Espíritu socialista

Para los que creemos en el espíritu del socialismo: Él es fuerza que anima y enrumba la marcha de los revolucionarios. Es un aglutinamiento social que puede evitar la crisis definitiva de los pueblos de Nuestra América. Pero este aspecto se entrecruza con cierta línea positivista en virtud de la cual las categorías económicas y sociológicas por las que se designa la producción y la sociedad capitalista marchan en una dirección inexorablemente marcada o preestablecida, pensamiento que, una vez más, puede encontrarse en muchos teóricos del socialismo de la II Internacional. Empezando por Kautsky.

Para Marx se trata, más bien de que hay una clase que posee los medios de producción, lo cual le permite ejercer una hegemonía en todos los niveles (político, jurídico, etc.), y hay otra clase, la vendedora de fuerza de trabajo, que está sometida a la anterior. Es el sistema lo que hay que transformar, pero el sistema no es nada ajeno a sus componentes, es decir, a las clases que lo integran. No se trata que ambas sean víctimas de la fatalidad extraña, sino de que hay una clase que hace valer su prepotencia para conservar las cosas como están y otra que es revolucionaria en la medidas en que quiere transformar la explotación en una comunidad de trabajo.

Ahora bien, a la luz del análisis del valor realizado por Marx, tal consideración del trabajador no es ninguna extrapolación dentro del capitalismo, sino que constituye su primer supuesto. El capitalismo se basa en la compra venta de fuerza de trabajo, siendo ésta, la fuerza de trabajo la mercancía fundamental. No se trata, pues, de un olvido el que se deje a un lado el valor absoluto del proletario. El olvido estaría más bien, en no considerar que en la sobreestructura jurídica creada por el modo de producción capitalista, el papel relevante no lo desempeñe el valor absoluto del trabajador, sino precisamente la fuerza de trabajo.

El capitalismo nos exprime y nos usa mientras le somos útiles, después nos desechan, como si fuéramos condones usados, sin una pensión digna, sin servicios de salud, alimentación, vivienda, y educación para nuestros hijos y nietos. La única salida real a la opresión capitalista es la nacionalización y, aun estado consecutivo, la regulación de la producción en los sectores donde las empresas burguesas han alcanzado su más alto desarrollo.

No se puede negar, sin temor a equivocarnos, que el único muro capaz de detener los aires embravecidos de la catástrofe capitalista sea el socialismo, por la simplísima razón de deberse a la burguesía la ausencia de presupuestos sociales: las injusticias que engendran y justifican el odio de los descamisados y los excluidos.

En apariencia una paradoja. Pero hay que ver cómo una gran mayoría de “socialistas” quienes atacan las formulas de Marx son esencialmente “marxistas trasnochados de cafetín”. Ignoran al socialismo como fuerza de creación social y profesan, en cambio, el odio como elemento destructivo. Profesan el odio al pueblo pobre, así como lo escribimos, porque no otra fuerza puede moverlos a servir al orden permanente de la injusticia. Y la injusticia es violenta contra la solidaridad social. Su odio se distingue del odio que anima a las revoluciones en que es mudo, reflexivo, de meditado cálculo, frío como el carcelero que remacha los grilletes, mientras el odio del pueblo es odio de reacción contra el dolor, odio que grita ante la injusticia, odio de la calle.

Señores de la burguesía y chavistas sin Chávez: Quien ama, en cambio, ve en el pueblo su igual, y como a igual lo trata y como a igual le sirve y le protege. Nuestros profesionales del anti-socialismo no ven la esencia, no juzgan el balance moral de las doctrinas: poco les importa la dialéctica materialista si ésta no desemboca, como expresión económica, en fórmulas contra el pueblo que les favorece. ¡Allá los problemas del pueblo! Defienden sólo lo de fuera. Protegen la estructura que les garantiza el disfrute impune del goce de sus privilegios mal habidos. Y, como son de una impudicia sin medida, pretenden atacar, aún con las peores de las armas reservadas para las oscuras acechanzas, a quienes piden, desde las más angustiantes de las posiciones sociales, que el orden económico se acerque a los reclamos de los más necesitados. Es decir, a los reclamos de un sistema fundado en la comprensión del pueblo. No en la caridad de las piltrafas. Sistemas falsos que sirven a rebajar la propia dignidad de las masas que reciben los mendrugos. Es solidaridad de comprensión. Solidaridad de repartir lo que abunda a quienes lo necesitan.

Crisis del imperialismo-capitalista es tanto como crisis del espíritu humano. A causa de ello se abre ancha brecha ante el sistema que propugna la reforma violenta del mundo como un mero problema económico. La solidaridad, ha faltado del orden presente del mundo materialista, epicúreo y lleno de egoísmo que pretenden defender, con principios sin contenido social. Ellos pudieran enterrarse por sí mismos, y nos tendría sin cuidado; ellos podrían ir al suicidio de su sistema y de su clase, nos vendría hasta bien; más lo trágico del caso es que ellos se empeñan en arrastrarnos en su fracaso. Aspiran a que sacrifiquemos el porvenir de nuestras familias y de nuestro pueblo en aras de sus intereses caducos. Y la crisis de estos señores llega al punto de fingir un capitalismo popular, para que el pueblo acepte sus oscuros privilegios mal habidos.

Sólo el socialismo puede transformar el presente y preparar la mañanera aparición del porvenir y de la justicia social. Y en el fondo de la mañana, sobre el horizonte de la llanura verde y alongada, la figura de nuestro Libertador Simón Bolívar lucirá como un símbolo de la fecundidad de la justicia y de la libertad. Su genio es capaz, aunque se nos haga burla, de conducirnos a fórmulas idóneas para atar las manos de la burguesía que quieren seguir amasando fortunas con la escasez que nos angustia. No obstante, la superación social y su emancipación no pueden realizarse más que entrando en antagonismo con los defensores interesados del capitalismo, el cual, por su condición misma, debe conducir inevitablemente a la socialización de los medios de producción.

La forma de la lucha económica y política debe ser determinada, según las circunstancias, por el pueblo. Pero, en todos los casos, es preciso colocar en un primer plano el propósito revolucionario del movimiento socialista, que persigue la transformación integral de la sociedad actual desde el punto de vista económico, moral y político. En ningún caso la acción política puede servir para compromisos o alianzas que afectarían a los principios y a la independencia del partido socialista.

Una y mil y un millón de veces y a todas horas hay que estar repitiendo y volviendo a repetir en todos los tonos que el origen de la mayor parte de los errores en que se cae en cuestiones sociales depende de suponer que mientras cambia una institución cardinal o una relación social cualquiera permanecen las demás sin un cambio esencial.

Cito a Mario Briceño Iragorri: “Bolívar reclama su puesto en nuestra Patria. No un puesto en el panteón como difunto venerable. Pide su sitio en la vida cotidiana. Pide campo donde crezcan sus ideas. Pide horizontes para sus pensamientos deslimitados. Aspira a que los hombres y mujeres nuevos(as) sean capaces, como lo fue él, por sobre todo y sobre todos, de volar al combate cuando se anuncie la hora de los peligros. Quiere Hombres y mujeres sin miedo a la verdad. Quiere en las nuevas promociones un sentido de inteligencia social que haga posible la realización de sus ideas de libertad y de dignidad humana. De la Patria urgida de voluntades que la sirvan sin pensar en la vecina recompensa”.
¡Pa’lante Comandante! Hasta la victoria siempre. Independencia y Patria socialista.
¡Viviremos y Venceremos!
¡Gringos Go Home! Libertad para los cinco cubanos héroes de la Humanidad.


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