Otra inesperada muerte, a mi lado, el 1º de enero…

  1. 30 de diciembre: brotes raros en mi cuerpo, irritantes, insoportables. Son las 6 de la mañana. Me ha ocurrido otras veces, pero jamás como ahora. No quiero ir a un médico, espero que me pase. Procuro mentalizarme en que éste será como otro día cualquiera, normal y que mi mal pronto pasará. Voy y me preparo un café, en abundancia, para luego dedicarme a teclear un rato. Decido salir con mi esposa a las diez para dar unas vueltas por el centro de la ciudad. Efectivamente, hacemos un recorrido de unos doce kilómetros, por la Plaza Bolívar, la Plaza de Milla, luego hasta El Ramiral, luego bajando por la Dos Lora, hasta el Mercado Principal. Al mediodía siento que mi mal se incrementa, y al llegar a casa me palpo: pronunciamientos duros y abultados.

  2. Ya por la noche del día 30, los dolores son mucho más intensos. El 31 amanezco peor, sin ánimo en absoluto de escribir o atender la página ENSARTAOS por la imposibilidad de sentarme. El día se hace largo y tedioso, caminando por el apartamento como un lobo estepario. Tomo calmantes y los efectos son nimios. Espero hasta la media noche para darnos el abrazo de feliz año nuevo 2025, encontrándonos sólo mi esposa y mi hija Adriana, quien nos visita desde Caracas.

  3. Ya para el día 1º, la situación se presenta alarmante, y mi esposa al verme echado en el sofá de la sala, algo muy raro en mí, decide que de inmediato debe verme un médico. ¿Dónde? A las 9 de la mañana salimos, dirigiéndonos primero a Camiula, un centro de salud para los profesores de la Universidad de Los Andes; consideraba mi esposa que allí debían atenderme inmediatamente, algo que de entrada puse en duda. Al llegar a Camiula, vimos las rejas cerradas. A mi esposa le parece raro ver tanta desolación, pero ella insiste: va y se dirige a la entrada y el vigilante de turno le dice que el espacio de Emergencia lo están pintando y que no recibirán pacientes hasta el 7 de enero. Hubiera sido un milagro que estuviera de servicio, digo. Pues, enfilamos para el Seguro Social. Son las 9:25, cuando encontramos el área de Emergencia sin un solo paciente. A los pocos minutos aparece una jovencita de nombre María Elena Duque con su uniforme de médico, tan joven, que parece una adolescente. Aquella niña, diligente y atenta me pidió que la acompañara a una especie de cuarto en el que había una camilla con cubierta de cuero negro, dos mesitas metálicas, y un ventilador. Allí me preguntó si habíamos traído guantes. No sabíamos que en el SS ni guantes tienen los médicos, mi esposa salió en volandas a comprar un par de ellos.

  4. La doctora María Elena Duque, realiza su reconocimiento. Observa, palpó muy delicadamente, musita algo relacionado con la gravedad del problema, con su celular toma algunas fotos, para luego decirme que aquello debe verlo el especialista, un doctor de apellido Pereda (quien en aquel momento estaba operando a un paciente). Luego de las debidas auscultaciones, me dirijo a la sala de espera. El dolor sigue siendo severo, insoportable. Frente a Emergencia, en las afueras del SS, se ha acondicionado un espació en el que hay varias sillas metálicas. Allí está la entrada de los vehículos, donde se estacionan las ambulancias. Prefiero instalarme en este lugar, es más fresco y amplio. Allí busco un sitio para esperar y leer, al tiempo que me voy relacionando con personas que tienen familiares hospitalizados desde hace meses. estas personas llegan con viandas a comer. Vienen de lugares lejanos. Hay un grupo numeroso de una misma familia que esperan la evolución de una señora de 92 años. Pasaron allí 24 y 31. Al lado mío se coloca un señor calvo con un extraordinario parecido al profesor Pedro Durant (una de las mayores eminencias en el terreno de la biología, profesor de la Universidad de Los Andes). Aquel anciano, estoico y en actitud muy serena, junto con su esposa, forma parte de los familiares de la señora de 92 años, cuyo estado es delicado.

  5. Me voy enterado que un hijo de esta señora de 92 años, lleva más de dos meses en estas críticas esperas. A las once comienzan a llegar otros pacientes, que de van siendo atendidos por otra doctora muy joven, tan adolescente como María Elena, de nombre Génesis Dugarte. Toda la carga de las emergencias, la llevan sobre sus hombros estas dos expertas, amables y sencillas jovencitas. Un indigente del que he conocido su deambular en Mérida desde hace unos cuarenta años, al parecer ha encontrado refugio en estos espacios frente a Emergencia, utiliza los baños, muy limpios, por cierto, nos saluda, lleva algo parecido a una vianda y se dedica a dar vuelta por alrededores. Lleva un saco oscuro, su ropa es limpia y tiene un caminar agarzonado. Le pregunta al vigilante si le quedaron hallacas, seguramente hubo una celebración anoche. El indigente, muy respetuosamente cada vez que pasa al baño, pregunta por la hora. " -¿ Me puede decir la hora, por favor?" Qué cosa más rara, que a un indigente le interese saber la hora.

  6. Llega la una de la tarde, y seguimos en espera. Mi hija Adriana se comunica con varios médicos amigos, pero ya mucho de ellos no están en el país, uno que se encuentra en San Cristóbal, Estado Táchira, le da algunas indicaciones, haciendo las consideraciones de que deben llevarme ir al hospital, IHULA.

  7. ¿Quién en Mérida puede ir a una clínica privada? Sólo los ricos. El conocimiento profundo de los grandes daños que el bloqueo y las sanciones le han hecho y le están haciendo a nuestro país, nos obligan a ser pacientes en todo, comprensivos y muy conscientes del duro trance por el cual estamos transitando.

  8. Mi hija Alejandra sigue al tanto de mi situación, muy pendiente. Mi amigo, el doctor Luis Zambrano quien reside en San Cristóbal también me da una serie de indicaciones, advirtiéndome del debido desgaste humano, porque ya a los 80 años es largo el trajín del cuerpo: 80 años defecando, ochenta años en los que los esfínteres se van debilitando. Realidades inevitables. Surgen métodos para reducir el agrandamiento de las hemorroides: unos recomiendan colocarse parches con listerine, otros tacos de sábila previamente congelados y algunos ponerse aceite de ricino. Los dos primeros los he probado, quien sabe si tendré que probar con el aceite de ricino.

  9. Son ya casi las dos de la tarde. Me pongo a considerar en que hay dos tipos de indigencia, la natural, tal cual la del señor que hemos visto por este lugar, frecuentemente preguntándonos por la hora, y otra que es muy horrible y que nada tiene que ver con tener o no tener dinero, "la indigencia mental", una enfermedad que poseen a algunas personas que siempre andan en procura de aprovecharse de la gente o de todo lo que se les pueda presentar por delante. Me pongo a ver que en la vida he conocido a muchos indigentes mentales, que viene a constituir en nuestras sociedades una clase muy especial, y son realmente espantosos.

  10. A la 1:40 de la tarde, se oyen gritos, espantos, carrerones por los pasillos, salen en aspavientos tres mujeres y un hombre a llamar a otros parientes, a la vez que pedir no decirle nada al honorable señor parecido al profesor Durant, quien en ese momento se encuentra trinchando una comidita en un envase de plástico, y quien seguramente es hermano de la fallecida, la doña de 92 años. A mi esposa se le salieron las lágrimas y acudió a darles el pésame. Yo pasé luego por el pabellón donde la estaban arreglando y recogiendo sus enseres: sus ropas, cobijas, medicinas…, al tiempo que se escuchan lloros de los parientes dando la mala nueva a sus familiares por celular.

  11. A las 2, escucho que soy requerido por la doctora María Elena para continuar con los estudios, en virtud de lo que recomienda el especialista. Sostiene la doctora María Elena que mi mal, no está en un nivel muy grave, no hay estrangulamiento, que puedo seguir un tratamiento en casa, y que luego vuelva a hacerme unos análisis para ver si en el futuro puede optarse por una intervención quirúrgica. Es en este momento cuando tanto mi esposa como mi hija Adriana emprenden una cadena de idas a farmacias para comprar los medicamentos que de inmediato debo aplicarme. Con el auxilio financiero de mi otra hija Alejandra se pudo adquirir cuatro ampolletas de dexametasona, ketoprofeno (en ampollas), compresas de gasas estériles, más guantes, inyectadoras y vías, solución fisiológica, diclofenac potásico en inyección, junto con todo un recetario de pomadas y pastillas que debía aplicarme en casa.

  12. En los días previos al 24 de diciembre padecí unos raros síntomas parecidos al dengue: náuseas, tres días de mucha fiebre (de 39), cansancio y harta fatiga. No obstante, para el 24, pude compartir en familia llegando a comer hallaca y pan de jamón. Creyéndose recuperado anduve a la buena de Dios por toda Mérida, recorriendo docenas de kilómetros a pie. En realidad, no llegué a sentirme tan mal.



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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