golpes que ha venido recibiendo por parte de burgueses y burócratas, no ha sido derrotada y posee una fuerza considerable.

El fascismo no se combate con amor, como ha afirmado recientemente la  ex ministra Mari Pili Hernández, ése es un grave error, el fascismo se detiene en la calle con la movilización de la clase obrera y el pueblo. Pero mejor que esto, la forma más eficaz y definitiva para acabar con el peligro del fascismo y, al mismo tiempo, recuperar la esperanza en la revolución de esa porción de las masas que últimamente ha apoyado a los representantes de la burguesía, es acabando de una buena vez con el sistema capitalista, expropiando a la burguesía y eliminando las relaciones de producción capitalistas, desmontando al Estado burgués y reemplazándolo por un Estado obrero ahora, no dentro de cien años, planificando la economía socializada en beneficio de todo el pueblo, estableciendo el monopolio estatal del comercio exterior, entre otras medidas.

En definitiva, que los trabajadores tomen el poder y lleven la revolución hasta el final. Esto es absolutamente posible realizarlo en este momento ya que las fuerzas de la revolución continúan siendo superiores a las de la contrarrevolución, de lo contrario, si se mantiene el actual programa reformista, entonces, sí la posibilidad de un triunfo fascista podría convertirse en una terrible realidad.     

  Notas:

  1. La lucha contra el fascismo, León Trotsky, FFE, Madrid 2004

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