Lo que no se puede negar es que somos producto de acontecimientos de barbarie. Fuimos invadidos, neutralizados y transculturizados hasta el tuétano de los huesos. La suerte que nos acompañó fue que el egocentrismo del Conquistador, hizo que guardara algunos souvenir que han permitido reconstruir nuestro pasado aborigen y nuestras raíces autóctonas. Quien escribe, ustedes y todos los que nos rodean en el ahora histórico, sobre todo en las grandes ciudades urbanas, somos ocupantes de este territorio. Aún persisten descendientes originales, o cuasi herederos, de ese pasado heroico de los que habitaron primero este continente cósmico y entregaron su vida a la creencia de sus ancestros y sus dioses. Pero en esencia, las etnias que hoy pueblan el continente latinoamericano son ocupantes.
En este sentido no hemos
perdido el derecho a la territorialidad en la morada en que vivimos,
pero nos toca sí encarar su pasado y preservarlo. La idea es que
las nuevas generaciones sinteticen todo este legado y pasen de descendientes
de ocupantes, a ser forjadores de una identidad propia que les acerque
más a un vínculo directo con la energía natural que caracterice el
hombre americano de los próximos mil años.
Esta realidad ha sido
descrita por Santiago Castro Gómez, filósofo colombiano (1958), en
su libro “La hybris del punto cero” (Caracas, El Perro y La
Rana, 2008), para quien el colonialismo, además de ser un acto de barbarie
fue un proceso de construcción de una sociedad de castas y linaje que
se impuso como cultura de legitimación de quienes aspiraban un lugar
en el Nuevo Mundo europeo. “La pertenencia de un individuo a una de
las castas adquiría en la sociedad colonial una valoración culturalmente
peyorativa que estaba sancionada por el orden jurídico”. No se utilizaban
la categoría de casta, sino de blancos, indios, esclavos y libres de
todos los colores; era tanta la obsesión de las elites criollas por
evitar cualquier sospecha de mancha de la tierra que establecieron una
gran cantidad de taxonomías clasificatorias con el fin de precisar
a qué casta pertenecía cada persona. Ese mismo espíritu de pureza
ha prevalecido en lo que significa la moderna sociedad latinoamericana.
Lo que en un momento histórico significó las castas, no ha perdido
influencia, sólo que en el ahora histórico se ha profundizado la brecha
social y el gran mapa de castas se ha circunscrito, gracias al ideal
capitalista, a dos grandes protagonistas: los que más tienen, los
ricos, miembros de una élite social y económica que les ha permitido
influir en la toma de decisión política; y los que menos tienen o
no tienen, que representan esos ocupantes del territorio a quienes se
les ha negado la posibilidad material de alcanzar metas o beneficios
en las decisiones puntuales de esa administración de la sociedad que
hace el poder político. El asunto es sencillo: hay intereses de
un grupo en perpetuar la pobreza y hay intereses en otro grupo de hacer
de la pobreza una consigna política. En ninguno de los casos hubo una
intención fehaciente, real, palpable, por combatir la pobreza (remitiéndonos
a la experiencia del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, finales
de los ochenta, y los gobiernos subsiguientes hasta 1998). ¿Qué experiencia
vital ha dejado los cambios en Latinoamérica en los últimos cincos
años? Que han surgido, gracias al entusiasmo de Gobiernos de avanzada
como el de Venezuela a partir de 1998, modelos de dirección política
que buscan erradicar, en términos reales, esa brecha entre ricos y
pobres.
Esta realidad lleva a
plantear una atractiva incógnita: ¿cuál es el destino social que
depara los Proyectos de avanzada hacia la socialización de las economías
y la toma de decisión política en Latinoamérica? Sin duda, ese futuro
está por construirse. Interpreto que Latinoamérica tiene dos
corrientes orgánicamente sustentables, las cuales caracterizan el nuevo
modelo de desarrollo. Estas corrientes las he llamado: capitalismo
de Estado no socializable; y capitalismo de Estado socializable.
Aquél, representa la cultura neoliberal de las castas de Derecha y
Social Nacionalistas del mundo; éste, el capitalismo de Estado socializable,
representa la inversión del capital en la sociedad, es el Socialismo,
pero desde una categoría real en cuanto a su manifestación y desenvolvimiento.
Todas las sociedades modernas están inmersas en la cultura capitalista,
el asunto es reformular esos valores para desde su fuentes originarias
empezar a construir una etapa de transición hacia sociedad administradas
con criterio de lo social por encima de lo económico-administrativo.
En una palabra, el futuro social, en el caso del Proyecto continental bolivariano, implica erigir una plataforma de desarrollo sostenible en el que se alcance equilibrar todos los rubros de producción de los países latinoamericanos y se destrone de una buena vez, ese ideario monoproductor y petrolero que sólo ha sido una vía para seguir colonizando, a través de la dependencia económica, los destinos de nuestros pueblos del Sur. Lo social sobrevivirá al capital sólo si entendemos que el camino no es destruir estructuras, sino fortalecerlas y direccionarlas hacia los fines de bienestar y progreso que necesita buena parte de quienes como más necesitados habitan el continente latinoamericano.