El Espejo

Deslegitimación de la opción electoral

Es preocupante lo que sucede con los procesos electorales en la región. Lo confirma lo que ahora pasa en Venezuela. Mientras la tendencia es hacia la democratización del sufragio y se incrementa la credibilidad en la opción comicial -siendo cada vez mayor el apoyo popular-, simultáneamente se abre paso una corriente tendente a descalificar lo que sucede. La institución del sufragio fue, durante décadas, una entelequia.

Hay que admitirlo. Votar no era fuente de poder. Sólo expresión marginal plagada de vicios. Servía para usurpar la voluntad popular mediante el fraude cuando convenía o para colocar, circunstancialmente en la presidencia de la República, a alguien cuyo mandato era luego desconocido si quien era electo no se plegaba a la presión de los poderes fácticos. ¿Cuántos procesos fraudulentos se sucedieron en el pasado y cuántos presidentes fueron derrocados porque la voluntad del pueblo expresada en votos nada significó?

Pero esa institución carente de positividad, que era flor de un día, despreciada a tal grado que hubo eventos electorales sólo para convalidar situaciones de hecho, empezó a tener significado en la medida en que los pueblos en Latinoamérica comenzaron a tomar conciencia de las posibilidades que se abrían, por esa vía, para plasmar reivindicaciones sociales, económicas, políticas e institucionales. Entonces el sufragio empezó a ser sospechoso y a despertar descalificaciones en aquellos que antes eran sus apologistas. Se invirtió la visión: la clase social y política que lo aupaba se dio a la tarea de buscar la manera de acabar con su novísimo ascendiente. La ampliación de sus bondades y la manera como cedió terreno la suspicacia existente en el sentir popular, se ha impuesto. Mediante la reivindicación del voto, el piso social de la región y las estructuras políticas mineralizadas crujieron y surgió una nueva realidad. En el lenguaje de la oligarquía que por siglos dominó el escenario el voto popular adquirió carácter subversivo.

La respuesta no se hizo esperar. Una, con cruentas características, se planteó en Chile cuando por primera vez en la historia de la región una propuesta socialista logró respaldo suficiente para elegir presidente a Allende, experiencia ahogada en sangre con apoyo de la burguesía regional y de Estados Unidos. Pero hubo otras manifestaciones destinadas a acabar con la soberanía popular expresada en comicios: Guatemala, República Dominicana, Perú, lo mismo que Argentina, Brasil, Grenada, Uruguay. La visión imperial, opuesta al voto como genuina expresión de soberanía popular, impuso con respaldo de las Fuerzas Armadas pentagonizadas y las oligarquías locales.

La ofensiva desatada contra el sufragio como opción liberadora tiene matices. A veces repite la acción violenta, como pasó en Chile y otros países, caso Honduras, con los militares de esa nación asesorados desde la base militar de EEUU, hasta la utilización del recurso del golpe encubierto en la presunta defensa la Constitución, como sucedió con el derrocamiento del mandatario paraguayo Fernando Lugo para que, en posteriores elecciones, regresara a la presidencia el inefable partido Colorado, el mismo que se mantuvo por más de 30 años en el poder apuntalado en la dictadura de Stroessner.

La derecha en la región, estrechamente vinculada a los Estados Unidos en el propósito de cerrarle el paso al movimiento popular que se expresa por la vía del sufragio, ha emprendido una dura campaña, cada día más agresiva, contra los procesos institucionales que se vienen dando. En la mira está, actualmente, Venezuela. Por muchas razones, entre otras, el mensaje que encarna la propuesta socialista inscrita en el marco de la democracia sustentado en el voto, pero también privan intereses estratégicos que tienen que ver con los grandes recursos naturales del país, en particular, la reserva petrolera. Venezuela es una presa apetecible que explica la virulencia de la campaña que desarrollan, conjuntamente, por un lado una oposición desnacionalizada, sin sentido de patria, y por otro, la conjura que internacionalmente traman poderosos intereses financieros y económicos. La reacción de la oposición venezolana ante el resultado electoral del 14-A lo confirma. El síndrome de Sansón lo resume: no importa demoler la democracia, sus instituciones, en especial el Consejo Nacional Electoral, destruir el sistema que acabó con las vilezas del pasado en materia de sufragio, con el fraude perpetuo que institucionalizó el puntofijismo. Lo que importa es atajar la marejada popular que reivindica el sufragio de otro signo, transparente, confiable, para lo cual dispone de la más sofisticada tecnología en materia comunicacional y de recursos económicos que nunca tuvo la oposición en el pasado, así como de tantos otros instrumentos que convierten los procesos electorales en auténticos campos de batalla, tal y como hoy ocurre en Venezuela -y como también ocurrirá en otros países-. Personajes como Capriles son un subproducto de esa nueva realidad. Es tema del actual debate.

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La reacción de Capriles hay que ubicarla en el ámbito regional. Es contra el ejercicio de la democracia, contra el voto, contra la perspectiva de que siga avanzando el movimiento popular. La derecha, digitalizada por factores de poder norteamericanos, está conformando un sólido bloque de respuesta. Lo que sucede aquí se repite en Argentina y en otros países. La cacerola es el símbolo. Ya fue utilizado por el mismo sector social y político en otro contexto, 11 años atrás, cuando el golpe abrileño y el paro petrolero…

Capriles perdió las elecciones con Chávez el 7-O y las de gobernadores el 16-D. Ahora las perdió con Maduro, quien asume la conducción del país con sentido de responsabilidad. Hay unidad y equipo de gobierno, y un presidente dando demostraciones de capacidad para manejar situaciones complejas. En cambio, la oposición se enredó al tratar de activar un golpe en el marco electoral. Pero el tiro le salió por la culata. Al desatar la violencia el lunes 15 y convocar, irresponsablemente, a manifestar el miércoles 17 contra el CNE, repitiendo el formato del 11-A, se dejó ver el bojote en medio del contoneo desestabilizador…

Además, como los dirigentes opositores hablan demasiado -quizá por la angustia del traspiés electoral- el Plan B que prepararon fue detectado a tiempo, y Maduro, subestimado al igual de Chávez, actuó con audacia y frustró la aventura…

Ahora Capriles queda sin política, y sólo con la violencia. Con conflictos internos, cuestionado su liderazgo personalista y perdiendo aliados. Gente que lo acompañó objeta sus actuaciones estridentes. Su conducta después del 14-A confirma que carece de atributos para gobernar. Puede agitar, pero es inmaduro y transmite la impresión de que es capaz de cualquier aventura. Plantearle un ultimátum al CNE, es decir, al Estado, es un gesto desproporcionado, sin precedente en Venezuela. Hoy Maduro, a pocos días de iniciado su gobierno, genera confianza; en cambio, Capriles genera desconfianza. Ahí está el detalle, como diría Cantinflas. Pero no hay que tratar de vencer sino de convencer…

La situación económica de medios importantes de la derecha en el país, se complica: caída de circulación y de publicidad. Hay alarma.

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