A 11 años del Argentinazo la lucha continúa por otro modelo de país

El Argentinazo es uno de esos hechos de la historia que siempre fue -y hoy no deja de serlo- un campo de disputa política por imponer una u otra interpretación. Como se sabe, según se lea el 2001 deriva distintas estrategias políticas. En general los analistas del régimen y los políticos de los partidos tradicionales, presentan una oscura valoración de aquellas jornadas: “sobrevoló la guerra civil”, “se estuvo al borde de la disolución nacional”, “tocamos fondo”, “la crisis social más grave de nuestra historia” y otras afirmaciones por el estilo. El kirchnerismo en particular señala el 2001 como “la catástrofe a la cual no podemos volver”. Por supuesto, en aquel año hubo desplome económico, crisis social y política, con grandes sufrimientos para los trabajadores y el pueblo. Pero, esa es una arista apenas del proceso que terminó con De la Rúa yéndose en helicóptero y cinco presidentes barridos por la movilización popular en una semana. La otra cara para resaltar es la de un pueblo que se levanta, se moviliza de forma masiva e independiente imponiendo la revocatoria de mandato a los agentes del capitalismo neoliberal en Argentina. Esta afirmación es fundamental para entender lo que sucedió desde entonces hasta ahora.

El Argentinazo como proceso político

Desde la década del ’30, la clase dominante argentina se jugó a vertebrar una democracia burguesa que garantizara estabilidad y continuidad a los negocios capitalista en el país. Para eso fue fundamental vertebrar un mecanismo donde jugaron dos engranajes de forma combinada: por un lado, el bipartidismo radical-peronista; por el otro, las Fuerzas Armadas como variante alternativa de poder. La UCR y el PJ se alternaron en el poder político como gerenciadores del capitalismo semicolonial en nuestro país y actuaban hasta que el movimiento de masas los desbordaba. Así fue en la década del ’70, cuando después de la sucesión de “azos” (Rosariazo, Tucumanazo y Cordobazo) el ascenso sostenido del movimiento obrero y de masas superó toda posibilidad de contención en los marcos del régimen político bipartidista y por lo tanto se impuso como política del imperialismo el golpe genocida del 24 de marzo de 1976. Esa solución a la crisis ya había sido aplicada en el ’30 y el ’55, frente a Irigoyen en un caso y a Perón en otro. En ese tándem entre los partidos patronales y el golpe militar, la salida represiva intervenía físicamente sobre la vanguardia
-militantes revolucionarios, delegados de fábrica, estudiantes-, maniataba durante un período al movimiento de masas y le daba respiro a los partidos patronales para “rehacerse” y después con las elecciones volver a iniciar el ciclo en una correlación de fuerzas más favorable. A esa ecuación el movimiento de masas le pulverizó un pilar en 1982 al echar a la dictadura genocida y neutralizar la posibilidad de golpes por décadas

La emergencia del kirchnerismo

En diciembre del 2001 el golpazo lo recibe el bipartidismo. La alternancia radical-peronista como complemento de los golpes militantes le dio continuidad al sistema capitalista en Argentina. La caída del gobierno de la Alianza y la asimilación popular de que son unos y otros parte de la misma matriz social, impuso como consigna “qué se vayan todos”. Así, la emergencia del kirchnerismo viene a intentar como proyecto político también capitalista, un objetivo estratégico: reconstruir la institucionalidad montada en un nuevo sistema de partidos. Esto es clave: el kirchnerismo no vino a desarrollar las tendencias más avanzadas del 2001, sino a cerrar a favor de la estabilización capitalista la crisis abierta con ese proceso revolucionario. Montado en el viento de cola de la economía internacional y del “rebote” producido por el desfalco devaluatorio del 300 %, pudo los primeros años -2003/2008- y hasta ahora, semicongelar los elementos más revolucionarios del nuevo período abierto con el Argentinazo. Hoy, cuando la crisis mundial empieza a pegar y el kirchnerismo pega contra los trabajadores y el pueblo, lo mejor del 2001 poco a poco se vuelve a reactivar en términos de movilización social. Por eso, lo decisivo es cómo responder al principal interrogante que dejó pendiente aquel hecho histórico ¿cómo construir alternativa política desde los trabajadores y el pueblo para el próximo desenlace del ciclo K?

Construir mayoría social desde la izquierda en confluencia con otras tradiciones políticas.

En la izquierda no todos nos ubicamos igual ante el desafío que el 2001 dejó pendiente. Un sector encabezado por el PC como caso más nítido se integró al proyecto del gobierno actual. Es la variante del “posibilismo” que explica que a la izquierda del kirchnerismo “no se puede construir”. Grupos como Libres del Sur eligieron una variante de esa misma política, actuando como furgón de cola del PS-GEN y de un programa de centroizquierda clásico que busca empalmar con la UCR y montar una nueva Alianza. Este camino ya fracasó antes del 2001. No propone ningún cambio de fondo para el país. Hay otra variante que representa el sectarismo y que tiene al FIT como expresión electoral, apenas eso. Esta vertiente se reafirma en la autoproclamación y la lógica de su propio desarrollo lineal, sin más cambios que la unidad electoral “trotskista”, aunque solo expresen un limitado sector de esa tradición política y ni siquiera a toda la izquierda. Las limitaciones de esta orientación la muestran las propias disputas de los distintos grupos del FIT que no logran ponerse de acuerdo en nada. Tanto un camino como el otro aleja la posibilidad de construir una opción política desde la izquierda con peso para disputar el vacío político ante un nuevo escenario de convulsión y crisis. Desde el MST consideramos que la salida correcta es la búsqueda de confluencias político-programáticas desde la izquierda con otras corrientes y tradiciones del país que, delimitados del gobierno y los demás partidos del régimen, respondan a las tareas antiimperialistas y anticapitalistas concretas como parte de un programa de transición hacia una Argentina Socialista. Para eso, desde la izquierda tenemos mucho por hacer. Con Pino Solanas, Alejandro Bodart y Vilma Ripoll estamos pulsando esa salida. En la misma dirección aspiramos a empalmar con los compañeros de Unidad Popular que encabezan Víctor De Gennaro y Claudio Lozano. Los tiempos se aceleran y la responsabilidad es mayúscula. Estemos a la altura.

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