Ningún maestro, ningún profesor, nos enseñó jamás, en escuelas o universidades, la verdadera grandeza de Bolívar…

  1. Al leer las nobles muestras de fidelidad al Libertador por parte de personajes como el Mariscal Sucre y los generales, Urdaneta, Mariano Montilla, Pedro Briceño Méndez y los coroneles Ferguson y O’Leary, pienso en la vida ausente que cada cual llevamos a cuestas. A veces es una nostalgia cercana al desamparo; de algo que se ha perdido de modo irreparable, porque vivimos en sus fatigados huesos, enterrados, y para completar, adentrándonos en sus fibras, a través de la obra de José Martí. Es que esa actitud responde a una necesidad del espíritu, a una queja del presente y a la esencia de nuestra identidad. Nuestro profundo deseo de estudiar a Bolívar, conocerle e identificarnos con su obra, es, porque además porque presente nos lo reclama más que nunca, amenazados por el Norte, arrancado un pedazo de nuestro territorio por los garfios del imperio inglés.

  2. Sumergirnos en ese pasado espléndido, tan lleno de conmovedoras y complejas revelaciones, nos sacude, nos impele a lucha, al estudio, a aportar algo noble en el saber, en el estudio, a la patria. Advirtiendo de antemano que cualquier estudio sobre el Libertador deja una sensación de algo inacabado, empresa agotadora, frustrante a veces, trituradora lucha frente a las más devastadoras adversidades, por la multitud de ideas y sugestiones que convergen ante los hechos que rodean al Libertador. La complejidad inefable no es oficio de pluma sino de contemplación interior. Sobre todo, sus profecías y revelaciones que como lamparazos sacuden nuestras fibras más profundas. Cuando el Libertador actúa mueve los resortes más íntimos de su corazón, a su instinto afinado en las arremetidas de la locura, y por supuesto, esto sólo pertenece a los linderos de la poesía, a la belleza trágica de lo irracional. Es encontrarnos con el héroe mezclado con los hechos sublimes por arrebato de su inspiración.

  3. La patria a caballo, cuando estaba donde él se encontrara, por las alturas de esa luminosa gran unidad continental, la que él soñaba, sostenida con la imagen que tenía de sí mismo. A nosotros no nos queda otra salida que ser como Bolívar. Llevarlo al altar de lo que él aspiraba para nosotros. Al igual que los elementos naturales, él se nos escapa, nos envuelve, nos aturde; a veces no nos acuden las palabras sino un caos pasivo de mutuo acuerdo interior que nos hace abandonar la empresa de dar orden y sentido a lo que de por sí pertenece a lo inaudito del misterio, del milagro, de lo inefable.

  4. Es necesario haberse empapado desde la infancia en las proezas del Libertador para apreciar en la juventud, en la madurez, la dimensión conmovedora de este extraordinario héroe. Recuerdo que hacia el año 1955 o 1956, vendían en algunas bodegas unas figuras del Libertador, para luego así, ordenarlas en un álbum. En cada recuadro de este álbum venía una leyenda referente a los más importantes hechos de su vida, de la Independencia. Las estampas, mostraban retratos, esculturas y obras pictóricas de los mejores artistas que han recreado con el cincel o el pincel, nuestra historia. Era de veras un deleite entre los pequeños de mi escuela competir por rellenar aquel álbum. Todavía tengo nítidas en mi memoria muchas de aquellas ilustraciones, y recuerdo la satisfacción el lograr completarlo. El premio para quien lo llenara consistía en un afiche del Libertador, pintado por Tito Salas.

  5. Después de ese aire fresco y romántico de nuestra infancia, cuando la historia nos llega más al corazón que al intelecto, nos sobrevino la monotonía de la domesticación profesional. La historia convertida en rancio artificio para cumplir con un programa, amargo, imposible de amar, de digerir. Entonces odiamos la historia porque odiamos esa escuela aburrida y momificada, porque nos enfermaban los textos oficiales y las historias oficiales y sobre todo la mentira atroz de las alabanzas vacuas y oficiales al Libertador. Llegamos a creer que si Bolívar era tan amado por esa gentuza desvergonzada, por exclusión, no merecía nuestro interés ni nuestro amor: no queríamos mezclar nuestros sentimientos en un punto que nos podía hacer inmoralmente indulgentes con ese enemigo sutil, venenoso y rapaz que se escuda tras los símbolos sagrados del pasado y cuyo único fin es mentir a mansalva y mantener el pueblo en un estado de idiotez permanente. Habría de llegar Hugo Chávez para cambiar en muchos latinoamericanos aquel sentido momificado de patria que teníamos, pero su clamor, desgraciadamente, no llegó a las escuelas, a nuestros programas de estudio, porque para enseñar a Bolívar hay que buscar imitarlo, sentirlo profundamente, estudiarlo y amarlo con devoción sincera.

  6. En los cursos de historia, Bolívar es atacado de consunción memorística, estéril y desabrida. De solemnidad infecunda y estática, de modo que su estatura de guerrero y estadista se vuelve difusa como fuerza para reordenar positivamente nuestros ideales, nuestros principios. Los estudiantes, entonces, ergotizados por esos métodos de enseñanza, reaccionan ante la imagen del Libertador fríamente, indiferentemente. Es tal, el poco interés que se pone en enseñar al verdadero Bolívar que si no fuese por una voluntad íntima, personal, profunda, valerosa, de algunos, sublevándonos contra toda mera solemnidad a su obra, que lo arropan, que lo ensombrecen, tal vez moriríamos sin haberle conocido o reconocido jamás, como seguramente han muerto tantos compatriotas, con nuestro Libertador completamente anulado en sus almas, en las esencias de su ser.

  7. Durante todo el siglo XX, en la Universidad era raro -rarísimo- si algún líder o algún representante de los estudiantes, mencionaba con pasión irreverente a Bolívar, su magna obra sobre el la Patria Grande, sus inmensos sacrificios por hacer dignos ante el mundo, sus sublimes ideales políticos de unidad y de grandeza continental más por lo noble que po nuestra extensión territorial. Una vez conseguido el título profesional cada cual se entrega a su propia especialización, a los compromisos sociales, y en aquella época, casi nadie quería saber de ideales, de la necesidad de una mística revolucionaria. Pasaban a la realidad del ejercicio de alguna clase de poder, ese mismo poder que tanto criticaban y despreciaban bajo el impulso sano de la juventud. Se adaptaban con media cara oculta a la verdad, a los bailoteos de la política de partido con unas insulsas ideas sobre Bolívar, que apenas si les permitían intervenir con cierta fatuidad en brindis y celebraciones patrioteras. Después de esa hecatombe de lugares comunes con que nos atiborran los políticos de partido, los malos libros y las aburridas clases de la escuela -aquí me refiero básicamente a lo conocido durante el siglo XX-, después, digo, de ese bochorno de vacuidad y confusión, cuántos terminaban por ser unos escépticos o estafados, sobre todo, en política. En mi caso, ocurrió lo contrario, como tuve que descubrirlo por mí mismo, entonces Bolívar se le reveló con tonos diferentes. Vemos que su desengaño se parecía al nuestro; se nos mostraba más genuino, más humano, más puro, alejado del frío salón de los espectros oficiales. Se nos presentaba con una renovación completa; percibíamos desde sus llamados, resonancias de angustia y desolación. Nos reprochamos el haberle abandonado y tratado tan injustamente.

  8. A medida que nos alzamos contra esa infecunda solemnidad de académicos y eruditos, Bolívar se nos cruza exigente, terrible, mordaz. Percibimos que hay algo roto en nuestra identidad. Más horrendo aun, que hemos cometido un crimen que disimulamos públicamente los unos a los otros con bellas palabras y elocuentes cantos a la patria; un crimen que queremos encubrirlo con flores falsas, lágrimas falsas, palabras falsas. Nuestro despertar moral aparece cuando queremos hacer un balance consciente y valiente de ese crimen. Descubrimos que cada cual practica con respeto al Libertador una higiene que le va bien de acuerdo con sus propósitos personales y provechosos. Durante todo el siglo XX, partidos políticos tuvieron una prohibición inconsciente de utilizar efigies, símbolos o estandartes con la figura de Bolívar. No hablemos del Bolívar que adornaba aquellas oficinas de gobierno: el más cadavérico y dilapidado de todos. Él, que detestaba los oficios de bufete y que fueron los oficios de leguleyos y habladores de pasillo los que le mataron prematuramente, por siempre intentando constreñirle a que restringiera su vida en el vaho de sus pestes y pequeñeces: ¡SANTANDER!

  9. Es por esa evolución por la que nos acercamos a los inmolados que aún imploran por una revisión valerosa de nuestra historia. Entonces oímos, desde el fondo de nosotros mismos, sus horridos lamentos; dejándonos llevar por ellos, buscamos el flujo y reflujo de sus angustias, una verdad nueva, oculta, palpitante: es que al fin penetramos los tonos amargos de la tragedia que ronda a estos mártires. Es que estamos maduros para sentirlos y disolvernos en ellos. Bolívar no puede ser comprendido ni sentido ni valorizado, sino por poetas como José Martí, por el hombre de talento que ha convivido con el hondo dolor del fracaso, del sufrimiento consciente, alguna clase de delirio, de pasión sincera, de entrega por sus semejantes. Los días finales del Libertador están empapados de la desintegración más completa: la fibra de su agonía no es más que el desastre de la nada inevitable que nos espera a todos; es el grito horrendo, insalvable, en medio de la cobardía generalizada, en medio del caos humano y la traición más despreciable: "Mis dolores viven en el futuro". Este grito genuinamente de él, de la inercia de sus tribulaciones todavía danzando sobre el deplorable paisaje de la vieja Colombia. No se puede destruir, barrer de nuestros genes ni del ambiente fétido de nuestra libertad, la criminal ingratitud de nuestros paisanos. Cada venezolano lleva ese estigma y ese remordimiento por el modo indolente como nos comportamos ante los crímenes políticos y las injusticias con que frecuentemente pagamos a los sufrimientos del Libertador.

  10. Quienes estuvimos en el siglo XX, errando sobre aquel desierto de hombres y de ideales, nos acercamos hoy al Libertador con la esperanza de reencontrar lo que verdaderamente somos. Hay algo en él que pertenece a nuestra intimidad intransferible, a las potestades secretas de nuestra individualidad. Es así, pues, como Bolívar comienza a pertenecernos por derecho natural. Lo sacamos, por esta catarsis, al fin de su tumba. Tumba en la que por tantos años nos habían obligado a enterrarle, a sepultarle cada vez más profundamente. Dejó de ser una luz que nos cegaba para convertirse en guía de nuestro pueblo. Este don de revivirlo nos lo da el haber estado nosotros también frustrados y derrotados; el haber sufrido y arrastrado la desintegración de nuestra genuina personalidad, a niveles cada vez más complejos y amargos; fue esta comprensión la que finalmente condujo a Martí a la revelación sublime de que había nacido para inspirar la libertad de Cuba. Después de este baño de ácido sulfúrico estamos más o menos orientados para hacer un balance de los delirios y penas de estos dos hombres. Antes de concluir cabe preguntar, sin embargo: si Bolívar con todo su genio y actividad no pudo hacer de nosotros el pueblo que ambicionaba, ¿quién puede hacerlo hoy? Podríamos decirle a él, lo que Jesús crucificado imploraba el cielo: Señor, ¿por qué nos has abandonado?



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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